Nos invita a todos - Alfa y Omega

Nos invita a todos

27º Domingo del tiempo ordinario / Mateo 22, 1-14

María Yela
'La parábola del invitado indigno a la boda', obra atribuida a Simon Kick. Rijks Museum (Ámsterdam).
La parábola del invitado indigno a la boda, obra atribuida a Simon Kick. Rijks Museum (Ámsterdam). Foto: Rijks Museum.

Evangelio: Mateo 22, 1-14

En aquel tiempo, volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados:

“Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda”. Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda”. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”. El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos”».

Comentario

La primera reacción al leer este texto de Mateo es de asombro y de perplejidad porque encuentro cierto tinte de elitismo, que no concuerda con el mensaje evangélico. ¿Castiga Dios al que no acoge su invitación? Busco silencio y algún ángulo de interpretación para valorar que se nos invita gratuitamente a celebrar, a participar desde lo que somos, desde quienes somos. Gratuitamente. Dios propone, pero no impone. Invita pero no exige. Espera nuestra respuesta. Y esa respuesta es la que nos termina transformando. Y la que aporta plenitud. Desde la libertad. ¿Valoramos esa libertad? ¿Preferiríamos que nos den todo hecho y no tener que responsabilizarnos de nuestras numerosas decisiones cotidianas?

¡Qué difícil confiar en su voluntad! ¡Qué complicado también ser actores de nuestra vida! Pero no queda otra. Reflexionemos: ¿buscamos esperanza en nuestro caminar o preferimos envolvernos en autosugestiones? Son opciones distintas. Aprendo de Jeremías que «los planes de Dios son siempre mejores». ¿Confiamos en ellos? Intento ponerlo en práctica sobre todo en las noches más oscuras, cuando no tengo nada claro por dónde tirar, cuando todo se hace cuesta arriba. Pero cuesta. Ahí surge Jesús con su mensaje, con su testimonio, con su ofrenda y entrega, con su perdón. Dándose Él entero cuando tampoco entiende. Pero confiando en el Padre. 

Dios nos invita a todos, todos, todos. Grandes y pequeños. Sale al camino a buscarnos por las diferentes encrucijadas posibles. Incluso al que más perdido está. Pienso en aquella frase que leí hace años y me marcó: «Quiéreme cuando menos lo merezca, porque es cuando más lo necesito». La repito muchas veces reflexionando con los internos en la prisión. Allí nos preguntamos en plural junto a Lope de Vega: «Qué tenemos nosotros que nuestra amistad procuras?», ¿cómo nos aceptas? Y descubrimos que «¡nos conociste incluso antes de que nos formaras en el vientre de nuestras madres!». Eso impulsa a seguir adelante. Y a responderle, manteniendo un diálogo sin fin con Él.

¿Quién responde que sí? ¿Quién acude a su mesa? Repasemos nuestra respuesta, esa que nos llevará, o no, al banquete. ¿Qué significa ir con la «ropa oportuna»? Más que procurar una vestimenta perfecta, cuidemos nuestro interior, limpiémoslo, desprendámonos de lo que nos sobra y frena. Demos sentido a nuestras circunstancias. Pongamos en juego nuestra inteligencia y nuestra voluntad, escuchemos nuestro interior. Busquémosle. Pongamos en sus manos lo que no entendemos hoy y confiemos en lo que nos enseña Jesús con su vida y su propuesta; perdonemos como hizo Él, incluso cuando fue vapuleado y crucificado. ¡Qué difícil! Reconduzcamos caminos y contagiémonos del gozo de la fiesta. Decirle sí, acudir a la cita y tenerle cerca, nos hace mejores personas. Sostenernos unos a otros, haciendo camino juntos, es descubrir resurrección y luz en los hechos cotidianos.

Dios no rechaza al que le niega, pero acoge con inmensa ternura al que le dice sí. Es renovarnos porque su esperanza es la nuestra. Participar de su banquete es alimentarnos con su acogida. Es no temer, porque descubrimos que Él va con nosotros. Ya nos lo dijo desde la cruz: «Hoy estarás conmigo». ¡Esa es la fiesta!