La visión debió de ser formidable y bella. Esa bahía, que pasaría a la posteridad con el nombre tupí-guaraní de Guanabara, era perfecta para los navíos. Brasil, donde Pedro Alvares Cabral había llegado en 1500, era un inmenso bosque, la mata atlántica la siguen llamando en la actualidad, con una vegetación tan frondosa que apenas era posible penetrar en ella. Las carreteras, aún hoy, deben contar con el riesgo de que las raíces las partan con el transcurso de los años.

Aquel lugar no mostraba la grandeza del hombre, sino la grandeza de Dios. La montaña y el mar se abrazaban al pie del cerro del Corcovado y frente al Pan de Azúcar. No hay cerro de nombre más feliz en toda América. Un nombre que vaticina el frenesí etílico de la cachaça, el aguardiente de la caña, la feliz dulzura de la piña y la entronización de la glucosa en la pizza brigadeiro: chocolate, crema de chocolate, fideos de chocolate y dulce de leche. Casi nada.

También el nombre de Jesús es dulce. Quizás por eso solo Él puede dominar esta bahía prodigiosa a la que han llegado, desde hace más de un siglo, millones de seres humanos de todo el mundo para iniciar una nueva vida. A la bahía de Todos los Santos, con sus iglesias rebosantes de oro y sus mercados de frutas coloridas, llegaban los esclavos víctimas de un comercio infame que escribió páginas terribles en la historia de la humanidad (mejor dicho, de la inhumanidad). A Río de Janeiro llegaban los barcos llenos de gente en busca de una nueva oportunidad. Brasil, como escribió Stefan Zweig, era un país de futuro.

En este tiempo de dolor y miedo por la pandemia que azota el planeta, el Cristo del Corcovado se ha iluminado, de noche, con todas las banderas del mundo en un acto religioso sin público para orar por todos los enfermos. Lo ha presidido el obispo de Río, el cardenal Orani João Tempesta, que ha explicado el sentido de la oración: «Rezamos y le pedimos a Dios que las autoridades encuentren los caminos y que todos colaboren para que podamos superar lo antes posible este tiempo difícil».

Por eso, en estos días en que estamos sufriendo por nosotros, por los que amamos y por tantos a los que vemos enfermar, tiene sentido volver la vista a este Cristo que redime al mundo, que lo abraza y carga sobre sí todos los pecados y vence a la muerte. Él sigue vivo entre nosotros. Él no se ha ido.

Ricardo Ruiz de la Serna @RRdelaSerna