La semana pasada asistíamos a otro episodio del desafío cismático del lefebvrismo: el 13 de mayo se hizo pública una escueta declaración de Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, reiterando que «las ordenaciones episcopales anunciadas por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X [FSSPX] no cuentan con el correspondiente mandato pontificio», de forma que, de realizarse el próximo 1 de julio como han anunciado, se tratará de «un acto cismático», que «constituye una grave ofensa a Dios y lleva consigo la excomunión». Y añade que el deseo del Papa es «que den marcha atrás con respecto a la gravísima decisión que han tomado».
La respuesta de la FSSPX no se hizo esperar más que un día: el 14 de mayo se conoció una Declaración de fe católica firmada por su superior, Davide Pagliarani, dirigida a León XIV. En un tono que bascula entre la presunción de pedigrí tradicional y un notable victimismo, asegura llevar medio siglo exponiendo «ante la Santa Sede su conflicto de conciencia frente a los errores que destruyen la fe y la moral católicas». Y como el feligrés que le dice a su párroco que «los curas nos quitáis la fe» cuando no accede a un capricho que viola alguna norma, Pagliarani afea al Pontífice que «el derecho canónico es utilizado no para confirmar en la fe, sino para apartar de ella».
Una acusación a todas luces injusta, ya que solo unos días después del anuncio de febrero, el cardenal Fernández se reunió con Pagliarani para ofrecerle la mano tendida de la Santa Sede, dispuesta a iniciar un diálogo teológico de fondo, con la sola condición de suspender las consagraciones episcopales. La respuesta posterior de la FSSPX fue que tal diálogo es imposible, dado que nunca aceptarán algunos posicionamientos del Concilio Vaticano II (nueva liturgia, ecumenismo y libertad religiosa, sobre todo).
Allí, en el Concilio, empezó todo. El arzobispo francés Marcel Lefebvre (1905-1991), misionero espiritano en África, fue uno de los integrantes del llamado Coetus Internationalis Patrum, un colectivo de obispos que lucharon por la inmutabilidad del magisterio de la Iglesia en fidelidad estricta a la tradición. El malestar posconciliar hizo que fundara en 1970 en Friburgo (Suiza) la FSSPX, y un seminario que poco después se trasladó a Ecône, con la intención de formar sacerdotes de acuerdo con todo aquello que consideraba rechazado por la Iglesia de su tiempo.
El recorrido posterior fue aumentando el volumen del enfrentamiento: suprimida la congregación por el obispo diocesano y por indicación de la Santa Sede, Lefebvre continuó adelante. Llegó a un punto de inflexión en junio de 1976, cuando ordenó a 13 sacerdotes en Ecône, lo que conllevó su suspensión a divinis. Su actitud de desobediencia prosiguió, celebrando una Misa en Lille con miles de asistentes. Pablo VI lamentó su voluntad de «continuar por un camino tan perjudicial para la Iglesia», provocando con sus «gravísimas acusaciones» contra Roma, el Concilio y el Papa una situación grave y dolorosa. Pedía para el arzobispo y sus seguidores «un mayor juicio y verdadera fidelidad a la santa Iglesia católica».
A partir de entonces, la historia no hizo más que empeorar. El otro paso sin marcha atrás fue la consagración de cuatro obispos, con la intención de asegurar la continuidad de la Iglesia, porque desde el punto de vista de la FSSPX, para que los sacramentos sean válidos es necesario que se celebren con el rito latino tradicional. La liturgia reformada por el Concilio no serviría para comunicar la gracia de Dios. El resultado inmediato de este órdago fue la excomunión de los consagrantes —el propio Lefebvre y el obispo brasileño Antonio de Castro Mayer— y los consagrados.
Juan Pablo II reaccionó con la carta en forma de motu proprio Ecclesia Dei. En ella hablaba de una «mala acción» y «triste acontecimiento», lamentando que los muchos esfuerzos realizados para evitar este paso fueran inútiles y señalando como su raíz «una imperfecta y contradictoria noción de tradición» que se opone al magisterio de la Iglesia y rompe los vínculos con el sucesor de Pedro, garante de la unidad. También escribió que el hecho «puede y debe ser, para todos los fieles, un motivo de reflexión sincera y profunda sobre su fidelidad a la tradición de la Iglesia». Para facilitar la reintegración de estos fieles y su cuidado pastoral, instituyó la Comisión Ecclesia Dei.
Los episodios siguientes fueron la remisión de las excomuniones realizada por Benedicto XVI en 2009 —con el escándalo que trajo consigo y la carta en la que el Pontífice alemán explicó las razones— y el reconocimiento que hizo Francisco de la validez de la confesión y el matrimonio administrados por los sacerdotes de la FSSPX. Muestras de la paciencia y la misericordia de los últimos Papas ante un cisma que continúa hiriendo a la Iglesia por parte de un grupo que dice reconocer al sucesor de Pedro… pero que no lo obedece. Su insistencia obsesiva en que lo hacen por «el estado objetivo de grave necesidad en el que se encuentran las almas» esconde una actitud soberbia que divide y daña.