Gemma Minero: «Existe interés en EE. UU. por los libros parroquiales»
Esta profesora de Derecho Civil de la Universidad Autónoma de Madrid nos atiende desde La Haya, donde interviene en el congreso de ALAI, la asociación de académicos de la propiedad intelectual más relevante a nivel mundial. Con ella charlamos de la visión humanista del Papa sobre la inteligencia artificial (IA), pero también del desconocimiento generalizado en las diócesis españolas de su propia riqueza patrimonial y las posibilidades que tienen de gestionarlo.
—En su reciente visita a Madrid, el Papa León XIV ha definido la cultura como «custodia de la memoria». ¿Qué papel tiene la IA en esa tarea?
—El problema al que nos enfrentamos en los sistemas de inteligencia artificial es que la mayoría son entrenados con obras culturales que están en abierto en internet, pero eso no representa necesariamente a la cultura de un país. Porque no todo es accesible y para entrenar con obras propiedad de la Iglesia católica las tecnológicas deberían pedir autorización. Esa reivindicación que hizo León XIV llega en un momento muy acertado donde es necesario revisitar el concepto de cultura, los derechos que la protegen y gestionar su uso por las tecnológicas.
—Su primera encíclica, Magnifica humanitas, reclama una inteligencia artificial centrada en la dignidad humana. ¿Qué consecuencias tiene esto para las obras generadas por IA?
—Los resultados de un sistema de IA que sean fruto puramente mecánico de ese sistema no podemos protegerlo por el derecho de autor, porque no cumplen con la autoría humana. No merecerían la misma tutela que un trabajo hecho por una persona física. Este principio humanista lo sigue el Papa en esa encíclica, donde no llama a huir del uso de la IA, sino a no perder una perspectiva humana de ella en toda la toma de decisiones.
—¿Se pueden entrenar sistemas de IA con bienes de patrimonio cultural?
—En la Unión Europea, desde 2019, se regula un límite obligatorio de minería [escaneo de contenido digital] para fines de investigación científica. Esto significa que la Iglesia, que es titular de diferentes derechos de propiedad intelectual sobre su patrimonio, no puede oponerse a que le minen esas obras para una universidad, un hospital o un museo. El resto de ciudadanos, instituciones o empresas no entran dentro de este límite por lo que, si quisieran hacerlo, habría que ver si la Iglesia se opone o no expresamente a ello.
—¿Podría poner un ejemplo?
—Pensemos en la web de una parroquia o una diócesis. Si queremos oponernos a que minen cuadros, esculturas o partituras, la oposición debe ser expresa. Esto se haría con un informático, en las condiciones de uso, incluyendo un robot TXC, que no es legible por el ojo humano, pero los bots de rastreo sí lo leen, o metiendo metadatos no index. Aquí es importante interpretar el concepto de investigación científica; investigar significa investigar, no sacar rédito económico una empresa. Mi consejo a las diócesis y parroquias es que introduzcan estas medidas técnicas en sus webs para que no les minen el contenido, si no quieren. Y quien quiera hacerlo, que se dirija expresamente a esa diócesis y lo solicite.
—¿Quién puede estar interesado en ese tipo de datos y para qué?
—El patrimonio cultural de la Iglesia tiene un valor incalculable. Imagine el interés de una empresa estadounidense en hacer, por ejemplo, genealogía con los libros parroquiales de las parroquias españolas, ya que allí no había el equivalente al concepto de libro parroquial hasta muchos siglos más tarde. Existe un gran interés en algunas instituciones de ese país en minar esos libros porque ese contenido no ha sido entrenado en ningún sistema de IA aún. Por eso, las diócesis deben pararse a pensar qué les interesa autorizar y a cambio de qué.