«¿Cómo podía mi verdugo orar e infligir semejante tortura?»

Khalifa el-Khoder apenas había cumplido 21 años cuando su vida cambió por completo. Era junio del 2014 en el punto de control de Tal Jijan, en la provincia de Alepo. Un marroquí, miembro de la organización…

Colaborador

Khalifa el-Khoder apenas había cumplido 21 años cuando su vida cambió por completo. Era junio del 2014 en el punto de control de Tal Jijan, en la provincia de Alepo. Un marroquí, miembro de la organización del Estado Islámico (EI) le obligó a recoger sus cosas, bajarse del coche en el que iba y seguirle. Comenzó para Khalifa siete largos meses de cárcel, durante los cuales descubriría la naturaleza de su crimen: «haber dibujado a la Virgen en una pared en Alepo», algo que para el joven suponía un mensaje de paz para el mundo.

Khalifa es musulmán. En el 2014 vivía en la así llamada Alepo liberada (la zona bajo control del Ejército Libre Sirio). Sin embargo, realizaba frecuentes viajes a Raqqa para observar los cambios en su ex ciudad, en manos de Daesh. «Después de cada uno de mis viajes de ida y vuelta -narra al periódico L´Orient-Le jour-, podía observar los cambios radicales en la auto proclamada capital del ISIS: sus paredes estaban pintadas de negro, el número de los extranjeros que vivían en su interior no dejaba de aumentar…»

El paso de un mundo a otro

El 3 de junio, después de una noche con amigos, Khalifa decidió ir temprano a Raqqa, pasando como de costumbre por Manbij (en la provincia de Alepo). En el primer control del EI, en Tal Jijan, un miliciano marroquí del Daesh, detuvo la furgoneta en la que viajaba y le ordenó que descendiera. En ese momento Khalifa pensó: «Todo ha acabado para mí. Soy hombre muerto».

El joven es llevado a una mezquita, que funcionaba como prisión. «No lograba caminar, ni siquiera sentía mi cuerpo. Me parecía que pasaba de un mundo a otro». Khalifa es rodeado, desnudado e interrogado. «Dije solo que estaba yendo a Manbij, para ducharme y lavar la ropa, porque en aquel momento no había agua en Alepo. Me preguntaron si había rezado y les respondí que no. Entonces me mandaron a rezar. Mi oración fue una oración de adiós».

Sin entender qué estaba sucediendo a su alrededor, Khalifa es acusado de todo tipo de mentiras, como la de ser un miembro del frente de al-Nusra (rivales del Estado islámico en territorio sirio). Sin todavía entender lo que estaba ocurriendo, introducen a Khalifa en un automóvil. Su destino era la cárcel de al-Bad, situada al norte de Alepo, un antiguo palacio de justicia transformado por el Ejército Libre Sirio (ELS) y luego por el EI en un centro de detención. Sin darle oportunidad de pronunciar una sola palabra, el joven sirio es arrojado dentro de una celda de menos de diez metros cuadrados, en el interior de la cual se encuentran ya otros diez prisioneros, todos guerrilleros del ELS.

Khalifa pasa allí un mes entero, antes de ser transferido a otra celda de ochenta metros cuadrados con noventa prisioneros y luego a una tercera que mide menos de cuarenta metros cuadrados, en la cual hay otros cincuenta y cinco presos. Este pasar de una celda a otra es un método usado por el EI para impedir que puedan establecerse relaciones entre los detenidos.

Desde los primeros días de su detención, Khalifa recuerda en particular la puerta de su celda. «Esta puerta me paralizaba, me sofocaba. Trascurría mis jornadas con la cabeza pegada a la pared. Estaba en un punto en el cual deseaba que me matasen».

Poco a poco, el joven musulmán se adapta a la prisión y se doblega a sus reglas. «La oración era obligatoria, de lo contrario la tortura», cuenta el ex detenido. Los prisioneros comían dos veces al día. «Por la mañana teníamos derecho a un pedazo de pan con un poco de mermelada o un huevo y a la noche un poco de arroz». «Cada cuarenta días –recuerda- nos daban una maquinilla de afeitar que debía ser usado por cinco personas. Si alguno se cortaba del todo la barba, era llevado a la sala de las torturas, porque teníamos que cortarnos solo los bigotes, los pelos entre las piernas y bajo las axilas». Khalifa duerme en el suelo, con una bolsita de zapatos como almohada.

Si el sufrimiento tiene una voz …

Durante su estancia, Khalifa logra establecer vínculos con algunos prisioneros. Pero cada semana un yihadista entraba en la celda y llamaba a algunos detenidos. «Nunca volvieron. Sabemos que fueron ejecutados».

Un día de agosto de 2014, los prisioneros notaron que los guardias estaban de fiesta. Habían detenido a un japonés. Haruna Yukawa sería ejecutado en enero de 2015. Incluso más traumático que la risa de los carceleros, era el grito de dolor de los prisioneros torturados. «Si el sufrimiento tiene una voz, es esa», recuerda Khalifa.

«Cada día oía a los detenidos gritando el nombre de Allah y los verdugos gritando el del Estado Islámico». A continuación, el detenido debía contestar «permanecerá». Para tratar de olvidar los lamentos, el veinteañero escuchaba las grabaciones puestas a disposición de los reclusos. «Podríamos elegir entre los himnos del Daesh y los cursos sobre el Islam. Yo los aprendí de memoria».

Los alaridos perseguían a Khalifa. También el olor. «El hedor de los excrementos, sudor, nuestra ropa sucia y moho nunca ha salido de mis fosas nasales. La celda equipada con un solo baño, no estaba aireada. Era oscura y sucia. Estábamos bajo tierra y, en verano, el calor era sofocante». Después de 50 días de cautiverio, el joven sufre el primer interrogatorio. Al igual que todas las sesiones siguientes, fue interrogado por un hombre enmascarado, de nacionalidad siria. «Me dijo que sabía todo sobre mí y me golpeó con una manguera verde, para que confesara». Pero Khalifa no dijo una sola palabra.

Unas semanas más tarde, un terrorista entra en la celda, lo mira a los ojos y luego lanza la acusación: «¿Quién pintó a la Virgen? ¿Probablemente está lamiendo las botas de los ‘nasrani’ (cristianos)?». En ese momento, Khalifa no tiene dudas: ha llegado el momento de pasar a la sala de torturas.

La tortura del Ballanco

Esposado, los pies atados, con los ojos vendados, es puesto boca abajo. Su verdugo coloca un pasador metálico en las manos y los pies. Usando una cadena, Khalifa es suspendido a un metro del suelo. Esta forma de tortura es conocida por el nombre de Ballanco. El tormento dura cuatro horas. «Confiesa, gritaba sin cesar mi verdugo. Pero no dije nada. Me golpeó con tanta fuerza que mi cara se golpeó contra la cadena. Yo sentía un cosquilleo en todo el cuerpo, tenía la impresión de haber sido alcanzado por un rayo».

Después de una breve pausa para la oración obligatoria, el verdugo de Khalifa vuelve a la carga. Le pregunta si tomó fotografías de los combatientes del Ejército Libre Sirio que luchan contra el Estado Islámico (EI). «Le dije que sí, para acabar de una vez». Su respuesta le valió el regreso a la tierra y un gran alivio… El Daesh utiliza una gran variedad de técnicas de tortura. Descargas eléctricas en el cuerpo; constreñir al detenido en un pequeño armario con las manos esposadas por encima de la cabeza….

Concluida la primera sesión de tortura, Khalifa ni siquiera es capaz de moverse. Tiene grandes moratones en las manos y los pies, sangre en las articulaciones. Sin embargo, se le somete a una segunda sesión de Ballanco. Esta vez, su castigo dura cinco horas. «Me sentía muerto. Pensé en mis padres, mi hermana pequeña. Más tarde, decidí hablar con Dios, para hablarle de mis sueños… ». Junto a él, su verdugo oraba. «Ya no podía soportar a mi verdugo exclamar: ‘Allah Akbar’ (Dios es grande)… ¡Odiaba esas palabras! ¿Cómo pudo ese hombre orar e infligir esta tortura?». Khalifa decide confesar haber diseñado la Virgen, pensando que «todo esto sería más digno de él».

«Yo sabía que había llegado mi hora»

Unos días más tarde, Khalifa, todavía bajo interrogatorio, ve a un prisionero oscilando en el Ballanco. «Yo estaba paralizado y cada vez más convencido de mi decisión: confesarlo todo, que hagan lo que quieran». Debe imprimir su huella dactilar en una hoja de la que ignora el contenido, y después de unos días de espera, es llevado ante un juez de Túnez.

Después de confesar su crimen, Khalifa espera el veredicto en una celda reservada a los prisioneros de guerra. Quizá pueda ser objeto de negociación. «Si no quieres morir -dicen los yihadistas– pide a tus padres ser cambiado por un combatiente del EI, detenido por el ELS». Solo entonces, a los padres de Khalifa se les permite visitarlo. Ellos recorren 200 km para una reunión de 15 minutos. «La cara de mi madre estaba completamente tapada, solo pude ver sus ojos que se llenaron de lágrimas», dice el joven sirio. «Le dije que sabía que había llegado mi hora y le pedí que me olvidara».

Khalifa pasa varias semanas en esta celda. Pasa su tiempo leyendo libros religiosos que los carceleros ponen en sus manos. Lee para olvidar la sensación persistente de que su fin se acerca. Con los nervios de punta, el joven sirio se estremece cada vez que escucha abrir la puerta. Hasta ese día, a finales de noviembre, cuando un combatiente del EI lo lleva a una pequeña habitación, donde le espera el juez. Y el veredicto le llega entre la cabeza y el cuello: Khalifa es condenado a muerte por haber diseñado la Virgen y por, supuestamente, tomar fotografías de los combates entre el EI y otros grupos. «Al día siguiente, -dice- me llevaron a un edificio cercano de la prisión. Al ver el cielo y las nubes, por primera vez en meses, no pude contener las lágrimas. Más aun sabiendo que me llevaban a la horca».

Pero en la nueva prisión, Khalifa se entera de que un grupo de internos de los cuales él también formaba parte, habían recibido «la gracia de Abou Bakr al-Baghdadi (el autoproclamado líder del Estado Islámico)» y que tenía que pasar tres meses en una prisión de rehabilitación. Khalifa comienza a seguir las clases de religión. Uno de sus profesores es un alemán, conocido por el nombre de Abou Youssef el-Almani, casado con una alemana-libanesa.

«Podía elegir entre permanecer en la cárcel y escapar»

Durante su estancia, Khalifa descubre que uno de los detenidos, que también era beneficiario de la gracia, ha sido ejecutado. Vuelve la angustia. «Me dicen que me habían mentido y que tenía que escapar». El 17 de diciembre de 2014, el joven sirio dice a un prisionero, convertido en guarda del «centro de rehabilitación», que tenía que saldría fuera para llenar sacos de arena que se utilizarían para proteger a la prisión de los bombardeos de la coalición. Después de caminar durante aproximadamente un kilómetro, detiene un coche y le pide al conductor que lo ayude. «Hoy, mirando hacia atrás, me doy cuenta del gran riesgo que tomé. Pero no tenía nada que perder. Podía elegir entre permanecer en la cárcel y escapar … y elegí escapar».

El viaje nunca terminaba. Tres horas interminables de carretera, durante el cual Khalifa tiene la impresión de que el coche se arrastra. Llegan al primer puesto de bloqueo del EI. Khalifa se las arregla para mantener la cabeza fría. «Sabía que el Daesh era muy meticuloso en el control de los coches que entraban en las zonas bajo su control». Solo después de pasar esta primera barrera, Khalifa alerta al conductor que acaba de fugarse de una prisión del EI. «Estaba abrumado por el pánico -recuerda- y le pidió que nunca más contactase con él, una vez estuvieran en su destino. Pasamos el viaje en silencio. Como un niño, miraba el paisaje que nos rodeaba. Vi de nuevo las cosas que pensé cuando estaba en la cárcel que nunca podría volver a ver».

El vehículo recorre kilómetros. Supera un pueblo, y luego otro, algunos de los puestos de control del ELS, el puesto de control del Frente de al Nusra… hasta llegar a Alepo. «Entrando a Jazmati, mi distrito en Alepo, ya tenía la impresión de entrar en un lugar sagrado. Algunos niños me han llamado, un grupo de adultos salió descalzo a verme… todo el mundo me creía muerto».

Enfrentar a los propios demonios

Khalifa vuelve a casa. Todo ha quedado atrás. La taza de té que sorbía, el libro que estaba leyendo antes de la detención. Nada había cambiado. «Toqué las paredes, no podía creer que todavía estuviese vivo, al ver mi reflejo en el espejo, apenas me podía reconocía».

Al siguiente día Khalifa parte para Turquía, donde comenzó una larga convalecencia. Perdió 10 kilos, está medio ciego por la desnutrición y necesita varios meses para sanar de la lepra que contrajo en prisión. «Pero lo más grave es el sufrimiento psicológico, heridas que nunca se curan».

La idea de huir a Europa pasa varias veces por la cabeza. Pero Khalifa decide que ya no quiere vivir huyendo, él quiere hacer frente a sus demonios para luchar contra ellos. En Turquía, el joven sirio prosigue sus estudios de sociología a distancia y obtiene la licenciatura. Recibe clases de francés que le permitan inscribirse un día en la Sorbona. Su sueño. Ahora es periodista independiente, escribe sobre Raqqa y Alepo. De alguna manera, Khalifa parece estar escribiendo su propia historia.

Hoy, aunque Khalifa mira resueltamente hacia el futuro, los fantasmas del pasado de vez en cuando retornan. «Cuando hace frío, el dolor en mis manos me hace recordar la tortura del Ballanco». Incluso sus ejecutores del pasado regresan para atormentarlo, a pesar de los kilómetros y el tiempo. «Cuando veo un video del EI, a menudo los reconozco. Los reconozco a ellos incluso solo mirándoles los ojos».

AsiaNews/L’Orient-Le Jour