África no existe
Etiopía vuelve a mirar al abismo de la guerra mientras Occidente contempla, una vez más, el conflicto africano desde la distancia. Pero detrás de las cifras, las estrategias geopolíticas y la indiferencia hay rostros concretos: jóvenes, como los de la foto, que van a la guerra, cada uno como puede. Sin embargo, no hay guerra inevitable ni vida sin esperanza
Escribió Ryszard Kapuscinski que «en la realidad, salvo por el nombre geográfico, África no existe». Es un continente grande, complejo y heterogéneo al que miramos con la suficiencia del portero de discoteca kosovar. Nos comportamos como matones, banqueros o, peor aún, moralistas que despachamos nuestros buenos deseos entre capítulo y capítulo de Euphoria. Etiopía se dirige de nuevo a la guerra. Otra más. Pero con nuevos muertos esperando su turno entre la inevitable desidia de Occidente, para quien África sigue siendo el tablero donde mover las piezas secundarias de una batalla más grande. Algo así como el campo de entrenamiento donde prueban sus odios Rusia, Estados Unidos, China, Irán o Arabia Saudí.
La semana pasada, siete grupos rebeldes de la región norteña de Tigré declararon una «guerra total» al Gobierno del primer ministro Abiy Ahmed. El Ejército del país y sus milicias aliadas —como los combatientes de la Fuerza de Paz de Tigré que vemos en la foto— tratan desde entonces de recuperar los bastiones del norte ocupados por los rebeldes. De momento, parecen haberlos expulsado de Mekelle, capital del estado de Tigré.
Se suceden los ataques con drones —que ya han causado decenas de muertos—, incluso en la capital. La ONU ya ha detectado desplazamientos forzosos y los centros de salud están saturados. Nadie olvida la sangrienta guerra civil que enfrentó entre 2020 y 2022 al FPLT, uno de los siete grupos que ahora han vuelto a rebelarse, y al Gobierno etíope, y en la que murieron al menos 600.000 personas.
Los siete chicos que se agolpan en esa camioneta avanzan por una calle que bien podría resumir un siglo de continente: vacía, con aspecto postapocalíptico, obras sin terminar, barricadas y unos jóvenes que van a la guerra, cada uno como puede, con uniformes deshilachados, algunos con botas, otros con sandalias. El vehículo acumula décadas de caminos gastados, asfaltos sin reparar y, a buen seguro, donde ahora van esos muchachos de infancia robada han viajado antes, en otras guerras, pilas de cadáveres.
Sin embargo, no hay guerra inevitable ni vida sin esperanza. África, con toda su complejidad, es hoy también un continente profesor para nuestra Europa apática. Los mayores son allí respetados, las familias no echan tantas cuentas para seguir creciendo y la vida diaria sigue cimentada en esa cosa tan analógica y escandalosa que es el abrazo. Ojalá esa África viva se imponga también a esta guerra, otra más, de múltiples responsables. Quizá Kapuściński tenía razón y África no existe. Existen esos siete muchachos subidos a una camioneta. Y eso debería bastarnos.