Como la primera vez - Alfa y Omega

Cuenta La Odisea que Afrodita, la diosa del amor, solía bañarse en el mar de Pafos para recuperar su virginidad. Para los antiguos griegos, este rito simbolizaba el deseo inagotable que mueve el mundo. El baño en Pafos permitía a la diosa vivir cada nueva experiencia amorosa con la frescura del primer día, preservando intacta su sensibilidad y capacidad de asombro, como si nunca antes hubiera sido tocada. La intuición de la mitología griega de que vivir cada encuentro o acontecimiento como si fuera la primera vez es un don reservado a los dioses, se explicitó y desarrolló posteriormente en el cristianismo como una gracia («¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?»; o «Mira, que hago nuevas todas las cosas», escribe san Juan en su Evangelio y en el libro del Apocalipsis, respectivamente). Así, provocativamente, partiendo de esta tradición religiosa, Madonna, al recordar un encuentro amoroso imprevisto y fuera de lo común, cantaba como este le hizo sentir «Like a virgin, touched for the very first time […] When your heart beats next to mine».

Sin embargo, como constata amargamente Devolverte, la genial canción de Jero Romero, «cada vez no puede ser la única vez»; nadie puede devolver su objeto de deseo a «su estado original». El asombro, la inesperada sorpresa ante la maravilla del gratuito darse de la vida, desgraciadamente, no es el estado natural del hombre. Al contrario, su «configuración por defecto», como diría Foster Wallace, es el acostumbramiento. Por eso, fenómenos como el eclipse solar total que vivimos en algunas partes de España el pasado 12 de agosto son tan extraordinarios, y no tanto por el hecho en sí —que solo se repite en un mismo lugar cada 100 años—, sino por la reacción que provocó. Centenares de miles de personas, de todas las edades y extracciones sociales, vivieron con los maravillados ojos de un niño el escaso minuto y medio de oscurecimiento del cielo, y muchos lo describieron como la más alucinante experiencia de sus vidas. Mariano Torrente, en su reciente libro Quiero que estéis bien atentos. Cómo recuperar el asombro y transformar la mirada (Ariel, 2026), partiendo de su recorrido como directivo de empresas y como mago profesional, se plantea con seriedad este problema: «En la vida —y en la magia— el desafío no es desvelar el mecanismo ni salir del teatro diciendo: “Ya sé cómo se hace”; el reto es recuperar la frescura de la primera vez». Ahora bien, si no podemos provocar artificialmente a nuestra demanda eclipses solares, ¿cómo se consigue esto?

Mirar con asombro las cosas no es el resultado de una técnica de coaching con vistas a ser más productivo laboralmente o poder monetizar mejor el consumo de experiencias, sino la condición previa y necesaria para poder vivir con esperanza, con más protagonismo y creatividad: «Nacemos curiosos; venimos de serie con un “¿y eso?” incorporado […]. Luego crecemos, nos volvemos prácticos y, sin darnos cuenta, cambiamos la curiosidad por el control. El resultado es un mundo más predecible, una vida más estrecha de miras». Mariano Torrente propone su experiencia como mago como vía para recuperar «una disponibilidad interior» que amplíe «la capacidad para percibir» lo que sale a nuestro paso, y que nos permita «seguir descubriendo lo extraordinario en aquello que creemos sabernos de memoria, en lo cotidiano, en lo de siempre». En efecto, la magia es un modo privilegiado de educar esa disponibilidad para percibir y recibir, ya que «ofrece una pausa que nos obliga a concentrarnos con plenitud, a observar con lupa cada movimiento en busca del truco oculto […]. La mirada se agudiza, la mente intenta anticipar lo que va a ocurrir, pero al final el engaño es tan sutil que se escapa incluso al ojo más atento. Es en ese preciso instante cuando el espectador se da cuenta de que, a pesar de su concentración, no ha logrado desvelar el misterio, y es ahí donde surge el asombro».

La clave del engaño, y este es el aprendizaje que el autor propone para la vida cotidiana, es que «el verdadero golpe nunca sucede en el centro de la escena sino en la periferia de la conciencia, allí donde la mente, confiada, baja la guardia». Es el emerger del imprevisto lo que rescata la vida de su sopor, y el truco de magia es un recordatorio de que «el mundo sigue estando por estrenar, esa “visión de eterno principiante” que los artistas veneran y que los magos cuidamos». No es entonces de extrañar cómo el recientemente fallecido Juan Tamariz, uno de los mejores magos de la historia y maestro de Mariano Torrente, insistiera tanto en que «el arte de la magia debe tener la finalidad de elevar la cuota de felicidad en el mundo, en los demás y en nosotros mismos». La magia, así, tiene una insustituible función social, ya que su misión, concluye el autor, «no está en engañar, sino en producir la ilusión de lo imposible. Es despertar algo que ya vivía en el otro. Cada encuentro puede ser decisivo si estamos en disposición de escuchar, aprender y crecer».

A Juan Tamariz (1942-2026), I. M., por tantos momentos de felicidad que me regaló a lo largo de mi vida.