Yo estuve allí

Había llegado a las 7 de la mañana para entrar por la puerta de Santa Marta. Calles cortadas, riadas de gente, yo con las entradas en la mano sorteando barreras humanas y de control… Finalmente, entré a las dependencias vaticanas. En los grandes corredores, estaba preparado para revestirme, junto a más de 1.000 obispos, para concelebrar con el Papa Francisco. Fueron llegando hermanos obispos de Ecuador, de España y América latina, rostros de África, de Asia y de las Iglesias hermanas grecorromanas con su típica vestimenta. Ya revestidos, formamos las filas para salir a nuestros puestos reservados en la parte superior de la escalinata, donde se encontraba el altar y la plataforma adornada con bellas y hermosas rosas del Ecuador, frente a la muchedumbre que llenaba todo cuanto la mirada alcanza. Después llegaron las autoridades, reyes y Presidentes, entre ellos, los reyes de España y el Presidente de Ecuador. También llegó el Papa emérito Benedicto XVI -suenan los aplausos-, los cardenales y el Papa Francisco. Después, las reliquias de los santos que iban a ser canonizados. El cardenal Amato hizo la presentación y la súplica al Papa para que fuesen canonizados los Papas Beatos, el Papa proclamó la fórmula de la canonización y resonaron las campanas y los aplausos en toda la plaza. La Iglesia cuenta con dos nuevos santos: Juan XXIII y Juan Pablo II, a los que podremos invocar como intercesores en la oración. Doy gracias a Dios, que me permitió vivir este momento lleno de gracia y bendición, un momento histórico y eclesial, que quedará plasmado en mi memoria para no olvidar y poder contar a los demás. Agradezco a san Juan Pablo II, que un día, en este lugar, puso su mano en mi cabeza y ungió mis manos para consagrarme obispo de esta Iglesia apostólica y romana, a la que amo y sirvo con un corazón misionero, allá en la selva ecuatoriana y hoy en Roma, y elevo mi plegaria de agradecimiento y suplica por nuestra Iglesia misionera del Vicariato de Puyo, para que desde el cielo nos acompañe y bendiga.

Monseñor Rafael Cob García
obispo de Puyo (Ecuador)


De y para nuestro tiempo

La Iglesia nos regala un santo de y para nuestro tiempo; san Karol Wojtyla. Juan Pablo II es nuestro Papa, el que marcó nuestra niñez, juventud…, nuestra vida cristiana. Su primer grito: ¡No tengáis miedo, abrid las puertas a Cristo!, fue un grito de esperanza. Él encarnó en su vida, y también en una Iglesia adormecida, el deseo de san Juan XXIII con el Concilio: renovar la Iglesia con nuevos métodos de evangelización, con un nuevo lenguaje. Juan Pablo II es mi santo favorito, ¡claro que sí! Él me dio ejemplo de perdón ante el atentado. Se hizo todo para todos, para ganar a alguno y sólo para Cristo. Nos enseñó en María a una aliada incondicional en nuestra fe. Fiel al mensaje de la Divina Misericordia, la extendió por el mundo. En definitiva, Juan Pablo II ha marcado mi vida de fe, esperanza y amor a Dios y a los demás. Doy gracias a Dios porque ya es santo, y su intercesión es poderosa. A Juan Pablo II le encomiendo nuestra querida España, tierra de María.

Arancha Ciprés González
Madrid


¡Gracias, san Juan Pablo II!

Aquel 3 de mayo de 2003, escuchamos una de sus frases más célebres: ¡No tengáis miedo: abrid las puertas de par en par a Cristo! ¡Merece la pena! Desde ese día, Juan Pablo II se convirtió para nosotros en testigo de esperanza, de la alegría en Cristo resucitado en compañía de la Virgen. Ha sido un compañero de vida desde que éramos pequeños, al que hemos tenido siempre devoción. Desde pedirle cosas pequeñas como aprobar un examen, hasta pedirle, más adelante, que nos concediese el don de tener a nuestra primera hija. Poco a poco, nos ha concedido lo que le pedíamos; por eso, en agradecimiento por todo lo que hace por nosotros y nuestras familias, hemos decidido llamar a nuestro segundo hijo Pablo. No hemos podido ir a su canonización porque nos queda muy poquito para que Pablo esté con nosotros. Pero sabemos que nos ha hecho el regalo de poder dedicarle estas líneas. ¡Gracias, san Juan Pablo II, siempre estás con nosotros!

Familia Ederra-Poveda
Majadahonda (Madrid)


No podía ser otro domingo

Recuerdo aquella noche de 2005, en que Juan Pablo II marchaba a la Casa del Padre. Entonces, yo era de aquellos que decía llamarse cristiano sin creer en la Iglesia. No olvidaré lo que me aconteció: siguiendo de cerca aquellas horas, poco a poco, y misteriosamente, experimenté una paz profunda hasta decirme: Nos ha dejado un santo. Desde aquel instante, comencé a descubrir, entender y amar a la Iglesia. El pasado domingo, se me ha vuelto a regalar esa alegría que viene de arriba, que brota de la fe y desde la que es posible derribar las barreras de la cultura del atajo que asfixia la vida y apaga la voz de Dios. Domingo de la Divina Misericordia: no podía ser otro…

Enrique Mejías
Madrid


Uno tiene que estar muy lleno de Dios…

Viví desde casa la canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II, unida en cuerpo y alma a la celebración. Fue un momento emocionante, nunca vivido por mí, y de dos Papas a los que he conocido. Aunque el pontificado de Juan Pablo II está más vivo (por reciente, lo largo, y por lo que ha supuesto para la Iglesia y la Humanidad), quiero fijarme en Juan XXIII. Aunque durante su pontificado yo tenía 12-16 años y no se conocían las noticias con la inmediatez de ahora, estos días he recordado detalles de él, que quizá estaban en el subconsciente: su aspecto bonachón (de abuelo cariñoso), sencillo, de transmitir paz, cercano a los sencillos, enfermos, trabajadores a su servicio, y a líderes de otras religiones, grandes mandatarios… El gesto de subir el sueldo a los que llevaban la silla gestatoria, porque como él les dijo pesaba más que su antecesor, o pararse a hablar con los trabajadores del Vaticano interesándose por ellos. Uno tiene que estar muy lleno de Dios para vivir la gran responsabilidad de ser Papa con esa sencillez, entrega alegre y fidelidad al Espíritu. ¡Gracias, Señor, por valerte de personas así para llevar adelante tu Iglesia!

María del Carmen López
San Lorenzo de El Escorial (Madrid)


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