«Buscaban la felicidad»

Desde el inicio del año, han perdido la vida unas 1.600 personas en el Mediterráneo tratando de llegar a Europa. A la pobreza y a las fuertes desigualdades entre el Norte y el Sur, se ha unido la despiadada limpieza étnica y religiosa que están perpetrando los fanáticos del Estados Islámico para imponer un califato medieval, desde Marruecos hasta Arabia Saudí. La Iglesia pide acoger a estos inmigrantes y refugiados con auténtico amor

Jesús Colina. Roma
Supervivientes del naufragio del miércoles llegan a Corigliano (Calabria). Murieron unas 400 personas. El domingo desaparecían otras 900 en el Canal de Sicilia

Desde el inicio del año, han perdido la vida unas 1.600 personas en el Mediterráneo tratando de llegar a Europa. A la pobreza y a las fuertes desigualdades entre el Norte y el Sur, se ha unido la despiadada limpieza étnica y religiosa que están perpetrando los fanáticos del Estados Islámico para imponer un califato medieval, desde Marruecos hasta Arabia Saudí. La Iglesia pide acoger a estos inmigrantes y refugiados con auténtico amor

«Buscaban la felicidad». Éste fue el primer pensamiento del Papa al recibir la noticia de la última catástrofe en el Mediterráneo, convertido en los últimos días en una auténtica fosa común. Hasta 950 personas podrían haber muerto en el naufragio de un barco pesquero repleto de inmigrantes, en el Canal de Sicilia, frente a las costas libias, en la noche entre el sábado y el domingo pasados. Pocas horas después, 24 cadáveres eran rescatados del agua, pero la mayoría de los cuerpos quedarán para siempre sumergidos. Se trataría de la peor tragedia en los últimos tiempos en el Mar Nuestro. Entre los ocupantes habría cerca de 200 mujeres y entre 40 y 50 niños. Las víctimas provienen de Argelia, Egipto, Somalia, Nigeria, Senegal, Malí, Zambia, Bangladesh y Ghana.

El domingo, con motivo de la oración mariana del Regina Coeli, el Papa expresó «su más sentido dolor ante esta tragedia» y aseguró «a los familiares de los desaparecidos mi recuerdo y mi oración». Al mismo tiempo, dirigió «un apremiante llamamiento para que la comunidad internacional actúe con decisión y prontitud para evitar que se repitan semejantes tragedias. Son hombres y mujeres como nosotros, hermanos nuestros, que buscan una vida mejor, tienen hambre, son perseguidos, heridos, abusados, víctimas de guerras; buscan una vida mejor. Buscaban la felicidad…»

A las palabras del Papa les siguieron un silencio escalofriante entre los peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro.

1.600 muertos en lo que va de año

Según Carlotta Sami, portavoz del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, se calcula que, desde el inicio del año, han perdido la vida de esta manera 1.600 personas en las aguas mediterráneas. Ahora bien, para la ONU es imposible tener información detallada, de modo que esa cifra podría ser en realidad superior.

Según Sami, en el año 2014, al menos 219 mil personas atravesaron el Mediterráneo desde las costas africanas. Se calcula que los muertos fueron 3.500. Si Europa no hace algo, estos números están destinados a aumentar, advierte. Desde el inicio de 2015, unas 31.500 personas se embarcaron para llegar a las costas de Italia, aunque los números están creciendo dramáticamente en los últimos días.

El número de inmigrantes recogidos por Italia en el mar ha aumentado vertiginosamente desde finales de 2013. ¿Por qué? A la pobreza y a las fuertes desigualdades entre el Norte y el Sur, se ha unido la despiadada limpieza étnica y religiosa que están perpetrando los fanáticos del Estados Islámico, entre Iraq y Siria, para imponer un califato medieval desde Marruecos hasta Arabia Saudí, expulsando de Oriente Medio a los kaffir, los infieles, que no son sólo los cristianos y judíos, sino también los chiíes e incluso una mayoría de sunitas que se oponen a esa interpretación del Islam. Este fenómeno ha generado un movimiento de hombres y mujeres aterrorizados que tienen que abandonar su casa.

A la acción del Ejército Islámico, hay que añadir la de Al Qaeda del Magreb Islámico, grupo terrorista anteriormente conocido como Grupo Salafista para la Predicación y el Combate. En otros países africanos, como en Nigeria, la salvaje violencia de Boko Haram, o en Mali la de otros grupos fundamentalistas armados, está vaciando poblados enteros.

Al sur del continente, los atávicos conflictos y la miseria empujan a la emigración. En el Cuerno de África, los polvorines que constantemente provocan éxodos humanos son tres. Ante todo Somalia, infestada por los milicianos de Al-Shabbaab, el Movimiento de Jóvenes Muyahidines, de carácter yijadista. Su acción llega a flagelar hasta Kenia.

La dictadura eritrea, considerada la Corea del Norte del continente africano, también es fuente de fugitivos. El régimen impone a los jóvenes entrar al ejército de por vida. La tortura es habitual, generalizada en una red de centros de detención. No es casualidad que muchos de los mafiosos que se enriquecen con el tráfico de seres humanos de las costas libias a las italianas sean eritreos.

Para llegar hasta las costas de Libia pasan por Sudán, otro Estado que no conoce la tolerancia. En este sentido, el vídeo de la masacre en el desierto del Estado Islámico de los cristianos coptos es una terrible noticia. Significa que ya ha llegado a instalarse en el sur de Libia, cruce de caminos en el tráfico de seres humanos africanos. A partir de ahora, los fundamentalistas islámicos podrían beneficiarse incluso económicamente de esta posición estratégica, gravando con impuestos a los viajes de la muerte. Podrán, además, golpear a fugitivos indefensos, culpables únicamente de ser cristianos.

Medidas para detener al agresor

Este contexto explica que la Santa Sede pidiera el martes medidas para detener a los agresores de las poblaciones indefensas y de las mafias que se aprovechan de la situación. La propuesta la ha lanzado el ministro de Asuntos Exteriores vaticano: si bien no es posible solucionar los problemas «únicamente con la respuesta militar», indica que «es lícito detener al agresor a través de la acción multilateral y con el uso proporcionado de la fuerza». El arzobispo Paul Richard Gallagher, Secretario para las Relaciones con los Estados, reconoce, en una entrevista al diario Avvenire, que recurrir como única solución a la violencia «sólo trae destrucción». Para acabar con lo que está sucediendo en Oriente Medio y en África, el prelado británico asegura que es necesario «abandonar las armas y dialogar, para profundizar en las causas que constituyen el origen de los conflictos y que son utilizadas por la ideología fundamentalista», si bien también recuerda que «el Santo Padre ha afirmado que es lícito detener al agresor injusto, siempre y cuando se haga en el respeto del Derecho internacional… La comunidad internacional tiene la responsabilidad de reflexionar sobre los medios más adecuados para detener a todo agresor y evitar que se perpetren nuevas injusticias aún más graves».

El Buen Samaritano: voluntarios atienden en El Hierro (Canarias) a un grupo de jóvenes llegados en patera, en 2013

«En el caso específico de las violaciones y de los abusos cometidos por el así llamado Estado Islámico, parece oportuno que los Estados de la región queden directamente involucrados, junto a la resto de la comunidad internacional, en las acciones que hay que emprender, con la conciencia de que no se trata de proteger a una u otra comunidad religiosa, a un determinado grupo étnico, sino a personas que forman parte de la única familia humana, cuyos derechos fundamentales son sistemáticamente violentados».

Hay que acoger a las víctimas

Y mientras la violencia expulsa a familias enteras de su tierra, los cristianos están llamados a enjugar las lágrimas de los fugitivos. En su Mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado, celebrada en enero, el Papa denunciaba que, tras intentar «dejar atrás difíciles condiciones de vida y todo tipo de peligros», a menudo, los inmigrantes y refugiados sólo encuentran «desconfianza y rechazo, también en las comunidades eclesiales, antes incluso de conocer las circunstancias de persecución o de miseria de las personas afectadas».

En Italia, la Iglesia ha hecho continuos llamamientos a la solidaridad de estas personas, y ha denunciado la hipocresía de la Unión Europea, que se lamenta cuando ocurren catástrofes como las de los últimos días, pero a la que sólo parece preocuparle el control del flujo de inmigrantes. Tras la muerte de 350 personas por el naufragio en Lampedusa en octubre de 2013, Italia puso en marcha el programa Mare Nostrum, que logró rescatar unas 150 mil vidas. En noviembre de 2014, ese programa dejó paso al programa Tritón, a cargo de la Unión Europea, con un presupuesto muy inferior (2,9 millones de euros al mes, frente a los 9,3 de Mare Nostrum), y con la única finalidad de proteger las fronteras.

El Presidente de Caritas Italia, monseñor Luigi Bressan, arzobispo de Trento, nos informa que esta institución «está potenciando los lugares de acogida». Y explica: «Tenemos dos objetivos inmediatos: la asistencia a quien llega y no tiene nada, y luego la integración».

En estos momentos, Cáritas en Italia da de comer diariamente a 5.000 inmigrantes, así como educación a los niños. Pero su ayuda no se limita a los llegados a Europa. Cáritas trata de paliar también la situación en Oriente Medio. En 2014, la federación internacional de Cáritas ha ayudado a más de 1.200.0000 personas en Iraq, Siria, El Líbano, Turquía y Jordania.

«La Biblia cita la palabra acogida doscientas veces, sólo 25 veces la palabra mandamientos –concluye monseñor Bressan–. Para nosotros, los cristianos, la acogida es un gran mandamiento. Era extranjero y me acogisteis, se nos dirá en el Juicio universal, y desde tiempos de Caín la pregunta que se nos plantea es ésta: ¿Dónde está tu hermano? No podremos responder: No lo sé».

Jesús Colina. Roma

 

[w8_toggle margin_bottom=»10px» title=»El horror se regodea con el horror»]

También huían de su dramática situación 28 cristianos etíopes que dejaban atrás su país para buscar un futuro en Europa. Su tumba no fueron las aguas del Mediterráneo. Simplemente, no pasaron de la costa. Antes fueron apresados por los verdugos del Estado Islámico en Libia. En su salvaje crueldad, el mismo domingo de la tragedia, los islamistas publicaron un vídeo en el que se puede ver a 16 hombres decapitados en una playa. Otro vídeo mostraba a otros 12 cristianos etíopes asesinados por un tiro en la cabeza en el desierto de Fezán. También ellos huían, desesperados, del hambre y la violencia que se vive en su país.

«No hay diferencia si las víctimas son católicos, coptos, ortodoxos o protestantes. Su sangre es la misma en su confesión de Cristo», y «es un testimonio que grita para hacerse escuchar por todos los que saben todavía distinguir entre el bien y el mal». Un grito «que debe ser escuchado», subrayaba el Papa, el lunes, en un mensaje de condolencia enviado al Patriarca Ortodoxo de Etiopía, Abune Matías.

En esta guerra, el horror se regodea en ocasiones con el horror. El pasado 16 de abril, quince inmigrantes recién llegados a Italia en una enésima oleada de desesperados fueron arrestados en Palermo, Sicilia, acusados de haber tirado al mar a 12 cristianos, tras una discusión durante la travesía. De diversas nacionalidades y todos musulmanes, los 15 imputados fueron detenidos al trascender testimonios de terror de algunos supervivientes. Testigos aseguraron, según recogen las actas de la policía, que se trató de un «homicidio múltiple, agravado por el odio religioso». Los supervivientes –continúa la policía– se salvaron «sólo porque se opusieron denodadamente al intento de ahogo, en algunos casos, formando una verdadera cadena humana». Las declaraciones de los supervivientes coincidían y, además, los migrantes reconocieron a los presuntos asesinos en fotografías.

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