Buen cine familiar de palomitas - Alfa y Omega

Buen cine familiar de palomitas

El fin del verano nos deja un par de películas familiares, con vocación comercial, pero no exentas de valores positivos y con numerosos puntos de interés humano. Pero que los más chiquitos no vayan. Pasarán miedo

Juan Orellana

Super 8

La última película del popular J. J. Abrams, Super 8, producida por Spielberg y Bryan Burk, nos traslada a los años setenta, a la época en que muchos futuros cineastas hacían sus pinitos y primeros cortometrajes con cámaras de Super 8, las antecesoras del video doméstico. Concretamente, el film cuenta la historia de un grupo de seis niños que pretenden hacer una película de Super 8 para un concurso internacional. Su pequeño proyecto cinematográfico, de estilo serie B, es un argumento sobre zombies, con lo cual el homenaje setentero se multiplica. Una noche en que filman una escena en una estación ferroviaria, tiene lugar un brutal accidente de tren que la cámara capta por casualidad. Cuando analizan la película revelada, ésta mostrará que no se trata de un accidente cualquiera.

Super 8 es una estupenda cinta preadolescente que conjuga aventuras, romanticismo, intriga, terror, drama y humor. Y no faltan las tramas dramáticas familiares tan del gusto de Spielberg: padres que no saben desempeñar sus roles, familias heridas por un pasado de dolor, y cómo no, hay caminos de redención para todos.

El desenlace es muy peliculero, con un fastidioso aire de deja-vú, y con ciertos homenajes a E. T., el extraterrestre, pero el valor y acierto de las subtramas hacen que el film no decaiga en exceso y que mantenga el tipo a pesar de sus irregularidades. Además, se agradece ese regalo que se nos brinda en los títulos de crédito, y que cierra con un simpático guiño un film lleno de homenajes a los directores de cine amateur.

Se puede decir que ésta es una historia de maduración. De maduración en la propia identidad, en el amor, y sobre todo de maduración de unos adultos que tienen que aprender de los chicos a abrir su corazón. Lo demás -lo fantástico, lo efectista- no es más que un detonador de conflictos, y para muchos espectadores no pasa de ser un telón de fondo, sobre todo cuando la excelente intriga abandona el suspense y deja paso a la evidencia. El conjunto entretiene, divierte, y, aunque es mejor la primera parte que la segunda, es un buen producto en conjunto.

El origen del planeta de los simios

Las modas en Hollywood son sagradas, porque si son modas, es que dan dinero. Cuando dejan de ser rentables, pasa la moda. Ahora están en auge las precuelas, secuelas, capítulos olvidados, spin-offs…, todo aquello que permite explotar una fama consolidada y que, por tanto, puede arrastrar a varias generaciones a las salas. En 1968, la Fox estrenó El planeta de los simios, de Franklin J. Schaffner, según la novela de Pierre Boulle, con tal éxito que luego tuvimos que sufrir numerosas secuelas. Tras el relativo fracaso del film de Tim Burton de 2001, en el que el singular director trató de hacer una lectura personal de la novela de Boulle, llega diez años después, y de manos de la Fox, una precuela que quiere contarnos cómo empezó todo, precisamente ahora, en los tiempos que nos ha tocado vivir. Y todo empezó con la lucha contra el Alzheimer, según los guionistas Rick Jaffa y Amanda Silver, ¡que afirman inspirarse también en la novela de Boulle! Will es un científico que está probando con simios un virus que parece reactivar las células cerebrales. Cuando llega el momento de probar con seres humanos, la empresa farmacéutica se echa para atrás y el proyecto queda frustrado. Pero Will va a seguir clandestinamente sus pruebas, tanto con humanos -su padre- como con simios -su mascota César-, y el resultado parece ser un éxito.

La película tiene dos aciertos, dentro de las convenciones de una producción con vocación prioritariamente comercial. El primero es haber conseguido un diseño de los simios que, sin dejar de serlo, tienen una impronta de humanidad sutil pero elocuente. Sobre todo César, el simio protagonista, que, sin dejar de ser un chimpancé, es capaz de expresar sentimientos como decepción, odio, arrepentimiento, dolor… El otro mérito del film es que sólo dedica la parte final a la exhibición de efectos digitales en escenas de acción y espectáculo. El resto del metraje se ciñe al desarrollo dramático de personajes, a la evolución de los conflictos interiores de un hombre y un simio, lo cual hace que el interés del film sea más universal, más perdurable, más hondo. Consigue que el espectador se crea a un simio que vive unos dramas propios de la condición humana, y todo ello de forma discreta, sutil, lo cual aumenta su verosimilitud. El resto, el lector ya se lo puede imaginar. Por tanto, creo que estamos ante una cinta interesante, entretenida, quizás ligeramente larga, pero recomendable, sobre todo para los amantes de la ciencia ficción.