Consejos del Papa para una «comunicación directa»

Ricardo Benjumea
El Papa durante una homilía en la capilla Sixtina. Foto: AFP/Osservatore Romano

Ya como seminarista, Jorge Bergoglio sentía aversión a las homilías escritas, más allá de unos apuntes. «¿Por qué?», le preguntó su profesor de homilética. «Si se lee no se puede mirar a los ojos».

Esta es una de las anécdotas que revela el Papa al director de La Civiltà Cattolica, el jesuita Antonio Spadaro, que visita Madrid el 27 de febrero para presentar En tus ojos está mi palabra (Publicaciones Claretianas). El libro recoge homilías y discursos del entonces arzobispo de Buenos Aires entre 1999 y 2013, y se abre con una entrevista en la que el Pontífice ofrece su visión para superar el problema de los sermones tediosos, que en 2015 llegó a calificar de «auténtico drama de nuestras iglesias».

Para Francisco es esencial la «comunicación directa». Incluso en las grandes ceremonias en la plaza de San Pedro trata «de mirar por lo menos a una persona», y así «a lo mejor los demás se sienten también mirados». Como Pontífice, no puede improvisar tanto como quisiera, pero sigue sintiendo la «profunda necesidad» de ese contacto, y por ello suele añadir «palabras, expresiones que no están escritas».

Con especial cariño recuerda el Papa sus Misas como párroco para niños –«la cosa más bonita»– y las Eucaristías en el santuario de Luján, a primera hora de la mañana, tras haber pasado la noche entera confesando a peregrinos. «Escuchar la vida de la gente», dice, «es lo que prepara para la predicación». «Cuanto más cerca estás de la gente, mejor predicas y más acercas la Palabra de Dios a sus vidas», añade. En cambio, «cuanto más te alejas de la gente y de los problemas de la gente, más te refugias en una teología encerrada, en el se debe o no se debe».

Mención aparte hace, en este sentido a las Misas en latín y de espaldas al pueblo, «un gesto justo y magnánimo» de Benedicto XVI hacia algunos grupos, que sin embargo debe quedar claro que constituye «una excepción», porque «lo ordinario no es esto». Es tarea del pastor «reconocer el corazón de su comunidad para buscar dónde está vivo el deseo de Dios». Y para eso es necesario eliminar las barreras.

Cercanía, pero sin perder de vista que una homilía es «anuncio de la Palabra de Dios». Ni siquiera le gustan al Papa concesiones como «el elogio de un difunto» en un funeral. «Si tengo que decir alguna otra cosa, lo hago antes de la bendición final».

Esto no significa excluir temas profanos. En cierto modo «la homilía es siempre política»; la predicación «no es algo abstracto», desconectado de la realidad social, dice. El reto es iluminar esa realidad desde el Evangelio. Sin papeles, pero llevando bien preparado lo que se quiere decir.

«Comienzo el día antes. A mediodía del día precedente», le cuenta el Papa a Spadaro. Francisco escoge una de las dos lecturas y la lee en voz alta. «Necesito oír el sonido». Después subraya el texto. Y «a lo largo de la jornada, las palabras y los pensamientos van y vienen, mientras hago lo que tengo que hacer». Si la inspiración no llega, acude al consejo de san Ignacio: «las duermo. Y de repente, al despertarme, me viene la inspiración».

Más consejos. «Dostoyevski me ha ayudado mucho en la predicación», confiesa. También la poesía. O la teología de Romano Guardini, en particular sus «oposiciones polares», que plantean aparentes contradicciones que deben resolverse en un plano superior. Al Papa le atrae particularmente este método dialéctico porque «la vida humana está estructurada en forma de oposiciones», asegura. «Y eso es lo que ahora sucede en la Iglesia». Pero «las tensiones no hay que solucionarlas ni homologarlas necesariamente, no son como las contradicciones».

[Antonio Spadaro presenta En tus ojos está mi palabra el martes 27 de enero a las 17:30, en el salón de actos del Instituto Teológico de Vida Religiosa de Madrid, en un acto presidido por el cardenal Osoro. El director de La Civiltà Cattolica hablará sobre El liderazgo de Francisco. Cinco años de pontificado: balance y perspectivas].