Quiénes queremos ser
Solemnidad de todos los santos / Mateo 5, 1-12a
Evangelio: Mateo 5, 1-12a
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».
Comentario
Aunque todos buscamos la felicidad, es frecuente que la entendamos de maneras distintas. Por eso siempre me ha parecido muy interesante el diálogo sobre lo que significa para cada uno ser feliz: al responder, revelamos mucho sobre quiénes somos y quiénes queremos ser.
Cuando le he preguntado a ChatGPT qué desea la gente para ser feliz, las respuestas empezaban casi siempre por el verbo tener: tener dinero suficiente; seguridad y estabilidad (casa, trabajo, un futuro previsible); salud y bienestar físico y mental; relaciones afectivas satisfactorias; éxito y reconocimiento, y libertad y control sobre tu vida. Todo ello me parece bastante razonable y creo que una inmensa mayoría de la gente estaría de acuerdo en que son deseos legítimos.
Con esto en mente, me sumerjo en el Evangelio de este domingo y me encuentro un panorama bastante distinto: la pobreza y el hambre de los que habla Jesús parecen ir contra nuestro anhelo de dinero y seguridad; el llanto contra el bienestar; la persecución y la calumnia contra la necesidad de relaciones satisfactorias y de reconocimiento; la lucha por la paz y la justicia contra la aspiración a controlar nuestra propia vida y a alcanzar el éxito personal…
La comparación entre ambas propuestas da bastante que pensar. A primera vista podría parecer que Jesús nos quiere llevar la contraria en todo lo relativo a la felicidad. Sin embargo, la segunda parte de cada bienaventuranza muestra que no es del todo así: habla de quienes serán consolados y saciados, recibirán justicia y misericordia, serán hijos de Dios y heredarán tanto la tierra como el Reino de los cielos.
Todo ello supera, con creces, los deseos anteriores, pero partiendo de la realidad imperfecta en la que vivimos. Jesús asume que no podemos evitar todos los problemas, ni siempre nos va bien ni controlamos todo lo que sucede, pero declara que se puede ser bienaventurado incluso en medio de estas situaciones, cuando se viven desde la lógica del Reino de los cielos.
Los bienaventurados son personas que hacen suyo el modo de ser del propio Cristo: pobre, manso, misericordioso, limpio de corazón, que espera en Dios el consuelo último, la justicia perfecta y la paz perpetua, confiando en que el Reino ya está aquí y a la hora de la verdad, tendrá la última palabra.
Recuperando el famoso título de Erich Fromm Del tener al ser, creo que este tránsito es precisamente el que Jesús invita a hacer en el Evangelio. La lista de lo que queremos para ser felices no suele incluir el tipo de persona que queremos ser, pero es ahí donde Él se centra. Mientras que nosotros respondemos espontáneamente todo aquello que nos gustaría tener para alcanzar la felicidad, Él nos pregunta qué clase de personas queremos ser.
La felicidad cristiana no consiste en tener determinadas cosas, ni siquiera cosas buenas, razonables y deseables. La felicidad consiste en llegar a ser como el propio Jesús: totalmente confiados a Dios y totalmente entregados a los demás. Cuando ponemos nuestro ser en juego, Dios lo transforma y genera frutos de eternidad y no necesariamente borra todos nuestros anhelos, pero sí los resitúa desde este horizonte.
Este domingo, día dedicado a todos los santos, celebramos precisamente esto: que tenemos la suerte de contar con el testimonio de muchas personas bienaventuradas que han apostado por ser pobres, mansos y misericordiosos con Jesús, en mitad de los avatares de la vida, no evadiéndose de ella. Y, por eso, como recordaba el Papa Francisco en Gaudete et exsultate, son felices. Quizá es una buena oportunidad para revisar nuestra lista de deseos y preguntarnos, antes de qué queremos tener, quiénes queremos ser.