Hoy me despido de ustedes tras algo más de dos años reseñando desde este rinconcito y, entre nosotros, me llama la atención lo que me ha costado tener que elegir entre los cientos de novedades que se publican todos los días. Cualquiera diría que con tal volumen sería labor fácil, más aún teniendo en cuenta que me chifla leer y me divierte muchísimo recomendar: pocas cosas tan placenteras como compartir algo que nos encanta. Qué le voy a hacer. Me cuesta emocionarme ordenadamente.
He intentado ser honrada y escoger libros que me gustaban de verdad o a los que veía algo especial. Pero se me han quedado muchos en el tintero: porque ya eran éxitos de ventas y qué les iba a contar yo —la serie de Jack Reacher o los thrillers de Michael Connelly, que tanto me han ayudado a olvidarme de todo en épocas difíciles—; porque eran infantiles, que es un género que me encanta y del que no me cansaré jamás —como Caca, de Nicola Davies, uno de los mejores libros de historia natural tanto para las criaturas como para sus padres—; porque estaban descatalogados, mi especialidad —si pueden hacerse con un ejemplar de segunda mano de Desde el Monte Santo: viaje a la sombra de Bizancio, de William Dalrymple, no lo duden— o porque los había leído en inglés y la traducción no me había gustado o no existía —la poesía de Mary Oliver o Wendy Cope, a las que recomiendo vivamente en el original—. Para mí, una de las gracias de leer es este locurón de ir saltando de un tema a otro dejándome llevar de un libro sobre los primeros santos escoceses a otro de fotos de campos de fútbol a golpe de volunto, sin deberme a nadie. Lo mejor de la lectura, sin duda, está en que se hace por gusto y en lo poco utilitaria que resulta: es casi imposible vivir de los libros, ya sea escribiéndolos, editándolos o leyéndolos. Esto, que me ha parecido durante años un inconveniente, lo veo ahora de otra forma. Leer por leer —en realidad hacer cualquier cosa porque sí, sin buscar un rendimiento— se ha convertido en un pequeño acto de rebelión.
Me lo he pasado fenomenal escribiendo estas reseñas para ustedes, ¡y he sufrido un poco también! Esas entregas a ras, esas ideas que se resisten, en fin. Ojalá haberles llevado a algún sitio al que no hubiesen llegado por su cuenta. Pero últimamente me encuentro buscando libros más para contar que para leer, y estarán de acuerdo conmigo en que eso no puede ser. Así que arsa, pilili, hasta aquí hemos llegado —por ahora—. Los echaré de menos, aunque confío en que la alegría de la lectura sin rumbo me hará su ausencia más llevadera. Gracias.