«Esta es una de las grandes herencias de España: haber unido la acción histórica con la lucidez de la razón moral […] Cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar». Esta es una de las propuestas que León XIV planteó en la sede del Parlamento español hace escasas semanas.
La situación geopolítica actual abre interrogantes no solo sobre el momento que estamos viviendo, sino sobre el futuro que queremos. El crecimiento económico, los refuerzos de la defensa, la integración de las nuevas tecnologías y el avance de la IA, el flujo de migrantes en países ricos, la recuperación del ser humano en el centro, el respeto a la dignidad de cada persona por lo que es y no por lo que representa ideológicamente… y un largo etcétera han desdibujado los mapas seguros con los que parecía que había empezado el siglo XXI. En ese contexto, sistemas democráticos que aparentemente eran sólidos se tambalean con el crecimiento del enfrentamiento, el refuerzo de la desinformación y las polarizaciones políticas y afectivas.
Al final, detrás de todo, puede detectarse aún la capacidad del ser humano de recuperar su identidad y de dar luz a un entorno en apariencia frágil y dañado. La fotografía parece desalentadora, pero no lo es si se acepta que requiere una reflexión. La lucidez de la razón moral a la que apelaba León XIV es la capacidad de pensar con claridad sobre lo que es bueno y justo, para tomar decisiones responsables que favorezcan el bienestar de todos. Pero esto requiere un proceso, que Aristóteles concretaba en la práctica de la virtud; y que, en todo caso, implica el discernimiento sobre el lugar que la persona ocupa en nuestras decisiones y conducta.
Este planteamiento no está lejos del sistema político y jurídico en el que vivimos en Europa. Pero las instituciones responsables de esa lucidez moral se han desdibujado en el mapa democrático y, en ocasiones, los intereses han sustituido a la verdad y a ese empeño al que apelaba el Papa para hacer que lo posible sea justo y que lo legal sea verdaderamente humano. En Europa, con frecuencia, se deriva la responsabilidad a las instituciones y a los líderes (que la tienen), pero es también necesario apelar a la responsabilidad ciudadana, al liderazgo cívico y a la contribución de cada persona por mejorar el lenguaje, que es el trabajo con el que podríamos construir una sociedad más humana.
Suele afirmarse que la democracia está en crisis y que se han incrementado los regímenes totalitarios utilizando las herramientas democráticas. No deja de ser cierto. Pero hace falta también reflexionar sobre el buen ciudadano y sobre el fundamento humano de toda cultura democrática, que remite a la recuperación de la dignidad de cada persona y de lo genuinamente humano y a superar el reduccionismo que limita su identidad a su ideología. Este proceso no es automático. Requiere la convicción de que cada persona es importante, de que escuchar implica más que oír, porque reclama un acto consciente y libre de estar abiertos empáticamente a las argumentaciones de los demás. Sobre todo, reclama el convencimiento de que, en una sociedad democrática, la diversidad es una riqueza y no un obstáculo; las diferencias son una invitación al encuentro y al diálogo con lo diferente; la desconfianza es la enfermedad que hay que erradicar con transparencia y conversación sosegada y sin confrontación; y, en definitiva, la lucidez moral exige el pensamiento crítico que posibilita diferenciar la verdad de la falsedad y lo justo de lo injusto.
No hay democracia sin pluralidad, como no la hay sin debate y sin diálogo. Y la democracia implica una responsabilidad compartida de toda la ciudadanía. Son numerosos los ejemplos de personas que han ejercido su liderazgo con una propuesta escandalosa. En un país como Sudáfrica, que a día de hoy mantiene aún muchas heridas por curar, la invitación de Mandela al diálogo no se entendió inicialmente. El perdón, argumentaba, no implica olvidar, sino liberarse del odio y el resentimiento para potenciar una convivencia más justa y pacífica. Después de 27 años de prisión, alentaba a «hablar con todos», defendiendo que el diálogo es poderoso para transformar conflictos en acuerdos.
La única manera de recuperar y fortalecer la democracia empieza por la recuperación de la cultura del diálogo y del encuentro, por construir puentes donde han desaparecido los caminos. Es la mejor terapia para una sociedad como la nuestra, cargada de bienestar y de materialismo, que está reclamando permanentemente sanar las heridas de los desencuentros, coser los restos de un diálogo que ha prescindido de la verdad para optar por lo políticamente correcto y por la cultura del descarte.
«Cuando el bien común deja de ser horizonte compartido, la acción pública corre el riesgo de fragmentarse en intereses parciales, incapaces de custodiar aquello que pertenece a todos», dijo el Papa en el Congreso. Por ello, parece indispensable redescubrir el valor insustituible del diálogo y la cultura de la reciprocidad. El reto es volver a situar a cada ser humano en el centro de las decisiones y fomentar el convencimiento de que liderar en un sistema democrático exige servir a toda la sociedad, sacar brillo al interés común y buscar la mejora de toda la ciudadanía. La política es una herramienta para construir esta lucidez moral. Pero una política que sepa unir la acción histórica con la lucidez de la razón moral. Que asuma como primera condición de existencia la verdad de los hechos, de las personas y de la sociedad que se pretende liderar.
La autora habló sobre democracia digital dentro de la escuela de verano El colapso de la democracia. La oportunidad para una geopolítica al servicio del ser humano, que la CEE, la Fundación Pablo VI y la UPSA han organizado del 7 al 9 de julio.