Cardenal Antonio María Rouco Varela: «El Señor me ha concedido permanecer unido a Él»
En sus bodas de oro como obispo, el cardenal repasa los cambios de la Iglesia española, recuerda el entusiasmo de los jóvenes ante san Juan Pablo II y reflexiona sobre los retos actuales de la fe
El cardenal Antonio María Rouco Varela celebra este sábado, 31 de octubre, con una Misa en la catedral de la Almudena, sus bodas de oro como obispo, primero en Santiago de Compostela y después en Madrid. Presidente de la Conferencia Episcopal Española en dos etapas, ha vivido profundas transformaciones en la Iglesia y en la sociedad española. En esta entrevista recuerda los momentos que marcaron su trayectoria, evoca la respuesta de los jóvenes a san Juan Pablo II y reflexiona sobre los desafíos actuales.
—Han pasado casi 50 años desde su nombramiento como obispo. Si pudiera sentarse cinco minutos con aquel joven obispo de Santiago de Compostela, ¿qué le diría? Y, mirando atrás, ¿de qué se siente más orgulloso? ¿Hay algo que le hubiera gustado hacer de otra manera?
—Para empezar, no me siento orgulloso de nada. Nunca he utilizado esa palabra; no quiere decir que sea especialmente humilde, pero no me ha gustado hablar de orgullo. Lo que sí echo de menos es no haber respondido con mayor entrega a nuestro Señor a lo largo de todos estos años. Desde mis tiempos de seminarista, en el Colegio Mayor San Carlos Borromeo de Salamanca, y en general en el ambiente eclesial de la España de los años cincuenta, hasta el Concilio, se nos enseñaba y se nos pedía que aspiráramos a la santidad, que fuéramos sacerdotes santos. Casi 50 años después, uno mira atrás y piensa: «Dios mío, ¡si no lo soy!».
—Ha sido obispo en Santiago de Compostela y Madrid, cardenal y presidente de la Conferencia Episcopal Española en dos etapas. ¿Cuál ha sido la decisión más difícil de toda su trayectoria?
—Aceptar ser obispo. Fue una sorpresa absoluta que hubieran pensado en mí. Nunca me había imaginado que llegaría a serlo.
—¿Por qué le costó tanto aceptarlo?
—En primer lugar, porque la responsabilidad que asumía al servicio de la Iglesia me sobrepasaba. En segundo lugar, porque estaba disfrutando mucho de mi trabajo como profesor universitario. Formaba parte del mundo europeo de los canonistas que teníamos que abordar la aplicación al derecho canónico de las enseñanzas y los decretos del Concilio Vaticano II. Mi vida se desarrollaba entre España, Alemania, Suiza e Italia. Tenía mucha libertad personal para configurar mi ministerio sacerdotal en el ámbito universitario y desde allí servir a la Iglesia. Estaba entusiasmado con aquella labor.
Recuerdo que me comunicaron oficialmente el nombramiento a finales de junio, en la catedral de Huesca. Había acudido para participar en la consagración episcopal de Antonio Javierre, un salesiano que había sido rector de un centro universitario de su congregación en Roma y visitador de la Universidad Pontificia de Salamanca durante mis primeros años como profesor. Después sería cardenal y una figura muy conocida y apreciada, tanto por su labor universitaria como por su servicio a la Iglesia y su estrecha colaboración con el Papa.
El nuncio apostólico me había llamado por teléfono porque quería hablar conmigo. La ocasión más próxima era aquella celebración en Huesca. Mientras esperaba en la sacristía para la concelebración, intenté esquivarlo, pero finalmente me llamó y me mostró una carta en la que se me comunicaba que el Papa me había nombrado obispo de Santiago de Compostela.
—Sus 18 años en Santiago coincidieron con la Transición, la puesta en marcha de las comunidades autónomas y grandes transformaciones sociales. También con la visita de san Juan Pablo II a España en 1982 y la Jornada Mundial de la Juventud de Santiago, en 1989. ¿Cómo era la juventud de entonces y cómo la ve hoy?
—Los años 70 fueron difíciles para los jóvenes. En las universidades se vivía un clima de revuelta y protesta, no solo en España, sino en toda Europa. A mí me tocó vivir el Mayo del 68 en la Universidad de Múnich, y no creo que la situación fuera muy distinta de la que se vivía en la Universidad Complutense de Madrid. Fueron años de una auténtica revolución cultural. Aquella generación procedía, en muchos casos, de familias cristianas y había recibido una educación religiosa. Sin embargo, se encontraba ante una encrucijada espiritual, doctrinal, profesional y vital muy complicada, y cada vez más alejada de la Iglesia.
Recuerdo que, cuando se planteó la visita de san Juan Pablo II a Madrid en 1982, hubo dudas sobre cómo organizar el encuentro con los jóvenes. Al cardenal Tarancón le preocupaba que no saliera bien y, en un primer momento, se propuso celebrar el acto en un pabellón del Real Madrid. Otros colaboradores defendieron que debía hacerse en el estadio Santiago Bernabéu. Lo que ocurrió fue una explosión de entusiasmo. El Papa se convirtió en el centro de un encuentro multitudinario, con jóvenes llenando el estadio y sus alrededores. Fue una respuesta extraordinaria que nos hizo reconsiderar nuestros propios temores. Después de aquella visita, los obispos nos dimos cuenta de que quizá no habíamos valorado suficientemente la realidad de la Iglesia y la juventud católica española.
—¿Encuentra similitudes entre aquella juventud y la actual?
—Hay ciertas semejanzas sociológicas, aunque las circunstancias sean distintas. Muchos jóvenes de hoy no proceden de familias en las que la oración, la educación cristiana y la fe hayan formado parte de la vida cotidiana desde la infancia. Por otra parte, se encuentran a menudo sin un proyecto de vida profundo, una situación que puede mezclarse con las dificultades laborales. Pero incluso cuando se resuelven los problemas de trabajo, no siempre saben qué hacer con su vida.
La evolución del matrimonio, las familias y el número de niños es un dato muy significativo. Recuerdo mi infancia en Villalba, en Lugo, donde nací: la puerta de casa estaba llena de niños. La realidad actual es muy diferente. Creo que los jóvenes pueden responder de nuevo cuando se les habla de Cristo y, sobre todo, cuando se les hace presente. La celebración litúrgica es también un modo de hacer visible esa presencia, y entonces surgen respuestas.
—En estas décadas, la Iglesia en España ha atravesado una profunda transformación. ¿Cuáles han sido sus principales luces y sombras?
—La Iglesia española ha padecido, como la Iglesia universal, una crisis muy fuerte en la vida consagrada y en el sacerdocio. La caída de las vocaciones ha sido espectacular. Durante el pontificado de san Juan Pablo II hubo una recuperación apreciable en el clero secular. En la vida consagrada también han surgido nuevas realidades, aunque creo que la recuperación de las vocaciones ha sido algo menor que en el clero diocesano.
En el mundo laical han aparecido nuevos movimientos, a los que san Juan Pablo II concedió mucha importancia y que después también valoró Benedicto XVI. Son un factor muy positivo a la hora de hacer un diagnóstico general de la situación de la Iglesia. Yo fui nombrado obispo por san Pablo VI. Recuerdo la primera vez que pude encontrarme personalmente con él, cuando llevaba unos tres meses como obispo. Los obispos de Galicia tenían una visita en Roma y fui con ellos, aunque, como obispo auxiliar, no me correspondía una audiencia personal. Después de que mi arzobispo me presentara, el Papa me dijo: «¡Oh, qué obispo tan joven!». Y añadió unas palabras sobre llevar la cruz.
La elección de san Juan Pablo II y sus primeros pasos como pastor de la Iglesia fueron extraordinarios. Para una gran mayoría de los católicos supusieron un inmenso don del Señor y un impulso espiritual y apostólico. Su llamada a no tener miedo y a abrir las puertas a Cristo marcó profundamente la vida de la Iglesia durante los años ochenta y noventa.
Benedicto XVI continuó ese impulso con una personalidad humana extraordinariamente sencilla, pese a ser uno de los grandes intelectuales de la Europa y del mundo contemporáneos. Necesitamos renovar ese impulso, con obediencia a la gracia de Dios y humildad para acogerla. Rezo para que el Papa León XIV nos ayude a vivir una nueva etapa de renovación y para que la Iglesia vuelva a ser una luz para una Europa desconcertada y para un mundo que atraviesa una situación igualmente inquietante.
—Si tuviera que resumir en una frase estos casi 50 años como obispo y casi 68 como sacerdote, ¿qué diría?
—Que el Señor me ha concedido permanecer unido a Él.