Señor, ¿dónde quieres que trabajemos este año? - Alfa y Omega

Señor, ¿dónde quieres que trabajemos este año?

No estamos llamados a ir repitiendo años. Por eso comenzamos el curso con la Semana de la Palabra, para situarnos en el lugar desde el que lo demás encuentra sentido

Redacción
El arzobispo de Madrid durante la homilía.
El arzobispo de Madrid durante la homilía. Foto: Archimadrid.

Homilía en la Misa de inicio de la Semana de la Palabra, el 20 de septiembre en la catedral de la Almudena

 Comenzamos un nuevo curso pastoral y lo hacemos escuchando esta llamada del Señor. Antes de preguntarnos qué vamos a hacer, qué tendremos que cambiar o cuáles serán nuestras prioridades, necesitamos reconocer de nuevo quién nos convoca y para qué nos llama. Porque no estamos llamados a ir repitiendo años. La vida de fe no es un círculo que cada año va siendo igual; la vida de Dios, como la vida del amor, siempre es ascendente.

Por eso queremos comenzar el curso con la Semana de la Palabra. No se trata de añadir una actividad más al calendario, sino de situarnos en el lugar desde el que todo lo demás puede encontrar su sentido. Necesitamos escuchar al dueño de la viña, porque la viña no es nuestra. Tampoco lo es la Iglesia ni la misión que hemos recibido. Es el Señor quien llama, reúne a su pueblo y lo envía.

Vista general del interior de la catedral.
Vista general del interior de la catedral. Foto: Archimadrid.

El Concilio Vaticano II dice en Dei Verbum que, en la Escritura, el Padre sale al encuentro de sus hijos y conversa con ellos. Y añade que toda la vida y la predicación de la Iglesia deben nutrirse de la Palabra y regirse por ella. Ahí queremos situarnos al comenzar este curso: escuchar para discernir y discernir para poder responder.

Porque existe un peligro muy real en nuestra vida de fe: trabajar mucho en la viña y terminar olvidándonos de escuchar al dueño de la viña, la voz del Señor, o de renovar la llamada que nos hace. 

«Id también vosotros»

La parábola nos presenta a un Dios que no llama una sola vez en la vida, Dios llama muchas veces. El propietario sale al amanecer, vuelve a media mañana, sale de nuevo al mediodía y continúa buscando trabajadores incluso cuando la jornada está ya muy avanzada.

Esto nos descubre algo importante sobre Dios y también sobre nosotros: Dios no se cansa de llamar. Cuando nosotros podemos pensar que algunas personas están demasiado lejos, que otras llegan tarde o que determinados ambientes ya no responderán al Evangelio, Dios vuelve a salir a la plaza y abre una posibilidad nueva.

Un momento de la celebración.
Un momento de la celebración. Foto: Archimadrid.

Por eso, comenzar un curso pastoral significa también renovar nuestra vocación, la llamada que el Señor nos hace para trabajar en su viña. No solamente la vocación personal, como si la llamada fuera una historia entre Dios y cada uno de nosotros. Somos llamados juntos; somos con-vocados. Dios reúne un pueblo y dentro de él nos confía dones, ministerios, responsabilidades y carismas diferentes.

Este es uno de los aprendizajes que necesitamos seguir haciendo en nuestra Iglesia de Madrid. Sacerdotes, diáconos, vida consagrada, laicos, familias, jóvenes, mayores, comunidades, movimientos, colegios, Cáritas y tantas realidades eclesiales participamos de una misma misión desde vocaciones y responsabilidades diferentes.

Y aquí la parábola nos coloca ante una verdad elemental que nunca deberíamos olvidar: todos somos trabajadores y ninguno es dueño de la viña.

«Nadie nos ha contratado»

Hay otra respuesta de la parábola que puede ayudarnos mucho a mirar la realidad que tenemos delante.

El propietario encuentra a unos hombres que llevan todo el día en la plaza y les pregunta: «¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?». Ellos no responden que no quieran hacerlo; dicen simplemente: «Nadie nos ha contratado».

Cuando pensamos en tantos jóvenes que no encuentran su lugar, en bautizados que viven desconectados de la comunidad cristiana, en familias que se han alejado, en personas heridas por la Iglesia, en migrantes que buscan dónde arraigar, o en hombres y mujeres que ya no comprenden nuestro lenguaje religioso, quizá estamos escuchando «nadie nos ha contratado».

El Evangelio introduce otra posibilidad: quizá nadie ha salido hasta donde estaban ellos. Y entonces la pregunta deja de ser solamente por qué no vienen y comienza a ser también por qué nosotros no llegamos.

¿Quién permanece hoy en nuestras plazas esperando que alguien salga a su encuentro? ¿Quién está buscando a Dios y no sabe dónde hacerlo? ¿Quién necesita una comunidad y todavía no la ha encontrado? ¿Qué preguntas están naciendo en nuestra sociedad y nunca llegan hasta nuestro corazón?

La experiencia de estos últimos meses —y también lo vivido durante la visita del Santo Padre— nos ha permitido descubrir que existe mucha más búsqueda de la que a veces percibimos desde nuestros espacios eclesiales. ¿No están esperando una llamada? ¿No están esperando reconocer la llamada del Señor de los labios de la Iglesia?

Por eso necesitamos recuperar la inquietud del propietario de la parábola y volver a salir. La misión no es una actividad que añadimos a una Iglesia ya construida; pertenece a nuestra identidad y determina también nuestra manera de organizarnos, nuestras prioridades y el uso de nuestros recursos.

Una nueva oportunidad para nuestra Iglesia de Madrid

Tenemos un curso por delante y queremos recibirlo como una nueva oportunidad en esta hora concreta que Dios nos concede.

El camino pastoral que estamos proponiendo para Madrid puede resumirse en tres grandes movimientos que se necesitan mutuamente: generar discípulos, construir comunidad y anunciar la buena noticia del Evangelio en Madrid.

Por eso este curso tendremos que preguntarnos cómo acogemos lo vivido durante la visita del Santo Padre y qué llamadas permanecen después de aquellos días; cómo encarnamos el plan diocesano en la realidad concreta de nuestras parroquias y comunidades.

Además de las convocatorias en cada comunidad, los fieles estaban llamados a empezar juntos el curso en la catedral.
Además de las convocatorias en cada comunidad, los fieles estaban llamados a empezar juntos el curso en la catedral. Foto: Archimadrid.

Y, desde ahí, afrontar la pregunta fundamental: ¿Qué está pidiendo el Espíritu Santo este curso a nuestra Iglesia de Madrid? ¿Qué me pide a mí en ella? 

No nos perdamos el don de poder trabajar en la viña porque, en definitiva, ese es el mejor regalo para los trabajadores y para lo que el Dueño sale: para que tengamos sentido y nuestra vida sea plena. No por el salario recibido, sino por la tarea. El don es participar en la viña del Señor, la tarea compartida con este amo que nos da la libertad plena y la vida eterna.

Reactualizar el corazón

Todo esto exige algo más profundo que cambiar programas. Necesitamos reactualizar el corazón y dejarnos convertir.

Por eso comenzamos el curso donde tenemos que comenzar: escuchando.

La Biblia estuvo entronizada durante la celebración.
La Biblia estuvo entronizada durante la celebración. Foto: Archimadrid.

Quizá podemos comenzar haciéndonos personalmente y en nuestras comunidades una pregunta muy sencilla: Señor, ¿dónde quieres que trabajemos este año?

Esta pregunta nos llevará seguramente a otras: a qué plazas necesitamos salir, a quién no estamos viendo, qué necesitamos revisar y con quién nuevo tenemos que aprender a caminar.

Escuchemos la voz del Señor y disfrutemos de ser llamados a esta viña, porque en eso nos va la vida. Escuchemos de nuevo lo que el Señor nos dice y dice a su Iglesia:

«Id también vosotros a mi viña».