Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad. Esta noche, cientos de miles de familias españolas mueven alfombras, recolocan sillas y mesas, airean sus mejores manteles, preparan la cena que, de año en año, reúne a padres, hijos, tíos, primos, abuelas, abuelos…

A la vuelta de esta cena, incluso en los días previos, no es raro escuchar aquello de «y la Navidad, ¿bien o en familia?». Porque a veces nos parece divertido eso de reírse de las manías de unos y de otros; eso de fijarse más en la distancia que separa a cada uno de los miembros de una familia, que en ese vínculo único que construye cada hogar.

Esta noche es Nochebuena, y en miles de hogares españoles se celebra la llegada de un Niño que vino al mundo en un pobre pesebre pero rodeado de amor. «El lugar donde nacen los niños y mueren los hombres –decía Chesterton–. Donde la libertad y el amor florecen». Eso es la familia, y es de muy necios despreciarla.

La familia es ese lugar en el que el dolor de uno es el dolor de todos y en el que los consejos –acertados o equivocados– circulan vía teléfono, Whatsapp o mesa de comedor para tratar de ayudar al niño que no estudia, a la joven que no sienta la cabeza o al hermano que sufre por la jubilación.

La familia está, y es fácil criticarla cuando se tiene a mano. Ahora cierre los ojos… Imagine que la mesa que ha preparado se queda sin platos; la nevera, más vacía, solo guarda comida para dos; que en el portal no espera nadie, que es un día más para pasar lejos del bullicio y de la fiesta. Imagine una Navidad sin los suyos…

¿Qué tal las fiestas? Bien, y en familia.

Rosa Cuervas-Mons