Somos testigos cuando somos valientes, cuando vencemos el miedo. Y es que como decía Pedro Casaldáliga, el miedo es lo contrario de la fe. Una fe que habla más alto en María Magdalena y la otra María. Ellas confían en el ángel cuando las dice: «No temáis». Solo así creen en sus palabras: «No está aquí: ¡ha resucitado!».
Ser testigos
Pero junto con ello reciben una encomienda: ser testigos, decírselo a los discípulos, a aquellos en quienes el miedo dominaba a la fe. Las palabras son claras: «Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis». Una llamada a dar testimonio que es reforzada por Jesús Resucitado: «Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».
Un testimonio que se valida en la medida en que los discípulos creen. Y es que la fe se consolida en comunidad y es la fe lo que afianza la vida en comunidad. Es allí donde Jesús y sus discípulos habían caminado juntos, en Galilea, donde el Señor quiere dar continuidad a esa vida en comunidad que es fundamento de la Iglesia.
Descubrir al Resucitado en comunidad
Que Cristo resucitó y está en medio de nosotros se descubre en comunidad. Para ello es necesario creer en los testigos, también en el testimonio de quienes nunca fueron escuchados. La Resurrección del Señor establece nuevas dinámicas, se instaura el tiempo de todos, de la vida construida con la colaboración de cada miembro de la comunidad, pero también de toda la humanidad, también de quien muchas veces no contó.
Los testimonios de fe vienen de donde menos esperamos y ese modo de ser Iglesia se debe instaurar en nuestras comunidades. A la valentía para testificar se debe unir la disponibilidad para escuchar y así reconocer, discernir que Dios se hace presente entre nosotros a través de quien quiere. Siguiendo su promesa, su modo, no siempre entendido por todos, pero sí reconocido por quienes en un segundo plano han tenido la visión que nace del propio Dios.
María Magdalena y la otra María, como tantas mujeres que acompañaban a Jesús, aprendieron a estar al lado del Maestro en los momentos decisivos: en la Cruz, pero también en la Resurrección. Nunca fallan, siempre están. Nunca el miedo, un sentimiento humano, vence la fe en su Señor, que nace de su condición de creyentes, de discípulas siempre al encuentro de su Maestro.
Quien nunca contó nos muestra la Luz
Tiempo de Pascua, de Resurrección, es oportunidad para que, en nuestra Iglesia, en nuestras comunidades se establezcan mecanismos mediante los cuales el testimonio de cada miembro sea escuchado. Son muchas veces los que nunca contaron quienes nos muestran la Luz de la Resurrección, la Luz de la Vida. Una Luz que nos renueva y da sentido a nuestro peregrinar.
Que seamos una Iglesia de resucitados, sin miedos que nos atenazan y no nos dejan salir de los lugares que nos impiden ir a Galilea. Es allí donde el Señor nos dice que vayamos. Juntos, en comunidad, como Iglesia que necesita de su Luz para continuar testimonio la Vida en plenitud que nos ha regalado y de la que todos, también quienes no cuentan, somos llamados a ser testigos.