Doctrina de la Fe pide huir de una «fría exposición de conceptos» en la evangelización y llama a «tocar corazones»
En un extenso documento sobre la transmisión de la fe, el dicasterio dirigido por el cardenal Fernández subraya que «el primer anuncio debe ocupar el centro de la actividad evangelizadora y de todo intento de renovación eclesial»
El Dicasterio para la Doctrina de la Fe ha publicado este jueves 22 de octubre el documento Venite ad me, en el que el cardenal Víctor Manuel Fernández ahonda en distintas consideraciones sobre la transmisión de la fe ante el cambio de época.
El documento se detiene, en primer lugar, en explicar el título, que está sacado del capítulo 11 del Evangelio de Mateo: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré». Es decir, «el Señor se presente a sí mismo como fuente de alivio profundo frente a los cansancios y las fatigas del corazón humano». Desde esta perspectiva, «la transmisión de la fe se presenta como un encuentro, en el que Cristo se acerca a cada persona en la realidad concreta de su vida, dándole esa paz verdadera que solo en Él es posible encontrar».
Esta es, precisamente «la fe de la Iglesia» que «todo creyente está llamado a difundir»: que «Jesús es la luz verdadera del mundo y quien cree en Él, el Resucitado vivo, vence las tinieblas de la muerte y vive gracias a la luz de la vida».

El ejemplo de Jesús
En su primer capítulo, Venite ad me se fija en el ejemplo de Jesús. ¿Cómo transmitió la fe el mismo Cristo? El documento parte de la premisa de que «no existe ningún espacio humano marcado por el fracaso o el pecado que no pueda ser reintegrado a su destino original». Es más, Jesús «da testimonio concreto» del amor de Dios «mediante una predilección especial por todos aquellos que ya casi no esperan nada de nadie».
Todos ellos, «debido a su situación de sufrimiento, provocada por enfermedades incurables o por trágicos reveses del destino, suelen ser considerados “los últimos” de la sociedad». Sin embargo, «son precisamente ellos quienes se convierten en “los primeros” en el corazón del Señor Jesús». Son ellos «quienes, más que a ningún otro, Jesús invita a acercarse a la luz que ilumina a cada hombre y a cada mujer, es decir, a la luz del amor del Padre».
Pero la invitación no se produce con grandes disquisiciones teológicas, sino que prima la sencillez. «En su predicación son numerosas las referencias a la vida cotidiana de la gente, al reino de los animales y al muno de los árboles, las plantas y las flores, al igual que abundan las referencias a los oficios de su época, a la preparación de la comida y a los juegos de los niños».

Cara a cara
Del paso terrenal de Cristo también se sobrentiende que la fe, por un lado, «se transmite de persona a persona», como hizo el mismo Jesús cuando se encontró, por ejemplo, con la samaritana del Evangelio, pero por otro lado hay una dimensión comunitaria. De hecho, «Cristo confió a los apóstoles la tarea de anunciar el Evangelio a todos los pueblos»; una misión que «continúa en la historia a través de la Iglesia».
La Iglesia es, así, «el sujeto histórico y vivo en el que el Evangelio se escucha, se custodia, se celebra y se actualiza continuamente bajo la acción del Espíritu Santo», puntualiza Venite ad me. Por esta razón, «la fe no se transmite, en primer lugar, como un conjunto de contenidos doctrinales o de información religiosa, sino como una forma de vida eclesial en la que el creyente se va introduciendo progresivamente».
La importancia de la familia
Dentro de ese lenguaje sencillo y cotidiano al que se aludía anteriormente, la familia tiene un papel preeminente, hasta el punto de que «constituye el primer y más esencia lugar de transmisión de la fe», se lee en el punto 31. Concretamente, «los padres son los primeros catequistas», recoge el documento parafraseando al Papa León XIV. Pero no porque literalmente impartan una catequesis a sus hijos. No, la fe dentro de las familias «se materializa en un entramado de gestos sencillos y cotidianos: la oración personal y en pareja, la participación en la Misa dominical, la atención a los más pobres o también a través de la oración de acción de gracias antes de las comidas o con la devota preparación del belén con motivo de las fiestas navideñas».
Aunque todo ello viene después del bautismo, donde «la comunidad y la familia se sienten unidas en la responsabilidad común de introducir a los más pequeños en el encuentro con el Señor Jesús». Y añade: «Se trata de la conciencia de que, si los niños reciben la vida de sus padres, en el bautismo obtienen el sentido para vivirla: la fe».
Solo en una segunda etapa, advierte el documento, «la comunidad eclesial entra en el proceso de transmisión de la fe». Así, «lo que una persona ha recibido de sus padres encuentra en la Iglesia los instrumentos y las ocasiones para que se convierta en el principio fundamental de su forma de ver el mundo».
En este sentido, el documento habla de la catequesis, de la celebración de los sacramentos, del compromiso con los más desfavorecidos o del encuentro en la casa del Señor los domingos.
Cambio de época y crisis de fe
Este modelo tradicional de transmisión de la fe se ha visto desestabilizado por un cambio de época —en el que influyen factores como el materialismo, el individualismo, la inteligencia artificial o el populismo y la polarización— que ha provocado el crecimiento, por un lado de «personas bautizadas que no viven las exigencias del Bautismo» y, por otro, personas que ni siquiera «conocen a Jesús ni el Evangelio».
Por ello, «la transmisión de la fe exige hoy, de manera especial, la evangelización de los adultos y que se supere una acción pastoral centrada únicamente en la catequesis de los niños y adolescentes».
En este contexto, que en el texto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe está descrito con profusión, es preciso «superar una adhesión al cristianismo basada en la mera inercia de la pertenencia social, para que se convierta en una elección personal y consciente, capaz de orientar las propias decisiones de vida».
Para ello, es necesario «replantearse el modo mismo de anunciar el Evangelio, dando prioridad a las formas narrativas frente a la mera transmisión de conceptos abstractos». En este sentido, el documento asegura que «las comunidades cristianas están llamadas a buscar modos sanos de presentar el Evangelio como una respuesta eficaz incluso a las necesidades más tangibles, siguiendo el ejemplo de Jesús, que recorría la tierra de Israel “haciendo el bien y curando a todos” , demostrando así que sabía responder no sólo a las preguntas últimas, sino también a las penúltimas».

El núcleo del documento y de la transmisión de la fe
En el capítulo cuarto se encuentra el núcleo del documento y de la transmisión de la fe. En él anima a «recomenzar una gran etapa de anuncio del Evangelio», en la que «el primer anuncio, o kerygma —Jesucristo, que está vivo, te ama y ha dado su vida para salvarte—, debe ocupar el centro de la actividad evangelizadora y de todo intento de renovación eclesial».
Se trata de un anuncio que «siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras», que «siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra a lo largo de la catequesis, en todas sus etapas y momentos». Pero hay que hacerlo, afirma Venite ad me, «de tal manera que provoque una experiencia de fe, capaz de iniciar un proceso de formación de la propia identidad cristiana». Es decir, ha de «tocar realmente el corazón de quienes lo reciben».
Para tocar corazones, el documento llama a revisar «las formas actuales de organizar la catequesis, para que la transmisión de la fe no quede confinada a lenguajes que puedan calificarse de “escolásticos”, “dogmáticos” o “moralistas». Es una tarea que «resulta más urgente que nunca». De hecho, «con demasiada frecuencia, una comunicación repetitiva y autorreferencial del mensaje evangélico corre el riesgo de no llegar al corazón de los fieles. Por eso, el lenguaje de la fe no debe limitarse a una fría exposición de conceptos; sin duda debe poseer esa claridad que facilita la comprensión, pero sobre todo debe caracterizarse como una llamada del corazón».

Grupos de oración
Asimismo, Doctrina de la Fe insta a cuidar la vida comunitaria. «En un mundo cada vez más fragmentado, en el que los únicos vínculos entre los seres humanos que parecen tener cabida son los mediados por las infraestructuras digitales, resulta cada vez más evidente en muchas personas una necesidad y un deseo de pertenencia».
De esta forma, «resulta absolutamente urgente, sobre todo en los países de antigua evangelización, insistir en la importancia de promover, en cada comunidad eclesial, grupos de escucha, de meditación, de compartir y de oración de la Palabra, en cuya convocatoria se dediquen momentos específicos y fijos, que complementen la celebración de la Eucaristía dominical».
Todas estas ocasiones son un lugar privilegiado para la transmisión de la fe, que, como se decía con anterioridad, se produce principalmente de persona a persona. «La amistad, de hecho, constituye un espacio privilegiado en el que el testimonio personal, la ayuda mutua y el compartir las alegrías y las dificultades de la vida hacen posible un intercambio de fe capaz de abarcar toda la existencia».
Junto con la centralidad del kerygma, Venite ad me destaca la Liturgia, que «ocupa un papel central en la transmisión de la fe». Y añade: «Precisamente a través de su fuerza simbólica y de su capacidad para involucrar íntegramente a la persona, la liturgia se convierte en un auténtico lugar de anuncio y de encuentro con el Señor».
Triple dimensión del testimonio
El documento, que consta de 60 páginas, dedica una de sus últimas partes a abordar el papel del testimonio desde varias aristas. Por un lado, habla del testimonio de santidad, porque «quienquiera que se haya encontrado con el testimonio de un cristiano ejemplar se ha visto siempre estimulado a descubrir el secreto de esa vida tan particular y diferente respecto a la mayoría de sus semejantes»; el testimonio de la cercanía, que es «una cercanía construida con los ladrillos de la hospitalidad, la amabilidad, la escucha, la mansedumbre y la ternura»; y, por último, el testimonio de la opción preferencial por los pobres: «Los creyentes no deberían olvidar nunca la fuerte conexión que xite entre el amor de Cristo y su llamada a acercarnos a los pobres».
Por otro lado, invita a «dar cabida en el discurso sobre la transmisión de la fe a las múltiples expresiones de la creatividad humana —obras de literatura, poesía, música…—». Esta última, por ejemplo, como aseguró en su momento el Papa León XIV, «es capaz de transmitir sentimientos, emociones, hasta los movimientos más profundos del alma, elevándolos, transformándolos en una escalera ideal que conecta la tierra y el cielo».

Atenciones específicas
Por último, el equipo del cardenal Víctor Manuel Fernández —que ha contado con un amplio grupo de colaboradores para desarrollar el texto— abre «el horizonte de la reflexión sobre la transmisión de la fe», que «está llamada a inspirar, a impregnar toda cultura». Es lo que se conoce cómo inculturación de la fe.
De esta forma, cobra una cierta relevancia la «importancia de la piedad popular», que «puede resultar sin duda muy valiosa». Por eso, «estamos llamados a alentarla y fortalecerla para profundizar el proceso de inculturación que es una realidad nunca acabada». Así, «resulta urgente preguntarse cómo aprovechar al máximo estas preguntas y estas necesidades de nuestros contemporáneos más jóvenes para convertirlas en un canal a través del cual la luz de Cristo pueda inundar sus existencias, a menudo atribuladas».
Unas últimas cuestiones por las que el documento pasa más deprisa son el tema de las homilías, el voluntariado, la presencia de las mujeres en la guía de los procesos eclesiales, los grandes eventos —musicales y de otra índole—, el estudio de la historia, la realidad educativa y la unidad de los cristianos.
A modo de conclusión, después de incluir algunos testimonios, Venite ad me recuerda, «con fuerza, que Cristo es la luz verdadera. Él ilumina porque libera de las tinieblas e introduce en la plenitud de la vida, cumplimiento de la acogida del amor incondicional de Dios en nuestro corazón». Y añade: «A nosotros, los creyentes, ya se nos ha concedido el don de encontrar la luz y de dejar que nuestra vida sea iluminada por la «luz verdadera» del mundo. Ahora nos toca a nosotros transmitir ese mismo don a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, que quizá, aunque no siempre de modo consciente, también esperan poder encender su existencia con esa misma fuente de toda gracia, luz que resplandece en el mundo».