15 de septiembre: Santa Catalina de Génova, la mujer que enseñó cómo es el purgatorio
Cambió la forma de entender el purgatorio para siempre, pero antes tuvo que pasar por un matrimonio fracasado y años de disipación. Cuando conoció el amor de Dios y el alcance de sus pecados, se dedicó a la oración y a aliviar el dolor de los demás
Lo que podemos saber hoy acerca del purgatorio se lo debemos sobre todo a una mujer italiana, laica, que tuvo una experiencia mística singular que influiría más tarde en toda la Iglesia.
Catalina nació en Génova, de familia noble. A los 13 años quiso entrar a vivir en un convento, pero las religiosas la rechazaron a causa de su edad. No tuvo tiempo de discernir mucho más, porque unos años más tarde sus padres acordaron su matrimonio con un joven de una familia rival, Giuliano Adorno. Fue una decisión estratégica de conveniencia que, sin embargo, trajo mucho dolor a la vida de Catalina.
Guiliano era violento y llevaba una vida disipada, era infiel a su mujer y pasaba el tiempo de fiesta en fiesta. Al no poder tener con su marido una relación matrimonial estable, la misma Catalina se entregó a las mismas diversiones que su esposo, unos años que ella describiría más tarde como de «disipación».
Todo cambió el 20 de marzo de 1473. Se sintió movida a confesarse, por lo que fue al monasterio de Nuestra Señora de la Gracia. Allí, arrodillada en el confesionario, tuvo al mismo tiempo la percepción de toda su miseria, con todos sus pecados y defectos, y la certeza imborrable del amor incondicional de Dios. Volvió a casa como pudo y se encerró en su cuarto a llorar: «No más mundo, no más pecados», repetía. Estaba tan decidida que renunció a partir de entonces no solo a los placeres de la carne, sino a sus legítimas necesidades; de hecho, estuvo los cuatro años siguientes guardando un ayuno exacerbado que llegó a mermar su salud y sus fuerzas.
Después de esa intensa etapa purgativa, su alma comenzó a abrirse más al Señor y a su amor, y por eso se hizo asidua de la comunión diaria, una práctica por entonces nada común. Su ejemplo acabó cuajando en la vida de Giuliano, que también acabó dejando su vida disoluta y hasta terminó sus días como terciario franciscano.
Un estado de amor
De esta etapa son las abundantes experiencias místicas de Catalina, sus visiones y diálogos con el Señor, y en especial su revolucionaria doctrina del purgatorio. La Iglesia ya enseñaba que quienes mueren en gracia de Dios, pero todavía no están plenamente purificados, pasan por una purificación antes de entrar en el cielo. Pero la gente se imaginaba el purgatorio como un lugar físico —situado incluso en el centro de la tierra—, donde los pecadores eran castigados pasándolos por el fuego, en una especie de infierno más liviano y, afortunadamente, temporal.
El Tratado del purgatorio de Catalina no lo explica así. Ella dijo que no era un lugar de sufrimiento, sino un estado de amor. «No creo que sea posible encontrar un contento comparable al de un alma del purgatorio, como no sea en el que tienen los santos en el Paraíso», escribió. El alma sufre muchísimo, pero no porque sea castigada por Dios por sus pecados, sino porque ama a Dios y quiere ser totalmente de Dios, y por eso hasta desea el purgatorio, «para purgar toda herrumbre y mancha de pecado que en esta vida no hubiese purgado».
No quiso recuperar su ambición adolescente de unirse a una comunidad de monjas, sino que ella misma creó a su alrededor un círculo de amigos que rezaban juntos, hablaban de asuntos espirituales y se aliaban para hacer el bien. A él acudieron sacerdotes, monjas y prohombres de la ciudad, deseosos de escuchar las palabras de Catalina y de poner en práctica su fe en lo más concreto.
En el año 2019, un equipo de investigadores realizó un estudio anatómico forense que concluyó con la publicación de una representación facial de la santa tal como debió de ser en los últimos años de su vida. Para ello se utilizaron técnicas de producción 3D a partir de las fotos del cráneo, aprovechando la excepcional conservación del cuerpo de la santa, venerado como incorrupto durante siglos.
Ella visitaba a menudo el hospital de San Lázaro para leprosos y el hospital de los incurables, llegando incluso a contraer la peste en la epidemia de 1493, de la que salió milagrosamente restablecida. Impulsados por su ejemplo, sus discípulos también crearon varias obras de beneficiencia en favor de las familias más humildes de la ciudad.
Catalina moriría finalmente, rodeada de sus amigos, el 15 de septiembre de 1510, después de una vida dedicada a Dios y a los demás. Como explicó muchos años más tarde Benedicto XVI, dos elementos caracterizaron toda la existencia de la santa: «Por un lado, la experiencia mística, es decir, la profunda unión con Dios; y, por otro, el cuidado de los enfermos, la organización del hospital y el servicio a los demás, especialmente a los más necesitados y abandonados». Por este motivo, «nunca debemos olvidar que, cuanto más amemos a Dios, más podremos amar verdaderamente a quienes nos rodean, porque podremos ver en cada persona el rostro del Señor, que ama sin límites ni distinciones». Así, el misticismo y la espiritualidad «no crean distancia con los demás, ni una vida abstracta, sino que nos acercan a todos».