Cardenal Ayuso: «La pandemia puede alimentar los muros de la ignorancia» - Alfa y Omega

Cardenal Ayuso: «La pandemia puede alimentar los muros de la ignorancia»

Se aproxima la tercera encíclica del Papa, esta vez sobre la fraternidad humana. En este contexto, analizamos el reciente documento sobre solidaridad entre religiones con el cardenal responsable en el Vaticano del diálogo interreligioso

Victoria Isabel Cardiel C.
El cardenal Ayuso Guixot junto al profesor Mohamed Hussein Mahrasawi, presidente de la Universidad de Al-Azhar, y al rabino sénior de la Congregación Hebrea de Washington, en el Museo del Louvre de Abu Dabi. Fotografía cedida por el cardenal Ayuso

Cuando el sábado llegó la confirmación oficial del director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, Matteo Bruni, la tercera encíclica de Francisco ya estaba en boca de todos. El primero en anunciarlo fue el obispo de Rieti, Domenico Pompili, quien aseguró en una rueda de prensa que «dentro de poco el Papa publicará una encíclica sobre la fraternidad humana» como único antídoto para salir de la crisis provocada por la pandemia. Luego lo confirmaron los franciscanos. El Papa visitará su sede en Asís el próximo 3 de octubre para firmar el documento en total privacidad.

En este contexto, el documento Servir a un mundo herido en la solidaridad interreligiosa: Una llamada cristiana a la reflexión y a la acción durante la COVID-19 publicado por el Consejo Mundial de las Iglesias (CMI) y el Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso (PCID) no podía pasar desapercibido. Para desvelar sus claves hablamos con el presidente del organismo del Vaticano que se ocupa de las relaciones con las religiones no cristianas, el cardenal español Miguel Ángel Ayuso Guixot.

¿Qué tienen que decir las religiones a un mundo herido por la pandemia?

–El magisterio de Francisco se nutre de la convicción conciliar de que las religiones son portadoras de grandes recursos para construir, con todos los hombres de buena voluntad, una humanidad reconciliada. Por eso es necesario un movimiento espiritual por la paz que pueda reunir, sin confundir, los diferentes mundos religiosos. La oración, el diálogo, el respeto y la solidaridad son armas que forman parte de los arsenales espirituales de todas las religiones. Es, por lo tanto, en este contexto, en el que se inserta también el Documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común, firmado por el Papa Francisco y el gran imán Ahmed al-Tayyeb en Abu Dabi el 4 de febrero de 2019. Si a Dios le gusta que hombres y mujeres que siguen una religión puedan caminar en fraternidad, no tiene menos valor que la fraternidad se convierta también en el camino de las confesiones religiosas.

La finalidad del documento publicado es animar a las iglesias y organizaciones cristianas a reflexionar sobre la importancia de la solidaridad interreligiosa en un mundo herido por la COVID-19. El servicio cristiano y la solidaridad en un mundo herido han formado parte del programa del PCID / CMI desde el año pasado. La pandemia ha expuesto las heridas y la fragilidad de nuestro mundo, revelando que la única respuesta es una solidaridad inclusiva, abierta a los seguidores de otras tradiciones religiosas y a las personas de buena voluntad. Por eso, el documento ofrece una base cristiana para la solidaridad interreligiosa que puede inspirar y confirmar el impulso de servir a un mundo que sufre no solo por la COVID-19, sino también por muchas otras heridas. Las religiones, si crecen en un espíritu de diálogo y en el compromiso de promover el bien común, pueden desarrollar un papel fundamental.

¿Quedan razones para pensar que saldremos mejores de esta crisis?

–El contexto actual de la pandemia es una oportunidad para descubrir nuevas formas de solidaridad y repensar el mundo posterior a la COVID-19. Pero, para salir mejores, se necesita una gran colaboración entre todos los que pertenecen a diferentes tradiciones religiosas. Estamos llamados a construir puentes y no muros, a trabajar juntos por el bien de nuestra casa común, que es la Creación. Todos pertenecemos a una única familia humana lo que nos hace reconocernos los unos a los otros como hermanos. Este es el primer paso para alejarnos de los muros levantados a causa del miedo y de la ignorancia, que esta pandemia puede alimentar. Debemos permanecer unidos en un espíritu de fraternidad para superar estos momentos tan difíciles. Por eso los líderes religiosos están llamados a promover la unidad, la solidaridad y la fraternidad. Tenemos que dejar de seguir solamente las leyes de la economía y del lucro para generar una sociedad más fraterna. Y la solidaridad debe traducirse en medidas concretas y creíbles.

¿Cuál es la respuesta que deben dar los católicos desde el ámbito del diálogo ecuménico e interreligioso a la crisis causada por el coronavirus?

–El pasado 24 de mayo, el Papa Francisco invitó al mundo a celebrar el quinto aniversario de la encíclica Laudato si. El cuidado de la casa común es algo que nos compete a todos los seres humanos. Cada uno desde su propio ámbito y con su identidad. Este nuevo modo de relacionarnos con la creación puede ser el mejor don que podemos ofrecer como discípulos de Jesús. El coronavirus debe ser una llamada a respetar el planeta. El cuidado de la creación, ya indicado por el Papa Francisco como objetivo para unir religiones y culturas diversas en nombre de nuevos modelos de convivencia y desarrollo, es un tema sobre el cual las diferentes tradiciones religiosas y las confesiones cristianas pueden encontrarse y hallar un lenguaje común.

Miembros de la Fundación FICRT junto con la confesión religiosa islámica Al-Tasamsoh y la mezquita Sheikh Zayed bin Soltan preparan alimentos para las familias más necesitadas de Madrid durante la pandemia. Foto: Óscar del Pozo

La pandemia ha agravado la brecha social, hay más personas que padecen hambre, otros muchos han sufrido ansiedad al haber perdido a sus seres queridos. ¿Cómo trasmitir esperanza a los que ven el futuro negro?

–La esperanza es una característica esencial de todas las religiones. A lo largo de la historia de la humanidad sabemos que la esperanza religiosa ha impulsado a los creyentes a preocuparse por aquellos que sufren las tragedias de la condición humana. Hoy en día, necesitamos valores éticos y espirituales universales y compartidos para inyectar una nueva esperanza en un mundo devastado por la pandemia.

El Papa Francisco nos insta a sembrar el contagio de la esperanza. Se trata de un contagio que se transmite de corazón a corazón. Las palabras que realmente queremos escuchar en este tiempo no son indiferencia, egoísmo, división y olvido. Queremos suprimirlas para siempre. Los líderes religiosos pueden ayudar, gracias a sus valores espirituales, a hacer renacer esta humanidad que sufre y que ha sido duramente golpeada.

En este contexto, ¿es el diálogo interreligioso una asignatura pendiente de nuestra sociedad?

–El diálogo interreligioso no es un lujo. Al contrario, es algo necesario y esencial al servicio del bien común y para el bien de la humanidad herida. Tiene una función esencial para construir una convivencia civil, una sociedad que incluya y que no se edifique sobre la cultura del descarte. La perspectiva y el objetivo del diálogo interreligioso son trabajar, mediante una auténtica colaboración entre creyentes, para conseguir el bien de todos, luchando contra las injusticias que afligen a este mundo y condenando todo tipo de violencia. Por eso, mirando hacia el futuro, debemos tomar conciencia de que las religiones no deben encerrarse en sí mismas, sino que, como creyentes y permaneciendo bien enraizados en nuestra propia identidad, nos dispongamos, a pesar de nuestras diferencias, y junto a todas las personas de buena voluntad, a recorrer el camino de la fraternidad humana.

En el mundo hay muchas religiones y nosotros, desde el punto de vista interreligioso, tenemos que saber activar una relación, como quiere el Papa, de respeto y de amistad a través de la cual podamos defender la igualdad como seres humanos que somos, también creyentes, con diferentes visiones, pero sin renunciar a nuestra propia identidad, sino reclamando la sinceridad de las intenciones. Debemos trabajar desde la educación y el diálogo en la vida cotidiana, aventurándonos para conocer al otro, para cooperar y construir un mundo nuevo que sea más pacífico y más solidario.