El hollín y la esperanza
Junto a la capilla todavía puede verse sobre la pared una mancha negra que recuerda las llamas de aquel 11-S. Que ese resto de hollín siga ahí es un acto genuinamente humano, porque permite integrar con cierta naturalidad el dolor en la vida diaria
En el lugar donde un avión atravesó el Pentágono a las 9:37 horas del 11 de septiembre de 2001 hay ahora un altar. Allí murieron 184 personas: 125 que se encontraban dentro del edificio, además de los 53 pasajeros y los seis miembros de la tripulación. Se cumplen 25 años del atentado que cambió nuestro mundo y quizá esta foto sirva para recordarnos que solo Dios puede sanar heridas tan profundas como las producidas aquel 11 de septiembre. Lo hace, además, en ese espacio humilde, de techos bajos y paredes empapeladas; de moqueta gastada y sillas sin rango. El atentado fue brutal, espectacular y ruidoso. El mal suele aparecer disfrazado de gigante. Pero ha perdido. El que ha vencido habita en ese lugar pequeño y en tantos otros repartidos por el mundo. Es un vencedor crucificado que nos ha regalado la redención.
La Capilla Conmemorativa se inauguró un año después del atentado y, desde entonces, de lunes a viernes se celebra una Misa a las 11:30 horas, presidida por sacerdotes dominicos y por los padres marianos de la Inmaculada Concepción. La Eucaristía, claro, es memorial de salvación, es hacer presente el sacrificio de Jesucristo en la cruz y su resurrección. A veces se me olvida y me encuentro a mí mismo aburrido en el banco de mi parroquia tratando de recomponer la lista de la compra. ¿A ti no te pasa? Veo ahora la foto e intuyo ahí, arrodillado frente al Sagrario, al hermano de una de las víctimas. Me parece escuchar su débil susurro, entre el dolor y esa esperanza sin apellidos que solo Él puede ofrecer. Y entonces vuelvo a mi domingo amodorrado y, avergonzado, me propongo concentrarme en la radical, asombrosa y vertebradora realidad de la Eucaristía.
Junto a la capilla todavía puede verse sobre la pared una mancha negra que recuerda las llamas de aquel 11-S. Que ese resto de hollín siga ahí es un acto genuinamente humano, porque permite integrar con cierta naturalidad el dolor en la vida diaria. Tampoco la capilla pretende borrar el sufrimiento ni explicar el misterio del mal. Su presencia es más bien el anuncio de que la muerte, ay, tan temida, es una puerta.
Han pasado 25 años de esas imágenes que han marcado a toda una generación, de ese día bisagra. Pienso en los cerca de 100 millones de estadounidenses nacidos después del atentado y en cuantos eran demasiado jóvenes para recordarlo, y me pregunto qué palabra asocian con aquel día. Puede que venganza, o guerra, o petróleo, o Bin Laden o terrorismo. Todas contienen una parte de lo ocurrido, pero a todas les falta una palabra: esperanza. Esa es la verdad que, día a día, la Iglesia proclama en esa capilla pequeña de horizontes eternos.