(Bien)Aventuremos la vida: el desafío de la dicha
Evangelio: Mateo 5, 1-12
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».
Comentario
Teresa de Jesús escribía que «no es tiempo de tratar con Dios negocios de poco momento», para lanzarnos un órdago que atraviesa los siglos: «Aventuremos la vida». Invitaba a gastar la existencia esperanzadamente y a entregarla dándole sentido. Ante este desafío atemporal, cabe preguntarnos: ¿A qué dedicamos nuestra energía? ¿Qué mundo estamos construyendo? ¿Qué rastro estamos dejando? ¿Qué queda de nosotros cuando dejamos de producir o de consumir?
Vivir es, ante todo, una aventura apasionante, pero también una realidad quebradiza. La tragedia de los trenes nos ha recordado, de forma brutal, que la vida puede truncarse en un instante, que somos vulnerables y que el tiempo no es una posesión garantizada. Por eso, ensanchar los límites de lo posible y descubrir que nuestra biografía es el lugar donde el amor puede hacerse fecundo no es un lujo, sino una urgencia. La felicidad no es un estado de bienestar anestesiado. Vivir con propósito es algo radicalmente distinto a sobrevivir; es una decisión que nos obliga a mirar de frente una realidad que, a veces, puede parecer demasiado obscena. Nos exige lucidez para reconocer también la desdicha del mundo, aunque nos parezca lejana: el uso de la fuerza y el endurecimiento de las políticas migratorias que deshumanizan el rostro del hermano; la violencia en Irán contra quienes claman libertad; los asesinatos en Gaza, en Ucrania y la barbarie de las guerras —muchas de ellas invisibles— que parecen no tener fin, y un largo etcétera de dolores que nos interpelan allá y acá.
En este escenario, la invitación teresiana encuentra su eco en la montaña de las bienaventuranzas. Estas palabras, tan viejas y tan nuevas, no son un consuelo místico, sino el anuncio profético de una nueva humanidad. Jesús nos propone un modo nuevo de habitar la tierra, tal y como proclamaba el Papa Francisco: «Hacerse pequeño en lugar de destacar; ser manso en vez de imponerse; practicar la misericordia antes que el narcisismo y trabajar por la paz en lugar de alimentar injusticias y desigualdades».
No entenderíamos este texto si no advirtiéramos que es, ante todo, un autorretrato de Cristo. Como sugería Martín Descalzo, Jesús es el bienaventurado por excelencia: «Las categorías que proclama son su propia biografía. Porque fue pobre, manso y misericordioso, porque lloró y tuvo hambre de justicia, en su carne se inauguró el Reino de Dios». Ese Reino nos convoca hoy no como una utopía lejana, sino como la forma que Dios tiene de reinar aquí y ahora: una soberanía que se hace visible cada vez que el cuidado vence a la dominación y a la hostilidad. Encarnar este proyecto exige organizar la esperanza, acoger al otro, rompiendo la cadena del odio, y dejarnos interpelar por los que sufren.
Sin embargo, debemos ser conscientes de que este camino no es gratuito. El monte de las bienaventuranzas es el preludio necesario del Calvario, prosigue Martín Descalzo: el día que nuestro Señor enseñó las bienaventuranzas, firmó su propia sentencia de muerte. Poner el cuerpo para que otros vivan es aventurar la vida hasta sus últimas consecuencias. Lo vemos hoy en el rostro de quienes se oponen a la desmesura del poder y pagan el precio más alto; personas que recordaron con su propia vida que la justicia no es una abstracción.
¿Cómo aventurarnos en este pulso sin quebrarnos? ¿Cómo evitar que el peso de la injusticia nos hunda en la desesperanza? La respuesta nos la da Jesús: «Dichoso…». Hay formas de vida que ni la muerte mata, porque el que ama vive para siempre, ya ha pasado de la muerte a la vida. Es ahí donde radica la verdadera bienaventuranza. Esta dicha se fortalece en la red que tejemos. Luis Aranguren manifiesta que construir Reino siempre es «con otros»: también con gentes de otras religiones y con no creyentes que cuidan la vida. Es lo que han hecho los vecinos de Adamuz, convirtiéndose en ese auxilio inmediato que brota de la fraternidad más pura cuando el dolor golpea la puerta.
El sermón del monte apunta a lo esencial de nuestra existencia, también cristiana: comprender que vivir no es apropiarse de lo que está a nuestro alcance, sino convivir y acrecentar la vida allí donde estemos. Ante la tentación del desánimo, (bien)aventurémonos. Hagamos de nuestra biografía un relato de cuidado, una trinchera de ternura y un espacio donde el Reino de Dios deje de ser promesa para convertirse en hecho.