Buscando Ítaca

Título: Permanecer
Autor: François-Xavier Bellamy
Editorial: Encuentro

Carlos Pérez Laporta

Título: Permanecer
Autor: François-Xavier Bellamy
Editorial: Encuentro

«¿Adónde va el señor?». «No lo sé», le dije, «simplemente fuera de aquí, fuera de aquí. Solo saliendo puedo alcanzar mi meta». «¿Conoces tu meta?», preguntó él. «Sí», contesté, «te lo acabo de decir: fuera de aquí; esa es mi meta». El relato kafkiano ahora nos parece nuestro, y de una lógica aplastante. Las paredes de nuestras propias casas nos estrechan. El mundo entero se comprime en la intimidad familiar. Entonces, angustiados, nos parece que nuestra vida corre lejos de aquí, fuera de lo nuestro, en cualquier otra parte. Claro que hay motivos suficientes para no salir de casa, pero ¿hay razones para quedarse? ¿Cómo se vive la vida entera así? ¿Por qué nos resulta tan difícil permanecer?

Como agua de mayo ha venido a caer en nuestras manos este bello ensayo de François-Xavier Bellamy, que ha titulado justamente así: Permanecer. La editorial Encuentro nos ha hecho un favor providencial al traducirlo justo este año. Ciertamente, este filósofo y político francés escribía estas líneas hace dos años inspirado por Saint-Exupéry, preocupado por la incesante agitación de nuestras vidas. Desde Galileo hasta la era digital, el mundo se había sometido a un movimiento exponencial. Combinando una generosa paciencia con un estilo sencillo, el autor va tejiendo un entramado histórico a través de los mundos de la filosofía, la ciencia, la política y la economía. Del todo fluye heraclitiano, al adáptate o apártate del mundo laboral; de la inagotable inercia newtoniana, al progresismo desorientado actual; del enriquecimiento de las naciones smithiano a la usura informativa del big data: todo confluye en un movimiento sin reposo. Permanecer es, en nuestro tiempo, sinónimo de morir. El sistema económico –esto lo sufriremos en los próximos meses– agoniza al pararse, vive del consumo. Y sin él, no hay vida social ni trabajo. Trabajamos sin parar, para no parar en vacaciones. Quien no viaja, acumulando fotos en las redes, no ha vivido nada. Nos agotamos en un movimiento incesante, cuyo único motivo es acrecentar el movimiento.

¿A dónde vamos?, se pregunta una y otra vez el autor, lo cual indica que no pretende una parálisis mortal. Es bien consciente de que la vida necesita del movimiento. ¿Pero acaso lo hace sin ton ni son? Ya Aristóteles, advierte Bellamy, había resuelto esa eterna disputa: solo la finalidad vuelve sensato el movimiento. Solo el puerto cierto hace que los marineros no pierdan la cabeza en alta mar: el sentido del trayecto, que da valor al esfuerzo del que rema, lo marca la línea recta que une los puertos de partida y de destino. Para salvar el trayecto «tenemos que buscar nuestra Ítaca», culmina el francés.

Como si el hado le tuviera por consejero, hemos sido encerrados en nuestros hogares. Pero lo propio del hogar no es el confinamiento, de tiempo amorfo. Tampoco el uso –como hasta ahora– a modo de hostal. Las casas deben habitarse para poder ser un hogar. ¿Quién nos enseñará? Debemos redescubrirlas, encontrar las profundidades que los primeros homínidos vieron a las cuevas que pintaban. Por eso propone Bellamy la poesía: «La vida merece ser dicha, ser considerada, contemplada. Esto lo hace la poesía […], ella se limita a despertar nuestra atención sobre las realidades presentes». Quizá así, cuando veamos Ítaca bajo nuestros pies, podamos por fin permanecer.

Carlos Pérez Laporta