Se enamoraron, y se casaron. Ella, católica de profunda piedad, llena de amor a Cristo y a la Iglesia. Él, protestante, hombre bueno, que aceptó gustoso la condición necesaria para casarse por la Iglesia: que los hijos fuesen educados en la fe católica. Tuvieron cuatro. Al cabo de catorce años, él pidió la admisión en la Iglesia católica. ¿El motivo? «Mi mujer -confesó, vencido por el Amor verdadero- nunca me pidió que me hiciera católico». Ella rezaba a diario por la conversión plena de su marido a Cristo, pero sin pretensión alguna sobre él. Le amaba de verdad. Sin más. Igual que él a ella. Era sólo cuestión de tiempo la llegada del fruto maduro de una vida plena en Cristo. Porque sin Cristo no hay vida plena, más aún, no hay vida que pueda llamarse tal. Sencillamente, porque la Vida es Él, y el Amor es Él, y «todo tiene en Él su consistencia», como afirma san Pablo en su Carta a los Colosenses.

En el librito Belleza y espiritualidad del amor conyugal, preparado en la Cátedra Karol Wojtyla, del Pontificio Instituto Juan Pablo II, se recogen estas palabras del Siervo de Dios Jerzy Ciesielski, padre de familia amigo de Wojtyla: «El matrimonio no es sólo una cuestión de dos personas. Es la cuestión de dos personas ante Dios que es el Creador y el Fin de cada una de ellas y de la misma pareja de esposos». Es el Amor, que llena la vida de sentido, como dicen estos versos del propio Karol Wojtyla, recogidos unas páginas más adelante: «El Amor me ha explicado cada cosa; el Amor ha resuelto todo para mí; por eso admiro a este Amor dondequiera se encuentre». Y el Papa Benedicto, ya en su primera encíclica, Deus caritas est, sitúa la vida, y de modo paradigmático el matrimonio, en este mismo nivel divino: «A la imagen del Dios monoteísta corresponde el matrimonio monógamo. El matrimonio basado en un amor exclusivo y definitivo se convierte en el icono de la relación de Dios con su pueblo y, viceversa, el modo de amar de Dios se convierte en la medida del amor humano».

El modo de amar de Dios ya lo hemos visto bien de cerca en la recién celebrada fiesta de Navidad: ¡Dios hecho Niño! Sumiso y Que da la vida, tal y como rezan los libros de la editorial Nuevo Inicio, del Arzobispado de Granada, que tanto farisaico escándalo están produciendo a cuantos se dejan llevar por el pensamiento único dominante. No pueden por menos de venir a la mente las palabras del mismo Cristo, tras decir a los emisarios de Juan Bautista que le anuncien lo que están viendo, que «los ciegos ven, los sordos oyen… ¡y dichoso el que no se escandalice de mí!» Es la dicha de la libertad verdadera, que ciertamente a un mundo sin Dios le produce escándalo, y se engaña con esa falsa libertad hoy tan en boga de la ideología de género, según la cual -como se lee en el documento de los obispos españoles La verdad del amor humano, de abril de 2013- «el sexo sería un mero dato biológico: no configuraría en modo alguno la realidad de la persona. El sexo, la diferencia sexual carecería de significación en la realización de la vocación de la persona al amor. Lo que existiría -más allá del sexo biológico- serían géneros o roles que, en relación con su conducta sexual, dependerían de la libre elección del individuo». Con lo que al ser humano se le sitúa en las antípodas del amor, y por tanto de la alegría y de la libertad.

En 2005, en Deus caritas est, ya lo decía bien claro Benedicto XVI: «El modo de exaltar el cuerpo que hoy constatamos resulta engañoso. El eros, degradado a puro sexo, se convierte en mercancía, en simple objeto que se puede comprar y vender; más aún, el hombre mismo se transforma en mercancía». Y la esclavitud está servida, y la tristeza.

En su Exhortación Evangelii gaudium, el Papa Francisco lo dice con toda claridad, al identificar el «gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo», con esa «tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada», que destruye todo vínculo y deja al ser humano solo, sin padre ni madre, sin esposa y sin esposo, sin familia, atenazado en la peor de las esclavitudes. La falsa libertad del «individualismo posmoderno y globalizado favorece un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas, y desnaturaliza los vínculos familiares». Es decir, desnaturaliza al propio ser humano. Y el Papa lo expresa con la cercanía y la ternura que le caracteriza, con el amor de Quien es el Amor mismo, que ha hecho de la Cruz la escuela de la auténtica libertad, para aprender a vivir, el hombre y la mujer, los hijos, la Humanidad entera:

«Mi palabra no es la de un enemigo ni la de un opositor. Sólo me interesa procurar que aquellos que están esclavizados por una mentalidad individualista, indiferente y egoísta, puedan liberarse de esas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por esta tierra».