En una misión vacía, silenciosa y triste, a veces dormimos tranquilos después de vagar por pueblos de gente sin trabajo y sin recursos, distribuyendo ayuda de urgencia para que no mueran de hambre.

Pero siempre queda alguien al que no llegamos, del que no sabemos… hasta que es tarde. El mes pasado, desesperado al no encontrar trabajo por culpa de la COVID-19, avergonzado por no poder alimentar a su mujer y tres hijos, el pobre Hasmuck se suicidó. Yo mismo oficié el entierro, en una ceremonia silenciosa y respetuosa, dejando a Dios lo que es de Dios; lo nuestro es no juzgar y seguir haciendo el bien.

Hemos vaciado la despensa para llevar grano a los pueblos. Ahora los seguimos visitando con las manos vacías y el corazón encogido, porque esta buena gente nos recibe con la sonrisa de siempre, agradecidos por nuestra presencia y sabiendo que sufrimos con ellos.

Una ONG musulmana se enteró del trabajo que hacemos y nos han enviado un camión con 6.000 kilos de grano en 300 paquetes familiares de 20 kilos.

¿Hasta cuándo va a durar esto? Bill Gates dice que los países pobres no vencerán la COVID-19 ¡hasta finales del 2022! Yo no sé si él duerme tranquilo, pero yo me desvelo pensando en cuánta pobre gente llegará al borde de la desesperación antes de 2021.

Todavía en plena pandemia sigo aprendiendo mucho de las personas que a diario visito en estos pueblos. No sé si saben de «la nueva normalidad» o si la entienden. Pero cada vez que me ven se quitan el pañuelo para sonreír y me extienden esas manos rugosas y ásperas de trabajar, que yo me siento honrado de estrechar. Me recuerdan al Cid que se quitó el guantelete para darle la mano a un leproso.

He aprendido de ellos que, cuando el bien común lo exige, me pongo la mascarilla o lo que haga falta. Y que, cuando el sentido común lo sugiere y la distancia lo permite, me quitaré la mascarilla y sonreiré como ellos. Tampoco es cuestión de sobrevivir a cualquier precio.

En este país, India, en el que por desgracia siempre ha habido clase alta e intocables, ahora por lo menos hemos llegado a cierta igualdad. ¡La COVID-19 nos ha hecho a todos intocables!

Joaquín Castiella es jesuita y misionero en Ankleshwar (India)