León XIV pide a las familias que «ayuden a discernir» a la Iglesia
A la espera de sus reflexiones, el Santo Padre pidió compartir ya lo vivido en el encuentro sobre los diez años de Amoris laetitia. Una de sus claves fue profundizar en el lugar central que tiene hoy la fragilidad
Durante una semana, los brasileños Solange Gregory Schila y Alisson Roberto Schila dejaron a sus tres hijos en casa para participar en el encuentro de los obispos de todo el mundo en torno al décimo aniversario de la exhortación Amoris laetitia. De vuelta a Dourados, comparten con Alfa y Omega que ahora «tenemos aún más clara la necesidad de seguir acompañando de cerca las realidades familiares», con cercanía y «una mirada atenta y misericordiosa».
El matrimonio, que coordina la pastoral familiar a nivel nacional, relata que el fruto más concreto de Amoris laetitia en Brasil que pudieron aportar al encuentro es precisamente el florecimiento de itinerarios para acompañar a las familias en las diversas etapas. Aunque los obispos eran mayoría, las familias «estaban en todas las mesas» y se produjo «una escucha atenta y una participación activa», en «un clima muy fraterno y amistoso». Por eso aseguran que esta cita ha reforzado su sentido de pertenencia eclesial.
También se llevaron deberes. León XIV, en su mensaje final —firmado el 13 de octubre, día de su operación—, animaba a los asistentes a compartir en sus lugares de origen lo reflexionado, a «seguir proclamando el Evangelio con las familias» y a que estas estén «activamente involucradas en la vida y en la misión de sus Iglesias» y las «ayuden a discernir».
El documento de síntesis aún no se ha publicado, ni hay fecha, a la espera de las aportaciones del Santo Padre. Su cirugía obligó a cambiar los planes. Se contaba con que escuchara el desarrollo de todos los trabajos «y, en particular, la discusión final» y que pronunciara un discurso para «recoger y desarrollar las aportaciones», explica Giacomo Costa, consultor de la Secretaría General del Sínodo y responsable de la metodología del encuentro. En vez de eso, prometía en su mensaje que leería el material y «a su debido tiempo ofreceré mis reflexiones».
Esto no implica, sin embargo, que todo quede en suspenso. Costa ofrece a este semanario tres claves de esas reflexiones que el Papa animó a compartir. La primera es la centralidad del reconocimiento de la fragilidad humana. Philippe Bordeyne, director del Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II para las Ciencias del Matrimonio y de la Familia, y coordinador de los expertos, explica que esta surge cuando «la sabiduría transmitida por las generaciones anteriores ya no basta para afrontar» problemas novedosos y se toma conciencia de los propios límites y de la llamada a la solidaridad para hacerles frente. «Rápidamente se convirtió en hoja de ruta» la reflexión de León XIV en Magnifica humanitas sobre cómo esta característica forma parte de esa «magnífica humanidad». Conectar con ella «las situaciones complejas» que abordaba Amoris laetitia «me parece una aportación importante», asegura Bordeyne. También la Iglesia ve que «no tiene respuesta para todo» pero «puede acercarse, escuchar y dejarse conmover por la creatividad humana».

Esta vivencia transforma el acompañamiento, otra de las claves del encuentro según Costa. «Requiere continuidad en las relaciones, personas bien preparadas y comunidades donde resulte natural compartir las dificultades y pedir ayuda». Parte «integral» de este acompañamiento es el discernimiento personal y pastoral. «Se trata de itinerarios exigentes que requieren tiempo, confianza y la formación de la conciencia, respetando siempre la responsabilidad» de cada uno.
En la rueda de prensa final Bordeyne explicó que una de las novedades del documento de síntesis es que en al apartado sobre acompañar en las dificultades se añadió el discernimiento «porque hubo mucho acuerdo», algo que considera una evolución notable ya que en el pasado «ha habido mucha resistencia». Otro adelanto sobre el texto final es que en lo relativo a los jóvenes, se pone el acento en que se los debe ayudar a descubrir la vocación al matrimonio desde su «deseo de amar», que es «lo que queda en ellos» en medio de multitud de cambios económicos, sociales, culturales y tecnológicos. Así, el aumento de las uniones libres ha hecho ver que «las parroquias no pueden limitarse a esperar» a quienes piden casarse, sino que «se han propuesto nuevos itinerarios de formación para parejas que conviven», con el fin de hacerles descubrir el sacramento.
Por otro lado, tanto la parte introductoria —«juntos en un mundo cambiante»— como la final —las familias como «discípulos misioneros» en una Iglesia sinodal— apuntan a que esta cita ha tenido «una conexión importante con la puesta en marcha del Sínodo» sobre la sinodalidad, subraya Costa. No solo porque «la evaluación es una práctica eclesial que debe cultivarse»; también porque «reconocer a las familias como agentes de la misión implica involucrarlas en el discernimiento y dar espacio a su responsabilidad». Además, «esta experiencia refuerza la convicción de que el camino sinodal toma forma a medida que abordamos juntos los desafíos reales y prácticos de nuestra misión».
Bordeyne va más allá. Subraya que el encuentro ha permitido profundizar en cómo «la doctrina de la Iglesia sobre la familia enriquece nuestra comprensión del misterio de la Iglesia». Cita, por ejemplo, la acogida universal del concepto de Iglesia como «familia de Dios», surgido en África en los 50 pero que «se ha convertido en un tesoro para toda la Iglesia», a la que muchos se referían en el encuentro como «familia de familias».