Cartas a un espíritu inquieto

Cristina Sánchez Aguilar

Primera parada: Nueva York. 6 de enero de 2011. Desde la Gran Manzana se envía la primera de una serie de Cartas a un espíritu inquieto -de un viejo profesor a su alumno Ignacio-. Tras décadas enseñando dentro de los muros de un colegio, el profesor decide tomarse un año sábatico y viajar, para comprobar, en primera persona, que lo que lleva años enseñando «no está alejado de la realidad, y que la realidad tiene un mismo horizonte para todos los hombres».

En su periplo por ciudades tan variopintas como Sao Paulo, El Cairo o Jerusalén, el profesor se encuentra con una única Verdad: «Cada hombre, a lo largo de la historia, ha expresado, de una forma u otra, su sentido religioso. Tiene que haber un bloqueo hondo para no reconocer esta tendencia, algún prejuicio ideológico o una herida en el alma». Estas reflexiones serán las que den respuesta a los grandes interrogantes que plantea su alumno en las respuestas a sus cartas -recuperando el método epistolar romántico, profundo y perdurable-; alumno a quien aprecia de veras, porque «todos los estudiantes sólo esperan el sonido del timbre para salir corriendo, pero tú levantas la frente y ponse palabras a todas esas preguntas que todo ser humano se hace».

El viejo profesor habla al joven desde la voz de la experiencia, rescatando esa relación maestro-alumno, en la que el educador ayuda al pupilo a enfrentarse a la vida, no sólo a pasar las horas en el aula. De forma similar a la mítica escena de Robin Williams hablando al joven Hunting en el lago, el profesor recuerda a Ignacio que la única forma de entender la respuesta no está en los libros, sino en el encuentro personal con esa Presencia y con aquellos que se han encontrado con Ella: «El cristianismo no es una teoría religiosa, sino hombres y mujeres concretos».

Así, uno a uno, el profesor va respondiendo a los grandes interrogantes que todo espíritu inquieto se hace: ¿Cómo podemos demostrar que es real que Dios se hizo hombre? El viejo maestro, con ese rigor propio del que busca la Verdad, hace un repaso a las fuentes históricas, cristianas y no cristianas, que hablan de Jesús, y se detiene en la historicidad de los Evangelios.

El texto anima constantemente a la búsqueda: «Dar por respuesta un prejuicio es no haber entrado siquiera a la batalla», le dice desde Tokio. Certezas, vuelve a pedir Ignacio. «El tipo de certeza que puede tenerse ante la figura de Jesús de Nazaret no es fruto de un proceso lógico o deductivo, sino una certeza posible, existencial, que se llama fe», contesta el profesor. ¿Y qué es la fe? La respuesta se puede encontrar en el libro, gratuito, distribuido por la Delegación de Pastoral Universitaria de la Archidiócesis de Madrid, con motivo de la JMJ, a través del blog cartasaunespirituinquieto.blogspot.com escrito por un equipo de docentes de varias Universidades españolas, y recuerda la importancia de que, siempre, al lado del que busca, es fundamental que haya alguien -esos seres que justifican el mundo, que decía Camus- que acompañe.

Cristina Sánchez