Capellán del colegio Mater Salvatoris de Madrid: «La madre Félix fue una mujer extremadamente buena»

Carlos González García
Madre María Félix Torres, en el centro, junto a otra religiosa y una niña en el día de su Primera Comunión. Foto: Compañía del Salvador

El Papa Francisco ha reconocido las virtudes heroicas de María Félix Torres, fundadora de la Compañía del Salvador y de los colegios Mater Salvatoris. Ni su médico, que la cuidó más de 20 años, ni siquiera sus alumnas, supieron que era la fundadora. «Veían una religiosa anciana que iba a Misa y se daban codazos: “¡Mira, viene la madre santa!”»

Ser venerable es el primer paso en el proceso oficial de la causa de los santos. La fama de santidad es uno de los criterios que, quienes saben de la obra de la madre Félix, reconocen en su corazón compasivo: «Como religiosas de la Compañía del Salvador, haber conocido a la madre Félix y haber vivido con ella es uno de los mayores regalos que Dios nos ha concedido. Ha sido nuestra madre y fundadora, y un ejemplo en el que veíamos que era posible ser santas con la vocación a la que Dios nos ha llamado», cuentan las hermanas de la compañía en Madrid.

Su médico de cabecera, quien la cuidó más de 20 años, se enteró al leer la esquela en el periódico de que era la fundadora. Tampoco lo sabían las alumnas, quienes «solo veían una religiosa anciana que iba a Misa al colegio y se daban codazos para avisarse: “¡Mira, viene la madre santa!”».

María Félix nació el 25 de agosto de 1907 en Albelda (España) y murió en Madrid el 12 de enero de 2001. La instrucción de su causa se llevó a cabo en el Arzobispado de Madrid. Junto a ella, el fin de semana pasado el Papa declaró también las virtudes heroicas del siervo de Dios Mariano José de Ibargüengoitia y Zuloaga, sacerdote bilbaíno y cofundador del Instituto de los Siervos de Jesús, fallecido el 31 de enero de 1888.

Félix Torres, mujer y religiosa pionera en el apostolado de las jóvenes a través de la enseñanza y la educación desde la infancia a la universidad, hizo una labor tan destacada que falleció en 2001 y la fase diocesana del proceso se clausuró en el año 2011. Detalle que su comunidad comprende a la perfección: «¡Es que era tan contagioso su deseo de amar a Dios!». Reconocen que «no era difícil intuir que en ella había un misterio muy grande: cómo rezaba, cómo se transformaba durante la Eucaristía como si estuviera presente en el Calvario, cómo se desbordaba en mil detalles de caridad…». La comunidad por entero destaca la «transparencia de Dios» que irradiaban sus ojos. «Lo tenía todo» y, sin embargo, «era tremendamente normal: una religiosa fiel, de profunda vida interior, que solo buscaba glorificar a Dios en las ocupaciones pequeñas del momento presente».

Una generosidad «extrema»

La madre Félix decía de sí misma que era solo «el cartero» o «el teléfono viejo y feo, hasta con algo de ruido». Impresionaba su gran corazón: «Lo daba todo», confiesan las hermanas. La religiosa «nunca dejó de crecer». Lo recuerda una de las religiosas de la Compañía del Salvador, que vivió con ella los mejores años de su vida: «Con 93 años seguía siendo joven, entusiasta en su apasionado amor a Dios Padre, a Jesucristo, a la Virgen, a san Ignacio, a las almas; sabía reírse de sí misma y disfrutaba con todo: con el arte, con la ciencia, con las ocurrencias de las religiosas más jóvenes y, sobre todo, cuando veía que en los colegios se amaba más y más al Señor».

Detalle que Carlos M. Morán Bustos, decano del Tribunal de la Rota Española y capellán del colegio Mater Salvatoris de Madrid confirma: «Todas las personas que la conocieron cuentan que su capacidad de generosidad era extrema». Fue una mujer «de gran corazón, increíblemente bondadosa». Su deseo de fundar una rama femenina al estilo de san Ignacio de Loyola le llevó a entregarse, «sin reservarse nada para sí». Ella «se enamoró de Dios y lo vivó hasta el final», asevera el capellán.

«Recientemente me encontré en la universidad con una chica que había sido muy problemática en nuestro colegio», cuenta el sacerdote, «y me dijo: “Si yo no llego a estar en el Mater, habría sido una delincuente”». Y ese es, al fin y al cabo, el fruto de ese espíritu de entrega que la madre Félix «llevó a cabo hasta el final de sus días».


Sus alumnas hablan de ella

«Era dulce y delicada en su trato. Yo la tuve de profesora de varias asignaturas y nunca la he olvidado. Siempre guardé su firma, recortada de un boletín de notas». Alumna de la Academia Re-Vir-Cien (Barcelona, entre 1939 y 1945)

«Me sentía muy bien a su lado, atraída por su espiritualidad, su paz y su alegría. Nunca la vi disgustada, nunca triste. ¿Cómo no quererla con un hondo, respetuoso, sincero e imborrable cariño?». Alumna de la Academia Re-Vir-Cien (Barcelona, entre 1939 y 1945)

«Una niña de 8 años perdió a su madre. La religiosa detectó su bajo estado de ánimo y le enseñó durante varias tardes a bordar punto de cruz. Hoy, aquella alumna guarda el bordado que hizo junto a ella». Alumna del colegio de Lérida (1949)

Carlos González García