Aumenta el deterioro de los niños vulnerables por el confinamiento

Unicef España lanza el informe Impacto de la crisis por COVID-19 sobre los niños y niñas más vulnerables, con preocupantes datos sobre su salud física y mental. «Se pensó mucho en los perros, pero no en los niños», afirma Javier Urra

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Foto: Efe / Eliseo Trigo

«Me he sentido regular en la cuarentena, porque me dolía ver la situación de la gente, las mascarillas y todo lo demás. He llevado muy mal no ir al colegio, echaba de menos mi mesa y mis amigos. He echado mucho de menos a mi familia, y no me apetecía estar encerrada. A veces me dolía la cabeza de estar tantos días en casa. En general, me he sentido triste»: es el testimonio de Alba, una niña de 11 años de Santander, que acompaña el informe Impacto de la crisis por COVID-19 sobre los niños y niñas más vulnerables, hecho público esta semana por Unicef España.

La encuesta, realizada por Unicef en el mes de junio a 218 entidades que han atendido a los más vulnerables durante el confinamiento, revela que los problemas socioeconómicos han aumentado, junto a los mentales, educativos y de violencia.

Así, un 51 % de las entidades encuestadas ha detectado un aumento de los trastornos de salud mental durante el confinamiento, y casi 40 % de ellas ha observado un aumento de los problemas relacionados con la asunción de responsabilidades no propias de la infancia.

El 51 % de las entidades de ayuda detectan un aumento de los trastornos de salud mental

El 88,9 % de los padres ha constatado cambios en el estado emocional de sus hijos

La violencia hacia los menores ha aumentado un 10 %

Dificultades para comer

Las entidades consultadas desvelan que el 88,9 % de los padres en España constató cambios en el estado emocional y comportamiento de sus hijos durante el confinamiento, con síntomas como dificultad de concentración, desinterés, irritabilidad, agitación, nerviosismo, sentimientos de soledad, inquietud y preocupación.

Junto a ello, el uso excesivo de pantallas, el aburrimiento y la falta de estímulos, la incertidumbre sobre el futuro y la falta de relación con los amigos fueron problemas observados por más de un 70 % de las instituciones encuestadas.

En cuanto a la salud física, los problemas más comunes fueron el incremento del nivel de sedentarismo y tiempo de pantallas, dificultades para acceder a alimentos saludables, horas de sueño insuficientes y un mayor nivel de estrés en los adultos que habitualmente se ha transmitido a los niños.

La encuesta señala asimismo que el 86 % de las entidades afirma que los niños y adolescentes atendidos han tenido problemas para seguir con el curso escolar, y que muchos menores han visto alterada su seguridad alimentaria por no poder acceder al comedor escolar. Todo ello ha redundado en «un deterioro físico, emocional y psicológico notable», dice el informe.

En cuanto a los conflictos en el seño de la familia, la violencia contra niños y adolescentes durante el confinamiento ha aumentado en un 10 %, lo que incluye maltrato físico y psicológico.

Sobre los menores no acompañados, cerca de 200 de ellos han cumplido 18 años durante el confinamiento, «para los cuales no hay una estrategia ni alternativa clara, en un contexto especialmente complejo además para las salidas laborales por la situación de crisis», dice Unicef en su informe.

En lo económico-laboral, el número de hogares monomarentales en que la madre no trabaja se ha incrementado en un 26,2 %; en el resto de familias, los hogares en los que no trabaja ninguno de los dos miembros se ha incrementado en un 48,4 %. Al final del segundo trimestre había más de 400.000 hogares con niños, niñas o adolescentes con todos sus miembros sin empleo.

Foto: Ernesto Agudo

«Esto no ha acabado todavía»

Para el psicólogo Javier Urra, exdefensor del Menor en la Comunidad de Madrid, las secuelas del confinamiento en menores «va a depender de cómo evolucione la pandemia, porque esto no ha acabado todavía».

Es verdad que el tiempo de confinamiento «tampoco ha sido tan amplio como para generar un daño permanente», pero «si volvemos a un período más extenso en el que haya más paro, ahí me da más miedo que la frustración de los adultos se convierta en violencia, y que eso llegue hasta los hogares y los niños sean las víctimas de estas conductas».

Sobre aquellos menores que llegaron a la cuarenta sufriendo por situaciones sociales o sanitarias previas «hemos dado un paso atrás, y es prioridad ahora que se recuperen», señala Urra, para quien los grandes olvidados de la pandemia los adolescentes: «solo se acuerdan de ellos cuando dan problemas por alcohol o violencia. La sociedad no se fijó en ellos durante el confinamiento, pero corrieron riesgos importantes como engancharse a la tecnologías, a la pornografía o al juego on line».

Los niños «en principio sufrieron menos porque se adaptan bien. El pasado no los marca y no se angustian con el futuro. Pero lo pasaron mal; estuvieron confinados mucho tiempo en espacios muchas veces pequeños. Se pensó mucho en los perros, pero no en los niños».

Por todo ello, «si hay un nuevo confinamiento, habrá que estar atentos a las prioridades» y poner especial cuidado en los menores con enfermedades mentales, «que han sufrido mucho».