Ante la vejez de religiosos «podemos instalarnos en la queja o disfrutar del agua que tenemos»
La tercera jornada de la Semana Nacional de Vida Consagrada reivindica que «cuando sopla el viento, unos construyen muros y otros molinos»
La tercera jornada de la Semana Nacional de Vida Consagrada, celebrada este viernes en Madrid, ha puesto el foco en la vida diaria como espacio clave para interpretar el envejecimiento de las comunidades. Tras una eucaristía presidida por Luis Ángel de las Heras, obispo de Mondoñedo-Ferrol, se ha impartido la conferencia De la cotidianidad herida a la cotidianidad sanada, coordinada por María del Carmen Gómez —hija de la caridad y conseja provincial— y Gonzalo Fernández —claretiano, ex miembro del Gobierno General de su congregación y actual director de la revista Vida Religiosa y de Publicaciones Claretianas—. En ella han reivindicado que «lo cotidiano es la maqueta de la existencia entera» y que «cada día contiene su propio amanecer y su propio ocaso, su trabajo y su descanso, su combate y su bendición».
No negar la herida sino dejar «que Cristo la transfome»
Ambos han planteado la rutina como un espacio de transformación en el que «cada herida puede ser también una epifanía de la gracia», pues «donde están nuestras heridas, allí está también nuestra salvación». A partir de ahí han propuesto pasar del individualismo al cuidado comunitario.

Siguiendo con esa línea, han insistido en que «las heridas pueden abrir grietas por donde entra la luz» y que «el Espíritu no está ausente» sino que exige «dejar de mirar hacia dentro con miedo y dirigir la mirada hacia fuera, con compasión». En conclusión, «no se trata de negar la herida, sino de dejar que sea Cristo quien la toque y la transforme».
«Estamos en duelo», pero ahí no acaba todo
Después se ha impartido una segunda ponencia titulada Espacios de prueba, lugares de vida. Duelo, resiliencia y esperanza. La han pronunciado el religioso camilo José Carlos Bermejo y Cristina Muñoz, enfermera, laica y responsable de programas y de calidad del Centro de Humanización de la Salud de los Religiosos Camilos. En ella han abordado el envejecimiento de las comunidades como «espacios de prueba» en los que «podemos instalarnos en la queja o aprender a disfrutar del agua que todavía tenemos entre nosotros».
En su análisis han reconocido que «estamos en duelo», pero han pedido no rechazarlo sino, de forma consciente, «vivir el morir personal o institucional consiste en hacer de la experiencia de pérdidas una oportunidad para buscar sentido».

También han llamado a los asistentes a ser «resilientes», que han definido no como «negar la crisis ni hacerse el fuerte, sino asumirla con esperanza». Y han insistido que «en el declive, hay vida que cuidar y sentido que construir». Por último, han sentenciado que «cuando sopla el viento del cambio, unos construyen muros para defenderse, otros construyen molinos».