Cara y cruz del matrimonio - Alfa y Omega

Cara y cruz del matrimonio

Coinciden en la cartelera dos películas cuyas tramas ofrecen visiones muy diferentes del matrimonio: Grace de Mónaco y La mujer invisible. Si la primera muestra el matrimonio como vocación y cumplimiento de la vida, la segunda propone una mirada desencantada en la que amor y matrimonio no parecen buenos compañeros

Juan Orellana
Escena de La mujer invisible

La controvertida película Grace de Mónaco, de Oliver Daham, protagonizada por Nicole Kidman en el papel de Grace Kelly convertida ya en la princesa de Mónaco, se basa libremente en un episodio puntual de la vida de la protagonista. Siendo ya la mujer de Rainiero, recibe una oferta de Alfred Hitchcock para protagonizar Marnie la ladrona. Ella, que aún siente la pasión por la actuación, debe decidir qué hacer con su vida, en un momento en el que el Principado pasa por graves amenazas políticas y su marido la necesita cerca.

Se trata de una película blanca, sin asuntos morbosos de revista del corazón, una película que entra en el conflicto moral de Grace con elegancia y sin sensacionalismos. El sacerdote Francis Tucker (Frank Langela) se convierte en el mentor espiritual de la princesa y la pone en condiciones de descubrir el verdadero sentido de su nueva existencia de esposa y madre.

Imagen de la película Grace de Monaco

Muy diferente es lo que vive el famoso escritor británico Charles Dickens (Ralph Fiennes) en la película La mujer invisible, dirigida por el actor protagonista y adaptada de la novela de Claire Tomalin. En este film, aclamado por sus indudables cualidades estéticas (Nominada al Oscar y al Bafta al mejor vestuario), se nos cuenta la separación de Dickens de su mujer, con la que tuvo muchos hijos. Una separación impulsada por su encaprichamiento de la joven actriz Ellen Ternan, conocida como Nelly. En el origen de este adulterio está la percepción del novelista de que su mujer no entiende su trabajo artístico, al contrario que la joven Nelly, fascinada por la obra y personalidad de Dickens. En esto el film nos recuerda a La joven de la perla, estupenda película sobre el pintor Vermeer. Otro referente literario y cinematográfico es Orgullo y prejuicio, al encontrarnos ante una madre, Frances Ternan (Kristin Scott Thomas), con tres hijas Fanny, Nelly y María, a las que quiere acomodar en la sociedad influyente a cualquier precio. Para ello no va a hacer ascos a que su hija Nelly se convierta en la amante secreta de un hombre casado y famoso.

El guión recalca el encorsetamiento de la sociedad victoriana, sugiriendo que el rechazo del divorcio es una trampa para la mujer, condenada a la infelicidad. Este discurso feminista no se presenta de forma cargante, ya que el centro de atención se pone en la experiencia de soledad e insatisfacción que padecen los personajes. También aquí aparece la figura de un sacerdote como director espiritual, que percibe el dolor de la protagonista y trata de ayudarla.

Ciertamente, tras la historia de amor poco gratificante entre Nelly y Dickens, la actriz parece redescubrir la felicidad en el seno de un matrimonio fiel y sereno, pero lo que queda en la retina del espectador es un canto a la vida sin las cadenas del matrimonio, entendido como una mera convención social. El personaje de Catherine, esposa de Dickens, es muy conmovedor por la sobriedad y nobleza con la que afronta la infidelidad de su esposo.

Al margen del tema central, la película nos ilustra sobre el proceso creativo de Dickens y de su amigo Wlikie Collins, novelista que nunca estuvo casado pero siempre convivió con mujeres que le dieron hijos. En algún momento, el cineasta nos lleva de rostro en rostro por los arrabales donde malviven esos niños enfermos y sin pan que poblaron algunas novelas de Dickens. También hay algún homenaje a Shakespeare, que no podía faltar en una película dirigida por Ralph Fiennes.

La estructura narrativa es la de un gran flashback que nos lleva desde Margate (Inglaterra), en 1883, al Manchester de los años sesenta, con determinados vaivenes temporales en medio de la trama. La película es muy correcta y algo fría, y no está muy bien contado el proceso de enamoramiento. Al final, lo que nos queda es una frase dicha por la protagonista: «Estemos con quien estemos, estamos solos». Una visión melancólica y escéptica del ser humano y del matrimonio, en clave algo feminista y bastante pesimista.