«Solo, privadamente, como sacerdote, obispo y Papa». Así quería visitar Francisco Amatrice –o lo que queda de ella– tras el terremoto del pasado 24 de agosto. Y así lo ha hecho. Sin anuncios, por sorpresa. Lo descubríamos por las fotos, como esta, que colgaba en Twitter el portavoz del Vaticano. Él no olvida, el dolor no desaparece. Casi nadie recordaba ya esta región de Lazio sacudida por un seísmo de seis grados en la escala de Ritcher, y apenas ha pasado un mes y medio del temblor. La velocidad de la vida, la sobreinformación, no deja tiempo para asimilar el dolor del otro. No así el Papa: «Desde el primer momento sentí la necesidad de estar aquí. De rezar con vosotros. De mostrar mi cercanía y de rezar por vosotros. Esto es lo que os traigo». Palabras para un grupo de estudiantes y sus profesores dentro de un módulo donde los pequeños intentan retomar las clases. Les ha llevado oraciones, consuelo, cercanía… Ha escuchado las historias personales de viudos, huérfanos, bomberos que ayudaron a buscar personas entre los escombros. Pero también ha vuelto a situar el foco mediático internacional en esta zona devastada donde murieron 297 personas. Prácticamente todas las familias de esta localidad de 2.600 habitantes han perdido a algún familiar.

Francisco mira en silencio el suelo de la zona roja, la más afectada y cerrada por motivos de seguridad. A ambos lados de la calle se acumulan los escombros y se muestran desnudos los edificios que otrora eran hogares de familias ahora rotas. En su lugar, 4.000 tiendas de campaña dan cobijo a quienes lo han perdido todo. Al final del camino se mantiene firme la torre de la iglesia. Entre las ruinas, parece una señal que apunta al cielo. Con los ojos sobre la tierra, lugar de vida y muerte, el Papa parece preguntar al Cielo: «¿Padre, por qué?». Y a Él encomienda cada una de vidas perdidas, cada uno de los heridos, cada una de las familias destrozadas por el dolor. A esto ha dedicado el día de su onomástica como Papa, san Francisco de Asís, patrón de Italia. A hablar con cada uno de quienes ha encontrado en Amatrice. No fue antes porque no quiso que su presencia entorpeciera las labores de rescate. Pero su rutina no es la nuestra, él no olvida al que sufre. Y nos ayuda a que nosotros también les recordemos.

Pedro J. Rabadán