Agosta mira a Santa Marta tras la COP30: «Hay que dejar de esperar al último de la clase»

Agosta tras la COP30: «Hay que dejar de esperar al último de la clase para poder avanzar»

Después de que el documento final de la COP30 callara sobre la eliminación gradual de combustibles fósiles, el responsable de Ecología Integral de la CEE afirma que en la Conferencia de Santa Marta «80 países pueden crear un mercado gigantesco libre de combustibles fósiles»

María Martínez López
Agosta participó en la COP30 como invitado de la ONU. Foto: cedida por Eduardo Agosta.
Agosta participó en la COP30 como invitado de la ONU. Foto: cedida por Eduardo Agosta.

El veto de los grandes productores de petróleo hizo que la cumbre del clima de Belém (Brasil) o COP30 sacrificara, una vez más, la ambición por el consenso en su documento final, aprobado el pasado sábado. La Iglesia y los demás defensores de la eliminación gradual de combustibles fósiles ponen ahora la mirada en la Conferencia de Santa Marta, asegura a Alfa y Omega Eduardo Agosta, responsable del Departamento de Ecología Integral de la Conferencia Episcopal Española.

La convoca en Colombia para abril de 2026 un bloque de 80 países liderados por este país, Reino Unido, España y los Países Bajos. Su propósito es avanzar hacia un Tratado de No Proliferación de Combustibles Fósiles.

—Ni calendario para la eliminación de los combustibles fósiles —ni siquiera mención a ello en el documento final—, ni financiación adecuada para combatir y mitigar el cambio climático, del fin de los subsidios a los combustibles fósiles ni hablar. ¿Ha fallado la COP30 en todo lo que pedía la Iglesia?
—Sí y no. La Iglesia, a través de Laudato si y Laudate Deum, pide medidas drásticas para abandonar los combustibles fósiles y pagar la deuda ecológica. El documento final Muritao Global no menciona aquellos ni establece un calendario de eliminación; solo habla de reducciones de gases de efecto invernadero y de alcanzar «cero emisiones netas de dióxido de carbono para 2050». Aunque reconoce la necesidad de 1,3 billones de dólares, consagra una meta de movilización de solo 300.000 millones, dejando una brecha enorme que castiga a los pobres.

Lo que sí se salvó fue que se mantuvo el reconocimiento de la responsabilidad histórica (la deuda ecológica) al admitir que ya se han consumido cuatro quintos del presupuesto de carbono [la cantidad total de emisiones de dióxido de carbono que se pueden emitir a la atmósfera sin superar el umbral de calentamiento de 1,5 ºC, N. d. R.]. También se enfatizó la protección de la Amazonia y los derechos de los pueblos indígenas.

Concentración ante la sede de la COP30 pidiendo más resultados.
Concentración ante la sede de la COP30 pidiendo más resultados. Foto: Eduardo Agosta.

Como salida política, la presidencia de la COP30 (Brasil) prometió desarrollar una «hoja de ruta» para el ansiado abandono de los combustibles fósiles de forma ordenada, gradual y justa en los próximos once meses, de cara a la COP31. La Conferencia de Santa Marta, convocada por Colombia y Países Bajos, será la lanzadera y guía.

—Parece que las COP siempre decepcionan.
—La Convención Marco de Naciones Unidas de Cambio Climático (CMNUCC) ha sido históricamente una ayuda para la inclusión, pero una traba para la ambición. La CMNUCC funciona por consenso (unanimidad práctica). Esto significa que el país más lento o con más intereses petroleros tiene poder de veto sobre todos los demás.

No basta la neutralidad

—¿Por qué no es suficiente hablar de neutralidad de carbono?
—Porque es una contabilidad que permite seguir contaminando. El documento final opta por el lenguaje de «cero emisiones netas» en lugar de «eliminación de fósiles». Desde la doctrina social de la Iglesia (y la ciencia), esto es insuficiente porque permite a las empresas seguir extrayendo petróleo y gas bajo la promesa de que, en el futuro, alguna tecnología (aún no probada a escala) capturará esas emisiones. Por ejemplo, los sistemas de captura de carbono, criticados ya en Laudate Deum.

También porque solo ataca el síntoma (el gas dióxido de carbono en el aire), pero no la causa (la quema de combustibles fósiles, base de un modelo extractivista y de consumo). Es la esencia del «paradigma tecnocrático» que critica la Iglesia: creer que la tecnología solucionará lo que la ética debería frenar. En esa línea está la promesa de la geoingeniería climática, que pretende incidir en el balance de energía Sol-Tierra, alterando la composición de material particulado en el aire, a gran altura, para apantallar la radiación solar entrante.

—¿Ha habido algo positivo concreto en esta COP30, más allá de las declaraciones?
—Sí, hay tres mecanismos técnicos que sobrevivieron al consenso a la baja. Uno ha sido triplicar la financiación para la adaptación para 2035. Esto es dinero vital para que los países vulnerables se protejan de desastres inevitables. Por otro lado, se lanzaron dos plataformas de acción: el Acelerador de Implementación Global y la Misión Belém para el 1,5 °C. Aunque suenan burocráticos —en parte lo son, porque postergan en el tiempo la acción—, son espacios donde se pueden canalizar inversiones reales si hay voluntad política.

Y en tercer lugar, la verdad científica. Por primera vez, un texto de consenso admite explícitamente la gravedad de haber agotado el presupuesto de carbono histórico, lo cual es una herramienta legal potente para futuros litigios climáticos.

Reducir la demanda

—Ha afirmado que la esperanza ahora es la Conferencia de Santa Marta, que se celebrará en abril de 2026 en Colombia. ¿Podría realmente salir de ella un acuerdo para que 80 países se desliguen de los fósiles?
—Sí, es geopolíticamente viable. A diferencia de la COP30, donde se requiere el consenso de 195 países (incluidos Rusia y Arabia Saudita), la Conferencia de Santa Marta es una coalición voluntaria. Si 80 países (incluyendo economías grandes como la UE, el Reino Unido y productores en transición como Colombia) firman un Tratado de No Proliferación de Combustibles Fósiles, crean un mercado gigantesco libre de fósiles.

Esto reduce drásticamente la demanda global, lo que hace que el negocio fósil deje de ser rentable incluso para quienes no firmen. No necesitan que todos estén de acuerdo para que el efecto económico sea global. Y el efecto neto sobre el mercado hará menos que los países petroleros tarde o temprano revisen sus prioridades. Santa Marta opera fuera del mecanismo de veto de la CMNUCC. Es un club de los que quieren correr más rápido. Significa dejar de esperar al último de la clase para poder avanzar.

Agosta (centro, con barba) en uno de los eventos en los que participó en la COP30. Foto: cedida por Eduardo Agosta.
Agosta (centro, con barba) en uno de los eventos en los que participó. Foto: cedida por Eduardo Agosta.

—¿Qué tipo de participación y papel va a jugar la Iglesia?
—Los líderes mundiales reconocen el liderazgo moral importante del Papa Francisco, cuyo legado continúa León XIV. «Cuando la religión habla, los políticos escuchan», dijo un alto funcionario de la COP30 a una decena de cardenales y más de 50 obispos presentes. La presencia activa de la Iglesia organizada, con incidencia moral y político-social, es sustancial en un país católico como Colombia, que liderará esta Conferencia Santa Marta, en un tema con fuerte arraigo en la doctrina social de la Iglesia, dándole respaldo ético y movilizando las propias estructuras.