Cuando dibujar se convierte en pasión

La exposición Sorolla. Trazos en la arena descubre una faceta del pintor valenciano todavía desconocida: los dibujos que fueron el embrión de sus grandes obras. Se trata de una selección de 90 dibujos, 28 cuadros al óleo y 33 notas de color que avalan su calidad como dibujante. Hasta marzo de 2015 podrá disfrutar de la exposición, en la que fuera casa del pintor, el Museo Sorolla de Madrid

Eva Fernández
Fin de jornada, Jávea (1900)

La exposición Sorolla. Trazos en la arena descubre una faceta del pintor valenciano todavía desconocida: los dibujos que fueron el embrión de sus grandes obras. Se trata de una selección de 90 dibujos, 28 cuadros al óleo y 33 notas de color que avalan su calidad como dibujante. Hasta marzo de 2015 podrá disfrutar de la exposición, en la que fuera casa del pintor, el Museo Sorolla de Madrid

Más que con un pincel, a Sorolla siempre se le podía ver con un lápiz entre sus manos. Si no tenía cerca su cuaderno de apuntes, se servía de cualquier papel que encontrara a su paso, aunque fueran las cartas del menú de los restaurantes. Tenía necesidad de plasmar al instante todo lo que despertara su atención. Su mano se aferraba al lápiz o al carboncillo como si el trazo surgiera directamente de su interior, a modo de pasión irrefrenable. Dibujar para respirar. Daba igual el lugar, desde las playas del Cantábrico, hasta la arena de la Malvarrosa, pasando por el hall de un hotel, o la estación del tren. Se puede decir que convertía sus pensamientos en dibujos: «Dibujar, dibujar, dibujar y dibujar. Eso es todo». Éste era el guión que marcaba su trayectoria artística y el primer consejo que siempre daba a sus alumnos.

Los dibujos expuestos en la muestra Sorolla. Trazos en la arena son lo mejor de los casi nueve mil que se atribuyen al pintor, y en su gran mayoría nunca habían sido mostrados hasta el momento.

Resulta fácil imaginarse a Sorolla pintando descalzo sobre la arena de la playa. Necesitaba dibujar sin descanso, y por ese motivo sus dibujos son obras de arte en sí mismas. Parece como si el pintor valenciano mantuviera un romance con el trazo que estaba elaborando: con los niños en la orilla, con las mujeres que esperan la llegada de los marinos, o con los bueyes tirando de la pesca del día, como en La llegada de las barcas, donde las velas permanecen desplegadas en lucha con el viento. Sus apuntes de escenas al aire libre conservan el ruido de la brisa, atrapan el instante. Es como si, a través de sus dibujos, viera las cosas con más intensidad, como si estuviera sintiendo la realidad que plasma en sus cuadernos. En Estudios de vela, también sentimos el viento que hincha la vela de la barca.

La mayoría de sus dibujos se diluyen en líneas que se pierden sobre el papel en trazos seguros y firmes, y el juego de sombras se consigue con líneas horizontales, como el sencillo esbozo del Niño en la playa. Su dominio de la técnica es tan impresionante, que hasta en dibujos en blanco y negro llega a plasmar la luz.

En los cuadernos y hojas sueltas que protagonizan esta exposición, intuimos el alma de sus grandes obras maestras, Lo comprobamos en El niño de la barquita, o en Fin de jornada. No podemos olvidar que Sorolla, a los 5 años, ya demostraba cualidades para el dibujo, y gracias a la apuesta que hizo por el su tío cerrajero, llegó a adquirir fama internacional antes de cumplir los 40 años. En junio de 1915, Joaquín Sorolla se toma un pequeño descanso en la playa de El Cabañal, de Valencia, tras su trabajo en la Spanic Society, de Nueva York, y ahí surge Pescadoras valencianas, un lienzo con una fuerza y monumentalidad que confirma hasta qué punto los dibujos previos complementan su pintura, del mismo modo que lo hacen las conocidas pequeñas notas de color al óleo, que así llamaba Sorolla a los apuntes que realizaba con este material.

El amor por su familia, reflejado en cientos de dibujos

Una vez más, la importancia que Sorolla da a su familia queda reflejada en muchos de los dibujos que se conservan en los archivos de su Museo. Cuando no estaba en casa, la correspondencia con los suyos era diaria. Tanto él como su mujer, se escribían una carta al día para contarse los pormenores de la jornada, y cuando disfruta de su compañía, los dibuja en cualquiera de sus acciones. Joaquín Sorolla conoció a Clotilde García del Castillo cuando tenían 15 y 14 años, respectivamente. Estuvieron unidos hasta el final de sus días y el pintor nunca perdió la costumbre de hacerle llegar con frecuencia un ramo de flores. De hecho, los dibujos familiares son los más cuidados. Se conservan unos cuadernillos, que él mismo encabezó con el título de Las papillas, que representan a una madre alimentando a su hijo, y que con toda seguridad se refieren a su mujer con su hija mayor, María. Clotilde aparece en innumerables retratos, bien sea en escenas cotidianas, o en traje de gala. La pasión que Sorolla sentía al dibujar se plasma en la respuesta que dio a un periodista norteamericano: «¿Que cuándo pinto? Siempre. Estoy pintando ahora, mientras lo miro y hablo con usted».

Una vez más, esta exposición nos confirma que, bien sea sobre un papel o en un lienzo, Sorolla tiene la capacidad de meter el mar en una casa, de enmarcar la luz en un cuadro, o incluso hacernos sentir la brisa sobre un cuaderno de apuntes. Es la habilidad de un autor que supo pintar tanta vida sobre un lienzo.

Eva Fernández