De las fronteras y las guerras a la migración, la educación, la inteligencia artificial o los prejuicios cotidianos. León XIV ha convertido la imagen del muro en una de las metáforas más persistentes de su primer año y medio de pontificado. Pero su mensaje no consiste simplemente en derribar murallas: se trata de transformar las divisiones en lugares de encuentro.
Hay palabras que terminan revelando la arquitectura interior de un pontificado. En el caso de León XIV, una de ellas es «muro». Aparece una y otra vez en sus discursos, homilías y documentos. Muros entre pueblos y naciones, entre religiones y culturas, entre ricos y pobres, entre quienes piensan diferente. Muros visibles y, sobre todo, muros invisibles: los del miedo, el prejuicio, la indiferencia, la desinformación o la desconfianza.
Y frente a ellos aparece otra palabra, casi inseparable de la primera: puente.
No es una cuestión meramente retórica. Cuando León XIV habla de muros está ofreciendo una determinada lectura del mundo contemporáneo. Y cuando pide construir puentes está proponiendo también una determinada manera de vivir el Evangelio.
La imagen aparece ya con claridad en Diseñar nuevos mapas de esperanza, la Carta Apostólica publicada con ocasión del 60º aniversario de Gravissimum educationis. Al hablar de la educación católica, el Papa afirma que las comunidades educativas que se dejan guiar por Cristo «no levantan muros, sino que construyen puentes».
La afirmación tiene algo de programa. La escuela, la universidad y los espacios de formación no pueden convertirse en lugares cerrados sobre sí mismos. Tienen que ser espacios de encuentro, de diálogo entre generaciones, culturas y saberes.
En el documento que reúne numerosas intervenciones de León XIV aparece también su petición de educar «en lenguajes no violentos, en la reconciliación, en tender puentes y no muros».
Para León XIV, educar es también enseñar a convivir. Y quizá sea precisamente en la educación donde comienza la batalla contra los muros que después aparecen en la política, en la sociedad o en las relaciones internacionales.
En Dilexi te, el Papa lleva la metáfora directamente al terreno de la pobreza y de las migraciones. La Iglesia, dice, «camina con los que caminan». Allí donde el mundo ve una amenaza, ella ve hijos; donde se levantan muros, construye puentes.
Aquí el muro deja de ser solamente una construcción de piedra. Se convierte en una forma de mirar al otro. El migrante puede convertirse en una amenaza. El pobre, en alguien incómodo. El extranjero, en un extraño. El diferente, en un adversario.
Por eso el Papa insiste tanto en los muros invisibles. En noviembre de 2025 denunciaba, en la inauguración del curso de la Pontificia Universidad Lateranense, que el individualismo alimenta «los prejuicios y los muros hacia los demás y en particular hacia quienes son diferentes». La respuesta debía ser una cultura de reciprocidad, alteridad, diálogo y fraternidad.
El muro exterior, parece sugerir León XIV, suele comenzar mucho antes: se construye primero en la mente y en el corazón.
La imagen adquiere una fuerza particular cuando León XIV se dirige a los jóvenes del Mediterráneo. «El horizonte del creyente no es el de los muros y las alambradas, sino el de la acogida recíproca», afirma. El Mediterráneo, tantas veces convertido en frontera y cementerio, aparece así bajo otra luz: lugar de encuentro entre culturas y religiones. No se trata de ignorar las diferencias. Se trata de impedir que las diferencias se conviertan en muros.
Esta distinción resulta fundamental en el pensamiento de León XIV. No propone borrar las identidades, sino impedir que las identidades se transformen en trincheras. Lo volvió a expresar con motivo del Día Internacional de la Fraternidad Humana de 2026. El mundo, advertía, construye demasiado a menudo «muros en vez de puentes». Frente a ello, invitaba a reconocer al otro ya no como extraño o amenaza, sino como hermano o hermana.
Y aquí aparece una paradoja que hace especialmente interesante la metáfora de los muros en León XIV. Porque el Papa no habla siempre de derribarlos. En Magnifica humanitas recupera la figura bíblica de Nehemías, que contempla las ruinas de Jerusalén y reúne al pueblo para reconstruir sus murallas. La imagen podría parecer contradictoria con el permanente llamamiento a derribar muros. No lo es. Para León XIV, Nehemías no representa una comunidad que se encierra, sino una comunidad que reconstruye después de la destrucción. Ladrillo a ladrillo, todos aportan algo para levantar una convivencia más justa y proteger la dignidad de las personas.
La pregunta, por tanto, no es simplemente si debemos tener muros. La pregunta es mucho más profunda: ¿Qué muro estamos construyendo y para qué? Un muro puede proteger una casa. Pero puede también convertirse en una prisión. Puede custodiar una historia o impedir el futuro. Puede sostener una comunidad o excluir al que está fuera.
La respuesta más bella aparece en la misma reflexión sobre Jerusalén. León XIV contempla la imagen de la nueva Jerusalén del Apocalipsis. Allí los muros ya no son fortificaciones defensivas. Las puertas permanecen abiertas a las naciones y la ciudad se convierte en lugar de luz, de vida y de curación. Es una imagen profundamente cristiana: la ciudad tiene muros, pero no tiene puertas cerradas. Quizá ahí se encuentre la clave de todo el discurso de León XIV sobre las murallas. No se trata de imaginar una humanidad sin límites ni estructuras. Se trata de construir una humanidad en la que las fronteras no sean excusas para la exclusión.
La metáfora adquirió una particular fuerza durante el viaje de León XIV a España. Ante la Virgen de la Almudena, el Papa recordó la tradición según la cual la imagen de María fue escondida en un recinto de la antigua muralla madrileña para protegerla. Permaneció allí hasta que el derrumbe de una parte de los muros permitió encontrarla.
León XIV convirtió esta tradición en una parábola contemporánea: «para edificar algo nuevo, hermoso y duradero hay que estar dispuestos a destruir los muros», porque necesitamos espacios que nos permitan «vislumbrar el horizonte».
Es probablemente una de las frases que mejor resumen esta dimensión de su pontificado. A veces hay que derribar un muro para volver a ver el horizonte. Y eso vale para las sociedades, para la Iglesia y también para las personas.
Pero el muro tiene finalmente en León XIV una raíz teológica. No se trata únicamente de sociología, política o diplomacia. El fundamento último es Cristo. En el Rosario de clausura del mes mariano, el Papa recordó que Jesús es «nuestra paz» y que Él «derriba los muros de la enemistad».
Y en Lampedusa, en julio de 2026, lo expresó todavía con mayor claridad: «Donde existían muros de separación, Cristo los ha derribado». A continuación, estableció una consecuencia decisiva: «No hay amor de Dios sin amor al prójimo y no hay prójimo si yo no me acerco».
Acercarse al otro es el movimiento contrario a levantar un muro. La fraternidad cristiana no consiste en proclamar que todos somos hermanos desde la distancia. Consiste en aproximarse.
Quizá los muros que más preocupan a León XIV sean precisamente los que no se ven. En agosto de 2026, ante jóvenes franciscanos, habló de los «muros del prejuicio», de los miedos alimentados por la desinformación y de las fronteras artificiales. Y advirtió contra una cultura de la fuerza que fabrica enemigos para defender identidades amenazadas.
Poco después habló de las ciudades contemporáneas, «llenas de muros invisibles que nos separan unos de otros»: discriminaciones y desigualdades que podrían desaparecer cuando aprendamos a reconocernos verdaderamente como hermanos y hermanas.
Son los muros más difíciles de derribar porque no necesitan cemento. Están hechos de miedo, de indiferencia, de prejuicios, de soledad, de superioridad, de resentimiento.
La imagen alcanza también la historia europea. En Metz, al hablar de Robert Schuman, León XIV recordó a quienes trabajaron para «derribar los muros» que habían desgarrado Europa. Schuman comprendió, después de las guerras, que los pueblos que durante siglos habían combatido podían descubrir que se necesitaban mutuamente.
Es una idea particularmente actual: Europa no puede limitarse a defender sus fronteras. Tiene también que preguntarse qué quiere hacer con ellas. Una frontera puede ser un lugar de encuentro o un lugar de rechazo. La diferencia no está solamente en la frontera, sino en la mirada de quien la atraviesa.
Vista en conjunto, la insistencia de León XIV en los muros dibuja una verdadera geografía espiritual de su pontificado. Están los muros de las guerras y de las fronteras; los de la pobreza y la exclusión; los del individualismo y el nacionalismo; los del fundamentalismo religioso; los de la desinformación; los que separan a generaciones y culturas; los que convierten al migrante en enemigo y al pobre en invisible. Frente a ellos, una cadena de verbos: acoger, escuchar, reconciliar, dialogar, caminar juntos, tender puentes, derribar prejuicios, reconstruir.
Y aquí aparece una de las expresiones más significativas de León XIV: «Sean hombres y mujeres que construyen puentes, mientras otros levantan muros».
No es un programa ingenuo. Construir un puente es más difícil que levantar una muralla. El muro puede nacer del miedo; el puente necesita confianza. El muro separa inmediatamente; el puente exige paciencia.
Por eso quizá esta metáfora termine siendo una de las más representativas del nuevo pontificado. León XIV no propone una Iglesia sin muros. Propone una Iglesia que sepa distinguir entre los muros que protegen y los muros que excluyen; una Iglesia capaz de convertir las ruinas en reconstrucción, las fronteras en encuentro y las diferencias en fraternidad.
La pregunta que queda abierta no es solamente cuántos muros existen hoy en el mundo. Es otra, mucho más incómoda: ¿Qué muros estamos levantando nosotros? Porque el puente no elimina las dos orillas. Las acerca. Y quizá ahí esté la verdadera propuesta de León XIV: no destruir las diferencias, sino impedir que las diferencias nos impidan encontrarnos.
Porque, en último término, el muro que Cristo viene a derribar no es solamente el que separa territorios. Es el que separa corazones.
P. Isaac González Marcos, OSA