Muere el hermano Jean-Claude, de la Comunidad del Cordero

Muere el hermano Jean-Claude, cofundador de la Comunidad del Cordero 

El franciscano pasó buena parte de su vida entre los pobres y atendiendo a las hermanitas y hermanitos del Cordero como padre espiritual

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
«La alabanza perfecta es la ofrenda de sí mismo», decía. Foto: Comunidad del Cordero.
«La alabanza perfecta es la ofrenda de sí mismo», decía. Foto: Comunidad del Cordero.

«Dedicado por entero a vivir y compartir la Buena Nueva a los pobres a través del testimonio de su vida evangélica, de su sacerdocio y de su paternidad espiritual, el hermano Jean-Claude ha sido la lámpara evangélica que arde y alumbra a todos los que están en la casa». Así ha despedido la Comunidad del Cordero al hermano Jean-Claude, cofundador de las Hermanitas y Hermanitos del Cordero, fallecido el Domingo de Pascua en Francia.    

Nacido en 1931, «este hombre de Evangelio y de paz», como le definen en la familia religiosa que ayudó a nacer, ingresó en el noviciado franciscano en septiembre de 1952. Allí recibió la formación de manos de Eloi Leclerc, conocido por el particular retrato que esbozó de san Francisco de Asís en el libro Sabiduría de un pobre. «Desde el principio, san Francisco se me presentó como el hombre evangélico que podía realmente llevarme a Jesús», contaba Jean-Claude rememorando ese período de su vida. 

Con el hábito franciscano, entre las hermanitas y hermanitos del Cordero. Foto: Comunidad del Cordero.
Con el hábito franciscano, entre las hermanitas y hermanitos del Cordero. Foto: Comunidad del Cordero.

Tras 20 años de vida religiosa, mientras servía como párroco en Vézelay, conoció a un grupo de dominicas que estaban realizando una experiencia de mayor oración y pobreza. Así inició junto a ellas la experiencia monástica y medicante de la Comunidad del Cordero.  

Con el Pobre y con los pobres 

Más tarde, sintiéndose llamado a convivir con los más heridos de la sociedad actual, las personas sin hogar, en 1982 fue enviado en misión a vivir en la calle día y noche, acompañado por dos franciscanos. «No era una hazaña, era un sí al Señor», decía. «Postrarse ante Jesús el Pobre y no postrarse ante un pobre es una contradicción que hay que intentar por todos los medios extirpar de nuestra vida», exhortaba también. 

En 1994 fue enviado por su propia Orden para que pudiera acompañar a la Comunidad del Cordero con una mayor disponibilidad. «Con gran humildad y obediencia al Señor, fue acogiendo poco a poco esta vocación de padre espiritual», dicen hoy los religiosos a los que acompañó durante años. 

La última parte de su vida la pasó en Saint-Pierre, escuchando personalmente a las hermanitas y hermanitos del Cordero. Ellos le percibieron «deseoso de compartir con todos la alegría que encontraba tanto en la creación como en las Escrituras». Precisamente la lectura comunitaria de la oración sacerdotal del capítulo 17 del Evangelio de San Juan, seguida por el canto del Magníficat, fue la lectura de la Escritura que acompañó al hermano Jean-Claude en el instante en que le ofrecía su vida al Padre.