El fuego no acabó con todo porque se ayudan
Villaviciosa de Odón y la diócesis de Getafe unen fuerzas para acoger a los vecinos del suroeste de Madrid evacuados por las llamas. «Lo más divino es lo más humano», dice un sacerdote que coordina a voluntarios
«Tienes que hablar con Agapita», nos recomiendan todas las personas acogidas en el pabellón de judo Francisco Valcárcel de Villaviciosa de Odón. Durante el año, el polideportivo aloja las principales competiciones de este deporte en la Comunidad de Madrid. Pero este verano, debido a los incendios que se desencadenaron desde el pasado jueves en la zona, alberga a unos 260 damnificados de pueblos como Pelayos de la Presa, Chapinería, Cadalso de los Vidrios, Aldea del Fresno, Navas del Rey y el Tiemblo. Todos, menos el último, en el suroeste de la región y pertenecientes a la diócesis de Getafe. Los que tienen conocidos cerca ya se han reubicado en casa de amigos y parientes, por lo que quienes quedan aquí son la gente con menos alternativas.
Atravesamos el mar de camillas desplegadas por la UME en las que muchos vecinos intentan echarse la siesta tras cuatro días agotadores y damos con esta vecina de Chapinería de 82 años y su marido Félix de 90, quien ha trabajado toda la vida como cabrero. «Aquí estamos como un hotel de siete estrellas, nos han dado buena ropa, buena comida y, como somos los más mayores, están todos pendientes», nos cuenta ella. Tienen tres hijos en los pueblos de alrededor que igualmente han sido confinados, por lo que aquí no cuentan con familia, pero se han convertido en los abuelos de todos, empezando por varios sacerdotes que les han visitado y la doctora de Villaviciosa de Odón, que «vino aquí porque algunas personas no se encontraban bien».

A Félix y Agapita el incendio les sorprendió el viernes pasado mientras se refugiaban del sol en una terraza. «Entonces llegó un señor y nos dijo que nos teníamos que ir porque estábamos en peligro». El matrimonio obedeció, «cogimos las pastillitas necesarias y nos subimos con lo puesto a un autocar que nos esperaba en la plaza». Viéndose mayores y con una vida recorrida, su primer pensamiento fue que «si nos tenemos que morir, pues lo hacemos en casa». Pero ni fue ese el momento ni lo pasarán solos.
La anciana nos confiesa que la camiseta bajo su mandilón es una donación y que estrena zapatillas porque «las que tenía estaban hechas una pena». No es el único material que se reparte, pues «la gente se ha volcado también con juguetes para los niños». Estos se portan lo mejor posible pero, aunque son buenos, los más pequeños lloran por las noches.

Para que su estancia suponga un buen recuerdo en vez de uno amargo, los jóvenes de la parroquia de Santiago Apóstol pintan, leen cuentos y organizan juegos con los pequeños en un espacio del polideportivo que se ha designado como ludoteca y en el que, además, se celebró Misa tanto el sábado como el domingo. Alejandra está allí entre libros esta tarde después de que Álvaro Piñero —su vicario— pidiera ayuda por un grupo de WhatsApp. «Tratamos de recordarles el amor de Dios a través de la ayuda que les podamos dar y aportarles esperanza y luz en estos momentos complicados». También es voluntaria Eda, quien aborda lo que está en su mano durante sus horas allí y, a la vez, intenta no hacerse imprescindible. «Ya empiezan a conocerse entre ellos y se han hecho amigos a partir de las actividades que hemos organizado. Ayer, que nos fuimos a las 21 horas, ya habían hecho un grupo muy bueno y estaban jugando por su cuenta al fútbol», celebra.
Es precisamente el caso de los hijos de Jackelin, y de su madre con Fiorella y Natasha. Cuando las abordamos se están trenzando el pelo entre sí porque se han hecho amigas aquí. Las dos últimas, aunque son vecinas del mismo Pelayos de la Presa, no se conocían antes y han encadenado dos confinamientos. Al encontrar su pueblo en llamas, el jueves las trasladaron a Chapinería y, al llegar el incendio allí, el viernes las desplazaron hasta Villaviciosa de Odón. En su primer traslado, «la gente lloraba y yo le decía al Señor: “Tú sabes lo que haces, tú tienes el control, no permitas que le suceda nada a mi hijo”», nos cuenta Natasha, de origen venezolano. «No sé cómo hizo el conductor para manejar tan bien porque había muchísimo fuego por todas partes, pero Dios bendijo el autobús para que pudiéramos salir». Y el segundo traslado «fue súper difícil, porque esperábamos que las cosas se calmaran, pero que te evacúen otra vez te hace preguntarte hasta cuándo va a durar». Insiste en que «para mí lo más importante es que mi hijo esté feliz y no importa cómo yo me sienta, confío mucho en Dios; lo que estoy viviendo no es nada comparado con lo que está pasando otra gente y estoy inmensamente agradecida con lo mucho que nos han apoyado».

Bélgica perdió su casa
También lleva otros dos traslados Bélgica —se llama como el país—, cuya casa se encontraba rodeada de pinos a las afueras de Pelayos de la Presa y ha sido de las pocas devoradas por las llamas. «Llegó una alarma diciendo que teníamos que salir y mi marido se quedó regando la casa para que no se queme», pero fue imposible. «Solo han quedado escombros y menos mal que un autobús nos trasladó porque, si no, habríamos perdido la vida», nos cuenta. Ella, que se define como «muy creyente», considera que «ahora habrá que adaptarse» y, pese a la tragedia, encuentra fuerzas para bromear con que «peor será la guerra».
Laura, de Chapinería, se desplaza normalmente en una silla motorizada, pero asegura que no fue un obstáculo para su traslado porque «el autobús tenía elevadores» que le salvaron la vida. Su hija Irene agradece que «aquí vienen Protección Civil, el alcalde, voluntarios de Cáritas, policías y, de hecho, a mi madre hay que ayudarla para acostarse y sentarse, pero da igual la hora que sea porque siempre hay alguien dispuesto». Y da un matiz importante: «A pesar de todo el estrés, el trato ha sido excelente y nunca hemos visto una mala cara».

Álvaro Piñero, vicario en Santiago Apóstol, está siempre en el polideportivo coordinando a quienes quieren ayudar. La mañana antes de nuestra visita ha estado comprando ropa para todo el mundo en una tienda de deportes. «Lo más divino es lo más humano», reivindica. Y asegura que «si no estamos coordinados, esto puede ser horrible», por lo que él, aparte de recibir un sinfín de mensajes, los deriva en cuanto puede «al grupo de la parroquia para que una persona se encargue y organice turnos».
Por último, en declaraciones a Alfa y Omega, Ginés García, obispo de Getafe, recuerda que «no podemos olvidar el mañana, cuando se apaguen los focos, y mucha gente se vea sin nada. Ahí estará la Iglesia para transmitir el pan material y espiritual que vamos a necesitar».
Juan Pedro Izquierdo es alcalde de Villaviciosa de Odón. Cuenta que, gracias a Cruz Roja, supermercados y restaurantes locales, se ha resuelto la manutención de los acogidos hasta el punto de que «hay lista de espera» de negocios que quieren ayudar. También con alternativas para los musulmanes, que son un colectivo importante en Chapinería y Navas del Rey y, de hecho, cuentan con un espacio para rezar en el pabellón. El alcalde se reúne todas las mañanas para planificar la alimentación del día siguiente, pero advierte de que «no he querido hacer un llamamiento general a donar ropa porque con la DANA ya tuve la experiencia de que la gente limpia los armarios». Para esto lanzó una petición «más focalizada» a la Asociación de Vecinos y a Cáritas, «que se vuelcan en todo». Juntos «hemos hecho un ropero» con dignidad. Por último, cuenta que él y Álvaro Piñero, el vicario de Santiago Apóstol, «nos vemos casi todos los días» y unir fuerzas ha sido absolutamente espontáneo. «Si la relación entre el Ayuntamiento y la Iglesia es fluida, esto redunda en el bien de los vecinos», concluye el sacerdote.