«En el lugar donde crucificaron a Jesús había un huerto...»
Los trabajos de investigación arqueológica en el Santo Sepulcro, que se han completado recientemente, han confirmado que se edificó sobre un huerto como el que cita la Biblia
«En el lugar donde crucificaron a Jesús había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo… y como el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús». (Juan 19, 41-42). Cuando uno se aproxima a la Ciudad Vieja de Jerusalén, en el lado occidental de la muralla, se accede por la puerta de Jaffa, donde se pueden apreciar las tres torres que protegían el palacio del rey Herodes el Grande. El bullicio de las tiendas nos atrae a la calle David, el camino natural que cruza hacia el Monte Moriá, al antiguo Templo de Jerusalén. En este itinerario hay un acceso a la izquierda que da paso al Haret en-Nassara o Barrio Cristiano; un callejón nos lleva a una escalinata directamente al patio pavimentado de la Iglesia del Santo Sepulcro.
No cabe duda alguna de que la Iglesia del Santo Sepulcro incluye los sitios tradicionales del Gólgota, el Sepulcro de Cristo y el jardín o huerto mencionado en el Evangelio de Juan que abre este escrito, confirmado por los recientes análisis y trabajos realizados para la preservación de este espacio tan venerado por creyentes de todo el mundo. Se sabe que en el siglo I era la localización de las crucifixiones romanas de entonces, extramuros de la ciudad. Las excavaciones conducidas por la doctora Francesca Romana Stassola (Universidad La Sapienza, Roma) han confirmado la presencia de un huerto mediante estudios arqueobotánicos realizados sobre los sedimentos de los suelos que se están consolidando en la fase actual. Las muestras confirman la presencia de olivos y vides.
Más indicios nos confirman rigurosamente la importancia de esta zona. Por un lado, se erigió un templo de Venus en tiempos del emperador Adriano (quien renombró la ciudad como Aelia Capitolina), que confirma que ya debía existir una veneración temprana de los acontecimientos de la Pasión, no tolerados por el Imperio tras la debacle de la Guerra de Bar Kojba (132-135 d. C.). Por otra parte, la misma presencia de una tumba y nichos propios de la costumbre funeraria judía de entonces.
Todo ello ha salido a la luz gracias a una gran empresa de restauración del Edículo iniciada entre los años 2016-17, debido a su importante deterioro. Se puso en marcha gracias a las observaciones del doctor Amit Reem, arqueólogo especializado en la Jerusalén cristiana por parte de las autoridades de Antigüedades de Israel. A partir de esta intervención, que nos maravilló a todos, se procedió a una segunda fase de consolidación del subsuelo y los nuevos hallazgos siguieron aportando luz. En el estadio final actual, las tareas de preservación se basan en una limpieza minuciosa sobre paredes, lámparas, capillas, etc. Algunas piezas esperan ser exhibidas, como se puede observar en la intensa tarea de ampliación del Museo Terra Sancta de la Custodia Franciscana, que promueve el legado arqueológico y la herencia cristiana al igual que la parte armenia y la griega en sus respectivos museos. Es la pedagogía de las ruinas que, a la luz de la ciencia y la fe en trabajo hermanado, hace de este lugar un simbolismo eterno de esperanza.
Desde el siglo IV
En el 326, la madre del emperador Constantino, la reina Elena, conversa al cristianismo, quedó muy impresionada sobre los testimonios del triste abandono de los lugares santificados por la vida y muerte de Jesús y, con la autoridad y los fondos de su hijo, partió para visitar Tierra Santa.
En Jerusalén identificó el lugar de la crucifixión (la roca considerada Gólgota) y la tumba cercana conocida como Anástasis (en griego, resurrección). El emperador decidió construir un santuario apropiado en el sitio para sustituir el templo romano del siglo II, con una proyección especial sobre la roca de la Crucifixión y la tumba entregada para el cuerpo de Cristo. Fue un momento fundamental, ya que en el proceso de demolición de las estructuras romanas fueron aflorando una serie de tumbas talladas en la roca según la tipología judía y una de ellas, por su posición oculta en el templo romano, fue identificada como la tumba de José de Armatea; el lecho rocoso inclinado que la rodeaba se tuvo que recortar para poder dejar un caparazón independiente (el llamado edículo).
Todos estos aspectos fueron confirmados por diversas excavaciones arqueológicas, apoyadas por relatos de peregrinos y exploradores que ya anticipaban nuestra disciplina de la arqueología bíblica. A fines de la década de 1950, los representantes de los tres grupos religiosos que tutelan la Iglesia del Santo Sepulcro acordaron comenzar un amplio proyecto de excavación y restauración de sus terrenos. Después de que los católicos, griegos y armenios llegaran a este acuerdo, se emprendió la exploración arqueológica completa de la Iglesia del Santo Sepulcro a partir de 1960. Supervisando la operación estuvo el arqueólogo franciscano Padre Virgilio Corbo. Corbo fue meticuloso y la exploración se llevó a cabo paso a paso, con cada evento y hallazgo debidamente registrado para su divulgación al público.