En el rezo del Ángelus del pasado 15 de febrero el Papa León pronunció las siguientes palabras: «En los próximos días se celebrará el año nuevo lunar, una festividad que celebrarán miles de millones de personas en Asia oriental y otras partes del mundo. Que esta alegre celebración sirva para reforzar los lazos familiares y de amistad, lleve serenidad a los hogares y a la sociedad, y sea una ocasión para mirar juntos hacia el futuro construyendo la paz y la prosperidad para todos los pueblos. Con mis mejores deseos para el nuevo año, expreso a todos mi afecto e invoco sobre cada uno la bendición del Señor».
Con ellas el Papa hacía caer en la cuenta de la catolicidad de la Iglesia pues es consciente de que un tercio de la humanidad celebra desde el pasado 17 de febrero el nuevo año.
A pesar de que algunos analistas han visto en esta felicitación un gesto geopolítico, un guiño hacia las relaciones con China, sin embargo, creo personalmente que esto es una visión simplista. La finalidad, a mi juicio, es simplemente la de unirse a la mayor celebración de países como China, Singapur, Japón, Vietnam, Mongolia, las Coreas o grandes zonas del subcontinente indio, por ejemplo, o de la Polinesia. A los que tenemos que sumar los migrantes asiáticos dispersos por todo el mundo y sus descendientes y vecinos. ¡Y son miles de millones de personas!
Agustinos en Filipinas
No olvidemos que el Papa es un religioso agustino. Bien sabemos en España que decir agustino es pensar en Filipinas, donde la Orden de San Agustín se asentó en el siglo XVI y desde allí partieron misiones a todo Japón, China y el sudeste asiático. Como todo agustino y como superior general que fue de su orden, León XIV sabe que el acercamiento cultural y teológico debe tener en cuenta otras cosmovisiones más allá de la occidental, si el Evangelio quiere ser creíble. Y en este sentido no cabe duda de que existe otra concepción del tiempo como la que se rige por el año lunar. En esto, todos los religiosos que cuentan con comunidades en el extremo oriente son privilegiados conocedores de la diversidad cultural que existe en nuestro mundo.
Es cierto que referirnos al año nuevo lunar nos remite directamente a China. Y es que para la concepción del calendario lunisolar del Imperio del Centro el año comienza el día de la luna nueva que más se aproxima al día equidistante entre el solsticio de invierno y el equinoccio de primera. Para este año 2026, el citado 17 de febrero. Y en este sentido tenemos que reconocer que la milenaria cultura china sí ejerció, y ejerce, una influencia sobre el resto de territorios asiáticos. Y no solo, porque popularmente ya todos conocemos cuándo tienen lugar estos grandes fastos debido al fenómeno de las migraciones que van transformando nuestra realidad en multicultural.
Como cualquier expresión que tiene un significado religioso, y el año nuevo lunar la tiene, debemos tener en cuenta que la tradición mitológica y folclórica lleva aparejada unos rituales con los que se quieren expresar unos valores espirituales, que no tienen por qué ser incompatibles con nuestra tradición religiosa en lo sustancial.
Año nuevo lunar
La del año nuevo chino es una tradición milenaria que pasó hace más de dos mil años de ser una fiesta con un carácter apotropaico (de protección sagrada) frente a la mítica bestia Nian, es decir, «Año», que eliminaba a las poblaciones al comerse el ganado, las cosechas y a sus habitantes durante el periodo de la dinastía Zhou (1046-256 a.C.), a convertirse en una fiesta donde se enfatizaba la vida con la familia y los vecinos. Una fiesta, por tanto, del encuentro familiar y social.
Nosotros no estamos tan lejos de ello en nuestra cultura. Recordemos el mito de Chronos –Saturno− devorando a su hijo en nuestra mitología occidental y que fue pintado por Goya, por ejemplo. O los cuentos publicados para fin de año de doña Emilia Pardo Bazán a principios del siglo XX donde la concepción sobre el tiempo no se diferenciaba tanto de la milenaria china. ¡Léanlos!
Lo que sí que quedó de la tradición religiosa con una finalidad exorcística fueron los ruidos de los petardos o los fuegos artificiales que ahuyentaban a la bestia. También las luces de los farolillos y los colores rojos que tenían la misma finalidad: ayuntar al enemigo.
Las sucesivas dinastías chinas promovieron esta fiesta, que se convirtió ya en una fiesta de la primavera. Fijémonos nosotros en estos días en cómo la luminosidad ha vuelto y cómo cada vez anochece más tarde; ¡se acerca la primavera! Y recordemos también que usamos fuegos artificiales con las mismas finalidades festivas o incluso para festejar a nuestros santos. Hasta que occidente no conoció a China no festejábamos a nuestros patronos con fuegos de artificio.
Honrar a los ancestros
Y esta dimensión social del año nuevo chino supuso que desde hace milenios se concedieran días festivos para visitar a los familiares y amigos en las lejanas tierras chinas (las celebraciones del año nuevo duran al menos dos semanas en la actualidad). Y en esas semanas hay que honrar siempre a los ancestros. Esto también está incluido en el cuarto mandamiento bíblico, luego para nosotros no es ajeno. Y a aquello que visitan les desean que el nuevo año que se concede vivir sea para bien de todos, por lo que se sacan a la calle al león y al dragón, el símbolo de la buena fortuna, que danza con bailarines muy coloridos. Nosotros también nos felicitamos y nos deseamos un buen año, aunque no lo hagamos con leones o dragones.
El año nuevo lugar es una fiesta eminentemente cósmica. Se recuerda que existe un nuevo renacer cósmico, el de la luz, para el que se piden parabienes. Curiosamente este año para los cristianos el año nuevo chino ha coincidido con la cuaresma y, por tanto, con la preparación para la Pascua. Y no olvidemos que esta también tiene una dimensión cosmológica.
Las témporas
Y a nosotros nos puede parecer extraño que cada año nuevo lunar esté vinculado a uno de los doce signos zodiacales chinos (este año el caballo). Pero en un mundo donde hemos perdido la relación con el cosmos y las estrellas, que siempre nos han guiado, la perdimos también con los astros. Recordemos si no la promesa que Dios le hizo a Abrahán: «Haré que tu descendencia sea tan numerosa como las estrellas del cielo» (Gen 22,17). La tradición de la Iglesia la ha vinculado a cada uno de los cristianos. Y no quiero ser esotérico, puesto que antes de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II el año litúrgico se articulaba en gran parte en torno a los solsticios y equinoccios recogidos en las celebraciones de las témporas.
Fue el teólogo Ratzinger, futuro Benedicto XVI, el que escribió en su imprescindible Espíritu de la liturgia. Una introducción que «el signo zodiacal [Aries] parecía hablar anticipadamente, y para todos los tiempos del “cordero de Dios” que quita el pecado del mundo (Jn 1,29), de aquel que recapitula en sí los sacrificios inocentes, dándoles sentido». Y esto lo hacía recordando que fue san León Magno (440-461) el que en las controversias sobre la tradición de la Pascua cristiana esta debía caer en el primer mes lunar hebreo, Nisán. Para argumentarlo, escribe Ratzinger que el Papa León «no se refería al mes de abril, sino al que atraviesa el primer segmento del zodíaco, es decir, a la constelación de Aries». Luego este vínculo astronómico entre la cultura china y la occidental tampoco nos es tan ajeno para fiestas tan esenciales en una y otra cultura.
Mirar juntos el futuro
El Papa León invitaba en sus palabras a «mirar juntos hacia el futuro construyendo la paz y la prosperidad para todos los pueblos» con ocasión del año nuevo lunar. Seamos de tradición occidental u oriental, siempre es buena ocasión caminar hacia es meta.
¡Feliz año nuevo lunar (chino)!