Contra el virus y la soledad

Son numerosas las iniciativas de Cáritas, congregaciones religiosas, ONG y particulares que trabajan en estos días de confinamiento para paliar los efectos de la soledad y el aislamiento en personas mayores

Fran Otero
Una anciana ve a su familia a través de una tableta en la residencia de mayores de Cáritas Diocesana de Madrid. Foto: Cáritas Madrid

Son numerosas las iniciativas de Cáritas, congregaciones religiosas, ONG y particulares que trabajan en estos días de confinamiento para paliar los efectos de la soledad y el aislamiento en personas mayores

Decía la madre Teresa de Calcuta que «la más terrible pobreza es la soledad y el sentimiento de no ser amado». A  ella se enfrentan en estos momentos más de 4,7 millones de personas que, según Cruz Roja, viven solas en nuestro país. De ellas, dos millones tienen más de 65 años. Un colectivo, este último, que además de verse amenazado por los efectos de la soledad y el aislamiento, es el más vulnerable frente a la pandemia del coronavirus.

La otra cara de la moneda es la respuesta que la sociedad está dando a este problema. No es raro ver en nuestros portales o ascensores carteles de vecinos, muchos con el membrete de Cáritas, que se ofrecen a hacer la compra, a llevar medicamentos o a paliar cualquier otra necesidad urgente de nuestros mayores. También son numerosas las iniciativas –de entidades eclesiales, ONG o particulares– que dedican las horas de encierro a llamar a otras personas para interesarse por ellas, o simplemente para ofrecer un sencillo rato de conversación. O las religiosas que llevan en su carisma el acompañamiento a enfermos y personas vulnerables.

Entre las entidades que están trabajando en este sentido está Cáritas Diocesana de Madrid a través de la Fundación Aisama, dedicada especialmente a acompañar a mayores y a personas con necesidades de apoyo. Sus voluntarios están acostumbrados a hacer un acompañamiento telemático, pues debido al la extensión del territorio que abarcan no podrían hacerlo de manera presencial; un método que han reforzado en las últimas semanas. «No hemos dejado de trabajar a través del teléfono móvil, que es una de las herramientas que más usamos. Hemos resuelto la imposibilidad de ir a los domicilios con llamadas diarias y esto nos permite saber, en un momento dado, las necesidades que les puedan surgir», explica Cristina López, que dirige la fundación y, además, un proyecto de Cáritas Madrid de asesoramiento a personas mayores y con necesidades.

En una de sus visitas a la residencia de mayores de Cáritas Diocesana de Madrid, Fundación Santa Lucía, se le ocurrió, ahora que el centro iba a estar cerrado a cal y canto por el coronavirus, facilitar el contacto entre los 75 residentes  y sus familiares a través de dos tabletas y otras tantas cuentas de Skype. Empezaron dos personas a contactar con sus familiares y ahora son muchos más los que se han sumado a esta iniciativa. «Son los técnicos que trabajan en la residencia –en estos momentos solo se mantiene el personal estructural, nada de voluntarios– los que ayudan a los mayores. Les dimos unas pautas para que limitaran estas conexiones a un número de horas al día, pero están conectados permanentemente. Estoy convencida de que para todos es insuficiente poner un horario de dos o tres horas al día», explica López.

Lo que busca esta acción es propiciar que, en el confinamiento que vivimos en estos momentos, estas personas puedan ver a sus familias. «Es un momento de distracción y de motivación para ellas y las ayuda a romper el aislamiento, que es lo que más nos preocupaba», explica.

La labor de los religiosos

También la vida religiosa está dando lo mejor de sí en estos momentos. Congregaciones grandes como los jesuitas, que han lanzado un proyecto de acompañamiento y conversación telefónica para estos momentos, y también otras congregaciones más pequeñas, como las Siervas de María o las Siervas de Jesús, que incluyen dentro de sus carismas el acompañamiento a los enfermos y personas mayores, han puesto en marcha diversas iniciativas.

Soledad Carrascal es sierva de María y vive en la comunidad de Segovia junto con otras cinco hermanas. Ella y otra religiosa son las únicas menores de 65 años, y por eso son las encargadas de atender por las noches a los residentes de la casa sacerdotal, donde viven sacerdotes mayores y ancianos con una media de edad de 80 años y numerosas patologías.

Estos días Soledad no puede acudir a la residencia; la cubre la otra hermana cada noche, una labor que se hace todavía más importante en estos momentos. «Nuestro trabajo es asistir a los enfermos y llevar el mensaje de Jesús. Nos piden hablar y les gusta nuestra presencia porque muchos están solos. Es una misión muy bonita y un carisma precioso. Nosotras intentamos ser un reflejo de la bondad e imagen de Dios», añade la religiosa.

Para María Jesús Ramos Martín, sierva de Jesús en Ferrol, su tarea es triple. Su comunidad está dentro de un centro sanitario católico, el Hospital de Caridad Juan Cardona. Las cuatro religiosas que viven allí ocupan la cuarta planta y se encargan fundamentalmente de la atención pastoral en el hospital y de gestionar el albergue para personas sin hogar que hay en un anexo. Este último era un centro solo para cenar, dormir y desayunar hasta que se decretó el Estado de alarma. Ahora está al completo –tiene 47 plazas– todo el día. Además, María Jesús está muy implicada en la parroquia de la zona, Santa María de Caranza, y en Cáritas.

Un anciano se prepara una infusión en su casa de La Coruña. Foto: EFE/Cabalar

«Solo quieren hablar»

En el hospital, la actividad pastoral se ha limitado mucho para evitar contagios por coronavirus, pero las hermanas no dejan de bajar una planta para atender a algún enfermo que solicita su presencia. «Si sabemos de alguien que necesita algo, sí vamos a visitarlo, sobre todo para que no esté solo. El sacerdote, que también vive en el hospital, ofrece asistencia religiosa, pero otras veces las personas que llevan ya un tiempo hospitalizadas solo quieren hablar y nos llaman a nosotras».

Lo que más está haciendo ahora esta religiosa [nos costó encontrar su teléfono libre] es llamar a gente mayor de la parroquia que está sola. Ella es la que llama la mayor parte de las veces, pero también recibe llamadas. Y los mayores lo agradecen e incluso, comenta María Jesús, se van más tranquilos cada noche a la cama.

También desde casa, Milagros Vicente, voluntaria de la ONG Nadie Solo (Fundación Desarrollo y Asistencia), acompaña a varias personas mayores a las que, antes de esta crisis sanitaria, visitaba en sus casas. También coordina a las voluntarias de la entidad. Estos días su teléfono echa humo. «Por las mañanas oigo la Misa a las 11:00 horas y después me pongo a llamar. Me suelo proponer un número de personas al día. Se trata de que las usuarias no se sientan solas, que sepan que estamos con ellas, y también de que nos trasladen las necesidades que tienen. Nosotros en estos momento no podremos atenderlas [la mayor parte del voluntariado son mujeres mayores], pero sí contactar con gente de su entorno –el portero de su edificio, vecinos…– para que estén en todo momento abastecidas y cuidadas», explica.

Milagros, que lleva ya 25 años colaborando con la ONG, reconoce que su acompañamiento engloba todas las dimensiones de la persona. También la espiritual. Aunque la entidad es aconfesional, ella es católica y si una usuaria quiere rezar el rosario, no lo duda: «Yo encantada». Y resume así su labor: «Es como ir a ver a una amiga. Damos cariño porque las queremos».

Su compromiso con las personas mayores va más allá de su voluntariado y también lo pone en práctica en su entorno más cercano. Ella fue una de las muñidoras, las semana pasada, de la fiesta de cumpleaños que le organizaron a un vecino que cumplía 100 años. «Entre todos los vecinos le compramos una tarta y salimos al patio a cantarle el cumpleaños feliz», narra con orgullo.

Milagros, María Jesús, Soledad o Cristina son solo la punta del iceberg de una ola de solidaridad hacia los más vulnerables, por salud y circunstancias personales, en esta situación: los mayores. «Espero que este confinamiento nos sirva al resto de la población para recuperar valores como la empatía y la solidaridad, y para escuchar más a nuestro mayores», concluye Fran Olavarría, gerente del Consejo Español para la Defensa de la Discapacidad y la Dependencia y editor deQmayor Magazine. Porque, como dice el Papa Francisco, «si un pueblo no respeta a sus ancianos pierde su memoria y, por lo tanto, carece de futuro».

Fran Otero