Casi 500 años de presencia mercedaria en la diócesis
La Orden de la Merced lleva en Madrid desde 1564, cuando los religiosos se asentaron en la actual plaza de Tirso de Molina. Desde entonces, han expandido su carisma «redentor y mariano»
Cada 24 de septiembre, la Iglesia celebra la fiesta de la Virgen en su advocación de la Merced, una devoción introducida en el siglo XIII por san Pedro Nolasco. De ahí nació la Orden de la Merced y las diferentes ramas a las que ha ido dando origen a lo largo de la historia. En Madrid, la presencia de los mercedarios se remonta a 1564, con la fundación del histórico convento de los Remedios, cuyo terreno ocupaba lo que hoy es la plaza de Tirso de Molina, en pleno centro de la capital. De hecho, se puede decir que Tirso de Molina, cuyo nombre real era fray Gabriel Téllez, oriundo de Madrid, «es el mercedario más universal de todos los tiempos», afirma el también mercedario Mario Alonso, director de la revista La Merced Caminos de Liberación y párroco de Santa María de Cervellón.
Dado que el carisma original de estos religiosos es la redención de cautivos cristianos en poder de los musulmanes, la principal actividad que llevaban a cabo era la de recoger limosnas entre los madrileños para tal fin. Así fue hasta que el primitivo convento de los Remedios fue desamortizado por Mendizábal y luego demolido para crear así la plaza actual, pero aquello no terminó con la presencia mercedaria en la capital.

Con el correr de los años, la concreción de su carisma fue evolucionando, y así en Madrid ha habido siempre mercedarios dedicados a la enseñanza y otros encargados de llevar una parroquia, además de aquellos que visitan a los presos en las cárceles, sin olvidar a los que emigraban a América a evangelizar —en el segundo viaje de Colón ya viajaba un mercedario con este fin—.
Ya en el siglo XXI, la presencia mercedaria está vinculada a la Provincia de Castilla, que ocupa buena parte de nuestro país, y de la que han salido varias fundaciones en América y en África. Además de la parroquia de Santa María de Cervellón —considerada la iniciadora de la rama femenina—, llevan la Basílica Hispanoamericana de la Merced y otra más en Torrelodones, a las que habría que añadir otras dos que la rama descalza dirige en Las Rozas y en el sur de la ciudad, junto al colegio Nuestra Señora de Los Ángeles.
Una savia renovada
Aparte, la huella mercedaria en Madrid ha sido siempre tan marcada que la diócesis ha dado títulos relacionados con los mercedarios a tres de sus parroquias: San Ramón Nonato, Nuestra Señora de la Merced y la dedicada a la Beata María Ana de Jesús.
En cuanto a la rama femenina, están las mercedarias que llaman de Don Juan de Alarcón, junto a la Gran Vía madrileña, donde está el cuerpo incorrupto de la beata María Ana de Jesús, que tiene el título de copatrona de la ciudad, cuya imagen sale en procesión por las calles el 26 de septiembre. También están la mercedarias de Góngora, en el barrio de Chueca, que son contemplativas; las mercedarias de San Fernando, que recientemente se han trasladado a Tres Cantos para continuar allí su labor educativa; las mercedarias de la Caridad y las mercedarias misioneras de Berriz. «Son brotes nuevos que han ido saliendo del tronco de la orden a lo largo de los siglos y que han ido renovando su savia», explica Mario Alonso.

En la línea del carisma original orientado a dar la libertad a los cautivos, la Fundación La Merced Migraciones tiene distintos pisos de acogida distribuidos por Madrid, especialmente dirigidos a inmigrantes. Y, al estilo de otras órdenes que hunden su origen en el medievo, la de la Merced tiene también su rama terciaria. Está formada por laicos «que forman parte de la orden desde su estado laical, no como consagrados», cuenta Alonso. «Colaboran en todas las labores pastorales y redentoras que se organizan desde los mercedarios y reciben formación acerca de nuestra historia, nuestra espiritualidad, nuestro carisma… con reuniones periódicas para formarse y para orar juntos».
En todo este recorrido histórico que se concreta en las presencias de la actualidad, late una devoción común y muy viva, la de la Virgen de la Merced: «Nosotros somos una orden mariana —cuenta Mario Alonso—, y ,de hecho, no llevamos el nombre de nuestro fundador sino el de nuestra Madre. Eso nos identifica y nos marca a todos una espiritualidad propia, mariana y redentora a la vez».