Afirmación de Dios y confianza en Él. - Alfa y Omega

* Si se afirma, como dice Delanglade (Le problème de Dieu), que la razón puede llegar a afirmar la existencia de Dios, no se entiende entonces esa especie de forzada humildad, tan frecuente bajo pretexto de modestia, sino como una manera de esquivar sus mismas exigencias, cuando se convierten en arduas e imposibles de solucionar. Es necesario, según no pocos, elegir entre creer, sin más, o hacer trabajar a la razón.

* La creencia en Dios no excluye la razón, sino su pretensión soberbia de no reconocer límite alguno a su ejercicio, es decir, la defensa del racionalismo. No resultan, en efecto, incompatibles siempre y cuando la razón se mantenga con la convicción serena de sus propios límites, sobre todo ante la realidad de Dios. Muchas son las cosas que tiene delante la razón si quiere progresar en su conocimiento de la realidad, si bien son muchas más las que la superan. A Dios nadie le puede comprender, pues nuestras capacidades no se encuentran al mismo nivel de su realidad infinita.

* Solo cuando el hombre es capaz de cuestionarse a sí mismo, en busca del sentido más profundo de toda su existencia, puede abrirse a la cuestión de Dios. No es solo su cabeza ni el ejercicio de su razón, sino el conjunto de toda su persona y cada una de sus facultades la que orienta a la afirmación de Dios. Hay un tiempo para desarrollar la pretensión de la razón, pero no menos cierto es que debe conservarse un tiempo no menor para practicar su abnegación: frente al fideísmo conviene recordar el papel singular de nuestra razón; frente al racionalismo conviene no olvidar su insuficiencia e imperfección. Se puede reconocer que la realidad nos supera sin renunciar por ello mismo a la aventura osada de investigarla hasta donde se pueda.

* La inteligencia humana afirma a Dios, toda vez que lo reconoce como siempre mayor, incomprensible del todo, si bien como aquel que merece nuestra confianza. Si el reconocimiento de su trascendencia se acompaña muchas veces de la duda, el ejercicio de nuestra confianza se apoya en lo poco o mucho que de Dios podemos conocer. Afirmar la existencia de Dios provoca nuestro asentimiento confiado; experimentar su presencia en la confianza significa al mismo tiempo avanzar en la afirmación de Dios.

* Puesto que a Dios nadie lo ha visto ni podrá verlo jamás, el peso de nuestra afirmación recae sobre la libertad de un asentimiento que no encuentra sino signos, huellas y manifestaciones indirectas de su existencia. Cuando el hombre conoce el mundo y se conoce a sí mismo en su realidad más constitutiva y última, puede atisbar la mano de Dios; pero cuando conoce, aunque imperfectamente, el ser de Dios es cuando se encuentra mejor preparado para conocerse a sí mismo. Afirmar un Dios creador significa al mismo tiempo afirmar la condición de la realidad creada, viniendo de Dios.

* En efecto, no hay mejor conocimiento de Dios, dada nuestra condición terrena, que aquel que proviene de él mismo, de su libre manifestación, si bien hemos afirmado una y otra vez que también el hombre ajeno a la vida de la fe (sobrenatural) puede tener cierto conocimiento de Dios: en la realidad del mundo y de los hombres ha dejado Dios estampada su huella, y por sus cualidades visibles puede el hombre acceder hasta las invisibles de Dios.

* Gran don este de la razón humana, inteligencia especulativa que nos permite superar los propios límites hasta horizontes insospechados. Con todo, esta facultad ofrecida puede, ebria de sí misma, detenerse en los límites de cuanto le es fácilmente asequible sin una pretensión mayor, y renunciar a la aventura del descubrimiento de Dios o, al contrario, reducirlo a sus categorías… También en sus defectos, en sus deslices, es la razón un don recibido que nos permite acceder a esta realidad mayor, así como discurrir y asentar los motivos de la credibilidad de la fe. No es el hombre un puro espíritu y cuando se plantea el conocimiento de la verdad ha de hacer empleo de todo su potencial personal.

* Cuando se trata de creyentes, de cristianos, la pregunta que puede asaltarnos es acerca de la necesidad del discurso racional, toda vez que se cuenta con la garantía de la fe. A lo que se debe responder diciendo que, en primer lugar, también el desarrollo especulativo y racional contribuye a glorificar a Dios, es decir, es un modo de alabanza religiosa y de manifestación de la misma fe, requerido por ella y no anulado ni impedido. Contribuye, igualmente, a la eliminación de doctrinas extrañas y a la purificación de posibles errores que acompañan el sentimiento y también la fe. La reciproca colaboración nos impide pensar que Dios es una verdad evidente, reconocible fácilmente por todo el mundo, pero también nos evita convertirlo en la consecuencia lógica de una pura demostración.

* No hay un Dios de la filosofía y otro Dios de la religión, sino un solo y único Dios, que no puede ser conocido por el hombre, ni a la luz de la fe sola ni a la de la pura razón, a menos que éste decida rendirse a las muestras de su manifestación, morir a su orgullo desatado y entregarse confiado por la senda del amor… Y aun cuando se puede objetar que la reflexión elaborada será distinta de la fe, debemos añadir que siempre se piensa y se cree desde un contexto personal y social determinado. No somos ángeles, sino el resultado histórico de nuestra libertad en su encuentro con la herencia cultural recibida. La clave será siempre cuestionar la esencia del razonamiento realizado y comprobar que se ha llevado a cabo conforme a las leyes lógicas de la razón. Si esto es así podemos apostar por su validez universal.