Chillida. Meditación a partir del volumen y el vacío
Este artista sigue rompiendo nuestros esquemas. En medio del sinsentido de nuestra vorágine vital, su obra nos invita a un silencio que nos recuerda que el ser humano es mucho más que un ente productivo carente de trascendencia
Eduardo Chillida (Donostia, 1924-2002) regresa a Madrid en toda su plenitud, y lo hace con una exposición de carácter antológico e iconográfico producida gracias a la colaboración entre el Ayuntamiento de Madrid, la Fundación Ibercaja, el Museo Chillida Leku y la Fundación E. Chillida-P. Belzunce, contando con el comisariado de Alicia Vallina. De esta muestra, titulada Eduardo Chillida. Soñar el espacio, podremos disfrutar hasta el próximo mes de junio en el Centro Cultural Conde Duque, de la capital.
Quizá uno de los aspectos más relevantes del recorrido que aquí se propone es la revalorización de la obra gráfica de Chillida, escultor inclasificable que hizo de la investigación en torno al espacio, al volumen y al vacío el eje vertebrador de un discurso absolutamente personal, poético, reflexivo, en absoluto ajeno al conocimiento de la tradición. O mejor dicho, de las tradiciones. En efecto, en su singular quehacer descubrimos la interpretación de unos torsos de progenie clásica que en sus inicios —allá por la década de los 50—, asumió desde una síntesis no disímil respecto a los grandes maestros de la escultura de vanguardia del siglo pasado.
Ahora bien, si la prosapia clásica, amén de la vanguardia, siempre se rastrea en la producción del genial donostiarra, no fue menor la presencia de su tierra, de la cultura vasca, la cual se convertiría en un camino de búsqueda, de investigación, de homenajes y de silencios. Así lo constata el diálogo existente entre su escultura y la naturaleza, según contemplamos en muchas de las creaciones aquí reunidas, como también en su principal legado: Chillida Leku (Hernani, Guipúzcoa), su museo personal, donde escultura y paisaje conviven en singular maridaje.
De alguna manera, la presente exposición evidencia hasta qué punto Chillida hizo dibujo de su escultura y volumen de sus dibujos. Su sentido de la línea, el relieve de sus collages, la superposición de los papeles de sus Gravitaciones, se suman a una selección de esculturas cuyos perfiles nítidos, cuyos huecos y cavidades, son guiños gráficos que nos acercan a un silencio que por excepcional resulta tan moderno.
Su estética, acuñada y sentida desde sus primeros pasos artísticos, se desarrolla en toda una suerte de composiciones que descubren en su mano la esencia de su trabajo, el tesón de su aquiescencia. Con acierto se ha incluido en esta exposición un capítulo precisamente consagrado al estudio de la mano. A través de ella, Chillida nos enseña el juego del espacio, de los vacíos, la relación entre volumen, forma y, sí, también del movimiento, pues en contra de lo que pudiera parecer, en Chillida hay movimiento: el dinamismo de lo callado, el transcurrir del tiempo a través de las cavidades del frío hierro, del dulce alabastro, del dúctil yeso…
Chillida sigue rompiendo nuestros esquemas. En medio de nuestro día a día, en medio del sinsentido de nuestra vorágine vital, en el vórtice de una sociedad expuesta a la imagen fútil, irrelevante y pasajera, el volumen, las oquedades y los silencios de su obra, nos invitan a la meditación. Dicho silencio, primero inquietante, luego existencial, siempre nos recuerda que el ser humano es mucho más que un ente productivo carente de trascendencia. Chillida hoy, como ayer, como mañana, nos hace partícipes de la grandeza de esa poesía que viene desde la contemplación de un mundo que, partiendo de sus propuestas, transforma nuestros formalismos. Tal vez, en todo ello podamos atisbar un peculiar misticismo no lejano a los versos de san Juan de la Cruz —la comparación no es baladí— para, desde esa su elevada contemplación, dar a la caza alcance.