A la manera de Italia en Madrid - Alfa y Omega

A la manera de Italia en Madrid

El Museo del Prado propone detener la mirada con una exposición que muestra cómo el arte convirtió los intercambios entre Italia y España en nuevas formas de expresar la fe y el misterio cristiano

Juan Carlos Mateos González
Imagen de las salas de la exposición en el Museo del Prado.
Imagen de las salas de la exposición en el Museo del Prado. Foto: Museo Nacional del Prado.

La exposición A la manera de Italia. España y el gótico mediterráneo (1320-1420), que puede visitarse actualmente en el Museo Nacional del Prado, nos permiten conocer una época y, además, nos invita a detener la mirada. La muestra propone un recorrido por uno de los momentos de mayor riqueza del arte gótico mediterráneo y permite contemplar cómo, entre los siglos XIV y XV, las relaciones entre Italia y los territorios de la Corona de Aragón y Castilla favorecieron una intensa circulación de artistas, modelos, técnicas e imágenes.

El interés de la exposición no reside únicamente en mostrar la influencia italiana sobre el arte hispano. El fenómeno fue más complejo. Las novedades procedentes de Italia fueron recibidas, reinterpretadas y transformadas en contacto con las tradiciones locales, dando lugar a un lenguaje artístico nuevo. Las obras hablan de viajes, encuentros y transformaciones, pero también de la capacidad del arte para transmitir una determinada manera de comprender el mundo y, en particular, el misterio cristiano.

Tabla con la 'Coronación de la Virgen' de Barnaba da Modena, 1374. The National Gallery (Londres).

Tabla con la Coronación de la Virgen de Barnaba da Modena, 1374. The National Gallery (Londres). Foto: Museo Nacional del Prado.

En este contexto, las imágenes religiosas medievales pueden ser contempladas desde una perspectiva que va más allá de su valor histórico o artístico. Fueron creadas para formar parte de un universo en el que mirar una imagen significaba también acercarse a aquello que la imagen representaba. No eran solamente objetos destinados a ser admirados, sino que acompañaban la oración, alimentaban la memoria y ayudaban a hacer visible lo invisible.

Una de las obras que mejor permite experimentar esta dimensión es la Virgen con el Niño, de Barnaba da Modena, fechada en 1374 y perteneciente a la National Gallery de Londres. La tabla forma parte de un conjunto en el que aparecen también la Coronación de la Virgen, la Trinidad y la Crucifixión. María sostiene a Jesús sobre sus brazos y dos personajes aparecen arrodillados ante ellos. La Encarnación no presenta a un Dios que contempla la condición humana desde una distancia inaccesible. Presenta a un Dios que entra en ella, que acepta sus límites y que se pone en manos de una criatura. María no aparece aquí únicamente como Reina o como Madre de Dios, sino como aquella que recibe y sostiene un misterio que la supera.

'Descenso a los infiernos'. Temple y pan de oro sobre tabla. Museo de Zaragoza.

Descenso a los infiernos. Temple y pan de oro sobre tabla. Museo de Zaragoza. Foto: Museo Nacional del Prado.

La propia composición de la obra hay que contemplarla en relación con las otras tablas con las que forma un conjunto unitario. La escena de la Virgen y el Niño tiene un gran paralelo visual con la Crucifixión. La National Gallery ha señalado incluso la posible relación simbólica entre la madera del banco sobre el que se sientan María y Jesús y la madera de la cruz representada en las escenas contiguas. El Niño que María sostiene es, por tanto, el Cristo que será crucificado. La ternura de Belén contiene ya la entrega del Calvario. El Dios que se hace pequeño es el mismo Dios que se entregará hasta el extremo. El arte permite así contemplar en una sola mirada aquello que la liturgia cristiana recorre a lo largo de todo el año: Encarnación, Pasión y Gloria.

Desde aquí, el recorrido nos conduce hasta otra obra de la exposición: el Descenso a los infiernos, procedente del retablo de la Resurrección de Jaime Serra, realizado entre 1381 y 1382 para el monasterio de las Canonesas del Santo Sepulcro de Zaragoza. La imagen presenta a Cristo entrando en el reino de la muerte para liberar a los justos. Adán y Eva aparecen entre aquellos que son rescatados mientras las fuerzas del mal quedan vencidas. La iconografía, vinculada a la tradición cristiana sobre el descenso de Cristo a los infiernos, representa visualmente una afirmación esencial de la fe pascual. El Cristo que desciende hasta los infiernos es un Dios que no permanece al margen de las oscuridades humanas. Entra en ellas. Las transforma desde dentro.

Imagen de las salas de la exposición en el Museo del Prado.
Imagen de las salas de la exposición en el Museo del Prado. Foto: Museo Nacional del Prado.

El mensaje de esta tabla resulta especialmente significativo si se contempla en continuidad con la Virgen con el Niño. El mismo Dios que acepta ser sostenido por unas manos humanas es el que después desciende hasta el último límite de la condición humana. La Encarnación y la Pascua aparecen así unidas por un mismo movimiento. 

Quizá esta sea una de las aportaciones más sugerentes que el arte religioso puede seguir ofreciendo al hombre contemporáneo. No se limita a conservar la memoria de unas creencias pertenecientes al pasado. Puede abrir una puerta hacia el misterio y devolver actualidad a preguntas que continúan siendo esenciales. Tal vez contemplar estas obras puede enseñarnos algo particularmente necesario en nuestro tiempo: a mirar. A mirar más despacio. A descubrir que detrás de una imagen hay una historia, una fe y una determinada comprensión del misterio. Y, finalmente, a permitir que aquello que contemplamos nos hable al corazón.

Del arte a la contemplación. De la contemplación al misterio. Y del misterio, quizá, al encuentro con Dios.