Borja, anawin: «Me acosté siendo ateo y por la mañana me levanté cristiano» - Alfa y Omega

Borja, anawin: «Me acosté siendo ateo y por la mañana me levanté cristiano»

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Borja con uno de sus rosarios, delante de la colegiata de San Isidro.
Borja con uno de sus rosarios, delante de la colegiata de San Isidro. Foto: J. L. V. D.-M.

La música electrónica era la pasión de Borja, pero la muerte de una persona muy cercana propició su conversión. Pasó por la calle y, cuando se sentía más solo —como los anawin, los que solo tienen a Dios—, la Virgen le dio una tarea que hoy es su misión y su apostolado: elaborar rosarios artesanales. Los vende en la puerta de una iglesia, lo que le permite encontrar y ayudar a otros.

—¿A qué se dedica?
—Principalmente a la artesanía religiosa. Hago rosarios de minerales.

—¿Por qué?
—Porque tuve un encuentro muy fuerte con Dios hace seis años, a los 33, una conversión muy radical. Se puede decir que me acosté siendo ateo y por la mañana me levanté cristiano. A los tres o cuatro meses de mi conversión le pedí a la Virgen, durante la pandemia, que me diera algo que hacer y que no hiciera nadie. Y empecé a hacer rosarios.

—¿Qué es lo que pasó para que tuviera una conversión tan fulgurante?
—Yo me dedicaba a la música electrónica y vivía en Barcelona. En mi vida había una persona a la que considero mi madre espiritual, para mí fue mi santa Mónica, la persona que oró siempre por mi conversión. Estaba a punto de morir y me pidió que viniera a Madrid a cuidarla. Y cuando nos separamos, al morir ella a los dos meses, me convertí.

—¿Era una persona cercana a usted?
—Sí, se puede decir que fue la única persona que apostó por mí. La única persona que me quiso, sí.

—¿Y su familia?
—Mi familia era muy dispersa, dejémoslo en esa palabra.

—Esta mujer amiga suya, ¿era religiosa y le hablaba de Dios?
—No, simplemente era una persona que hacía suya la máxima de no hablar de Dios si no te preguntan, pero vivir de tal manera que al final te pregunten por Él.

—¿Qué ocurrió cuando falleció?
—Me fui a un hotel en Vallecas. Ahí, echado en la cama, me di cuenta de que ya no me quedaba nada en la vida y comencé a pensar en Dios.

—¿Se sentía solo en ese momento?
—Me había quedado completamente solo. Dios permitió que todo me fuera arrebatado para encontrarme con Él. Me di cuenta de que tenía un Padre y una Madre que me querían, y al día siguiente comencé a ir a Misa. Esa es mi historia.

—¿Empezó a rezar?
—Sí, comencé con el rosario, sobre todo. Esa fue mi puerta de entrada a la espiritualidad. No sé por qué, Dios me dio este regalo del rosario, tanto para hacerlos como para mi oración personal.

—¿Cómo ha sido su vida estos seis años?
—Yo soy camarero, pero después de la pandemia perdí el trabajo y estuve un mes viviendo y durmiendo en la calle.

—¿Cómo fue esa experiencia?
—Muy dura, pero de mucha unción. No comía, apenas bebía, pero tenía una fortaleza y una fe muy fuertes. Y tenía los rosarios: se me había encargado que hiciera algo, tenía una gracia especial.

—Una misión.
—Eso es. Comencé a venderlos en la calle, donde ahora hay una tienda de turrones. Luego vi que era más adecuado hacerlo en la puerta de una iglesia, donde estoy ahora.

—Y la gente se para y se los compra.
—Así es. Esto es también un modo de encuentro con los demás. Lo que más disfruto son las amistades que hago, el poder dar consuelo a personas que vienen a hablar y desahogarse. Algunos tienen necesidades espirituales, dudas, inquietudes. Otros vienen incluso con rechazo a la Iglesia. Se trata de una manera de formar comunidad, de encontrar hermanos y amistades que perduran con el paso del tiempo.

—¿Y le da para vivir y salir adelante?
—No, porque el margen es muy escaso, pero es una ayuda y no lo quiero dejar. Es el centro de mi actividad y de mi apostolado, lo único que puedo ofrecerle a Dios. No tengo nada más.