Televisión: A trancas y barrancas

Isidro Catela
Pablo Motos y sus hormigas entrevistan a los actores de la película Zoolander 2, en marzo de 2016. Foto: Antena 3

Ahora que con la primavera en ciernes andan los hoyuelos del campo revueltos, hay que hablar de hormigas. Son pequeñas, pero se han vuelto imprescindibles. El prime time ya no se entiende en España sin Pablo Motos bailando al son que marcan Trancas y Barrancas. Estrenado en septiembre de 2006 en Cuatro, alzó el vuelo realmente en 2011 cuando pisó tierra en Antena 3 como El Hormiguero 2.0. Desde entonces, no hay bicho viviente que no quiera sumarse al espectáculo: actores de Hollywood, políticos, cantantes, escritores e Isabel Pantoja, que es una categoría aparte. La tonadillera batió todos los récords de audiencias el pasado 30 de enero y volvió por la puerta grande, con el programa a sus pies.

Entrevistas desenfadadas, en las que las hormigas de trapo son juez y parte, magia, ciencia divulgada, concursos o música en directo. Cabe casi todo. El Hormiguero es espectáculo de televisión puro, en el fondo y en la forma. Entretenimiento al que le basta la disculpa de un estreno de cine para poner la alfombra roja y entrevistar a Tom Hanks o a Will Smith.

El riesgo de la chabacanería

Pablo Motos dirige una orquesta donde cada nota está ensayada al milímetro, por improvisada que parezca. He ahí su virtud, todo está calculadamente desaliñado, todo está atravesado por el vértigo y el ritmo que no cesa. Sin embargo el formato tiene que pagar dos peajes notables. Cuando el invitado es serio (entiéndase por serio un político en campaña), invitarle a bailar o a hacer trucos de magia no crea el mejor caldo de cultivo para hacerle luego esas preguntas imprescindibles que, lógicamente, rara vez se hacen. Humanizamos al personaje y, a menudo, como se suele decir, se va de rositas con la música a otra parte. Por otro lado, cuando el protagonista de la noche no es tan serio (entiéndase aquí el modelo o la modelo de moda, nunca mejor dicho), el programa transita peligrosamente entre la frivolidad y la chabacanería (especialmente cuando son ellas las entrevistadas). Es una pena, porque, en su afán divulgativo y en su festín intrascendente, el paisaje es una maravilla. Todo es tan natural (o lo parece) que no debería hacer falta sacar los pies del tiesto ni a las hormigas del hoyo.

Isidro Catela