El segundo volumen de las Cartas de un humanista de Tomás Moro (editorial Rialp), preparado por la catedrática Concepción Cabrillana, es una pequeña recopilación de escritos en latín, traducidos por primera vez al castellano. Se trata de una correspondencia, dirigida mayoritariamente a sus amigos, por alguien que buscó toda su vida la verdad y supo cultivar la amistad. Moro amaba apasionadamente las humanidades, fruto de sus lecturas sobre la antigüedad clásica, pero sus ocupaciones de jurista, de consejero real y, por supuesto, sus obligaciones familiares, le impedían dedicarle más tiempo. No le quedaba otro remedio, como él mismo reconoce, que robar tiempo al sueño y a la comida. Sin embargo, cuando alguien escribe a amigos verdaderos, la afectividad y la confianza ganan la batalla a la escasez del tiempo. Moro era una persona tan considerada que no dejaba de escribir para agradecer a los amigos su apoyo, tal y como sucedió tras la publicación de su obra Utopía, pero también para salir al paso contra las acusaciones injustas vertidas contra Erasmo de Rotterdam, uno de los mejores amigos del humanista inglés, sobre todo si eran fruto de la incomprensión de personas íntegras. Este tipo de cartas aparecen en el libro, a modo de pequeños retazos de la vida personal e intelectual de Tomás Moro.

Sin embargo, la carta más extensa incluida en esta obra demuestra el profundo conocimiento que el autor tiene de la Sagrada Escritura, en un momento histórico en que la Reforma luterana quería reducir al cristianismo a una religión del libro, pese a que ello pudiera suponer no solo el desprecio por la tradición secular cristiana, sino también la aparición de un cúmulo de contradicciones presentes en las nuevas doctrinas. Moro escribió en 1526 una carta abierta a John Bugenhagen, uno de los estrechos colaboradores de Lutero, en respuesta a otra misiva con la que el alemán pretendía fomentar el luteranismo en Inglaterra. Surge así un largo escrito que desmonta argumentos, por mucho que estén basados en citas bíblicas. Moro demuestra que la opción luterana por la fe, sin tener en cuenta las obras, solo puede llevar a caer en un ciego determinismo que socava la libertad humana. Ese determinismo niega que el hombre pueda tender al bien y, en consecuencia, considera que es más importante creer bien que obrar bien. Es un fideísmo que cuestiona la razón, con la consiguiente repercusión en la filosofía de los siglos posteriores.

Antonio R. Rubio Plo