Jesús Sánchez Adalid: En las ECM hay «una profunda sintonía con la fe»
Sacerdote y escritor, analiza en su última obra las experiencias cercanas a la muerte. «Nos pueden ayudar a meditar nuestra fe y a vivir más atentos al sufrimiento», dice
—¿Qué le llevó a interesarse por las experiencias cercanas a la muerte?
—El libro nació de mi vida sacerdotal. A lo largo de más de treinta años he escuchado a personas que, después de estar cerca de la muerte, necesitaban confiar a alguien lo que habían vivido. Recuerdo a una mujer que, al terminar la misa, me habló entre lágrimas de una experiencia de luz y de paz. Su temor era que la creyeran loca. Aquel encuentro me impulsó a buscar, leer y reflexionar. Sentí que debía acompañar aquellas preguntas desde mi fe en Jesucristo. Así fue creciendo Buscando la luz: una reflexión sobre la muerte que me ha llevado a mirar con más hondura la vida y la eternidad.
—Recoge muchos testimonios de personas que han vivido una ECM. ¿Qué denominador común destacaría?
—El descubrimiento de que el amor tiene un valor decisivo. Muchos describen una paz inmensa y la certeza de sentirse profundamente amados. Me conmueve especialmente lo que algunos cuentan de la revisión de su vida: perciben el bien y el daño que sus actos causaron a otras personas. El doctor José Morales del Río me explicó que aquello despertó en él el deseo de regresar para reparar. Como sacerdote, encuentro aquí una resonancia profunda del Evangelio: nuestra relación con Dios se expresa también en cómo tratamos al prójimo. Estos testimonios nos ponen ante una pregunta muy concreta: qué estamos haciendo con la vida que hemos recibido.
—¿Hay diferencias significativas entre las experiencias de personas creyentes y las de quienes no tienen fe?
—Hay diferencias en la manera de comprender y expresar lo vivido, junto a semejanzas que llaman la atención. Un cristiano puede reconocer la presencia de Jesús; otra persona habla de una luz o de un amor para el que carece de nombre. Me impresiona el cambio de quienes antes pensaban que todo terminaba con la muerte y después se abren a una búsqueda espiritual. Como sacerdote, esto me recuerda que Dios desea la salvación de todos y puede salir al encuentro de cada persona por caminos que desconocemos. Después hace falta discernir, acompañar y dar tiempo. La fe cristiana madura en una relación con Jesucristo que compromete la vida. Cada persona necesita recorrer ese camino con libertad, y la Iglesia está llamada a acoger sus preguntas y ofrecerle la riqueza de su fe.
El libro va a ser presentado por la Delegación de Cultura de Madrid este martes a las 19:00 horas en la Capilla del Obispo (plaza de la Paja, 2).
—¿Existe alguna incompatibilidad entre lo vivido por estas personas y la doctrina católica sobre los novísimos?
—Encuentro en muchos relatos una profunda sintonía con la fe: el amor importa y nuestra vida tiene consecuencias. Los escucho desde mi esperanza en Jesucristo muerto y resucitado. Al morir compareceremos ante Él, que conoce toda nuestra verdad. Esperamos el cielo, la comunión plena con Dios, y su misericordia purifica en el purgatorio a quienes mueren en su amistad y lo necesitan. El infierno es la separación definitiva de Dios de quien muere rechazando libremente su amor. Nuestra libertad cuenta. Las personas que relatan estas experiencias han sobrevivido; conviene distinguir lo vivido de ese destino definitivo. Sus testimonios pueden ayudarnos a meditar nuestra fe y a vivir más atentos al sufrimiento de quienes tenemos cerca.
—¿Cómo continúan estas personas su día a día después de una ECM?
—Muchos regresan con otra manera de valorar la vida. Algunos cuentan que disminuye su miedo a morir y sienten una urgencia de amar: cuidar a los suyos, reconciliarse, ayudar. El cambio se comprueba en lo cotidiano, en la paciencia y en el tiempo que dedican a los demás. Pero integrar una experiencia así puede ser un proceso difícil. Hay quienes guardan silencio durante años. Me conmueve que, después de haber estado tan cerca de la muerte, encuentren un motivo más profundo para seguir viviendo y entregarse.
—A usted, como sacerdote, ¿qué le ha aportado conocer estas experiencias?
—Me ha hecho volver a lo esencial de mi vocación: escuchar, acompañar y anunciar la esperanza que nace de Cristo resucitado. Al escribir el libro he revisado también mis propias prioridades. Reconozco que algunas veces las ocupaciones me impidieron atender a alguien como necesitaba. Hoy siento con más fuerza la responsabilidad de estar disponible. Estas historias me llevan al Evangelio y a la Iglesia, a la oración y la Eucaristía, que nos sostienen en ese servicio al prójimo. Pienso en quienes sufren o han perdido a una persona querida: necesitan nuestra presencia y una esperanza que sostenga su dolor. Sigo aprendiendo. Quisiera que el libro ayudara a descubrir que cada día permite amar mejor y que Dios nos acompaña en ese camino.
Jesús Sánchez Adalid
Sal Terrae
2026
336
20,89 €