Realmente es una tarea difícil, porque hay una línea muy fina y fácilmente transitable entre utilizar las redes sociales para la evangelización o para la propia satisfacción personal o incluso económica. No nos podemos rendir a la evidencia, por más que queramos mantenernos en la vieja guardia: un vídeo en Instagram o TikTok puede tener en 24 horas más alcance que el mejor reportaje de frontera con cinco fuentes contrastadas, pero con un soporte de papel y una distribución menos accesible. Lo aplastante es que no hay duda alguna de que el resumen audiovisual del encuentro del cardenal Cobo con los misioneros digitales de Madrid que subió un conocido sacerdote a su red alcanzó casi 100.000 visualizaciones en un día y este texto lo leerán unas pocas personas —con suerte—. Pero, dentro de esta aplastante realidad, hay varios flecos. El primero, y no por ello el más importante, es la compleja tarea de evitar la tentación más humana que hay y que fomenta esta narrativa social audiovisual: acabar vendiendo el continente frente al contenido. Y, ojo, no es algo relegado a los más jóvenes. Que levante la mano el que esté libre de pecado o de mirar cuántos likes tiene su publicación y de elegir entre 20 fotos la que mejor luz tenga o menos refleje las orejas grandes. Aunque de fondo haya un sagrario y se esté mostrando a los 285.421 seguidores que un chico guapo, una mujer con diez hijos o un profesional con chaqueta terminan su día postrados frente a Dios, lo que les hace finalizar la jornada de otra forma y llame poderosamente la atención a tantos buscadores de luz que sus mensajes directos se llenen de preguntas, peticiones o llamadas de socorro. Es un pedazo de testimonio. Por eso, es importante no perderse. La archidiócesis de Madrid ha empezado una propuesta: acompañamiento, pautas, misión.
Otro de los flecos es cómo estas nuevas narrativas anulan lenguajes, como el escrito, fundamentales para la comunicación humana. Pero, esto, lo hablamos otro día.